Los cazadores con un poco de experiencia (aquellos que han sobrevivido a alguna escaramuza con las cosas de ahí fuera) descubren muy pronto que el fuego es un arma universal. Los monstruos no son humanos ni naturales, pero temen al fuego como todo el mundo.
El truco consiste en controlar el fuego: utilízalo contra el enemigo sin quemarte. Tanto las lámparas de acetileno como los lanzallamas, los mecheros o los aerosoles tienen potencial, pero el fuego tiende a escapar al control del que los usa. Esto puede no estar del todo mal cuando una casa está llena de monstruos, pero quemar un bloque de apartamentos es ir demasiado lejos.
Un soplete improvisado (o de verdad) crea una llamarada controlada. Los aerosoles proporcionan una ignición poderosa pero son peligrosos (pueden estallar en las manos) y no causan demasiado daño. Un soplete de verdad es mejor y, además puedes conseguirlo en la mayoría de las ferreterías sin tener que contestar preguntas. Por una línea de fuego delante de un zombi y te garantizo que sentirá pánico. Además, está el asunto de las implicaciones filosóficas de las llamas purificadoras pero, por lo que a mí respecta, eso son idioteces.
Al contrario de lo que ocurre con las pistolas y rifles, el fuego ha de utilizarse a corta distancia. Los verdaderos lanzallamas no disparan un simple chorro de fuego. Literalmente, crean olas de fuego. Si no quieres que todo cuanto te rodea arda en llamas, tienes que utilizarlo muy de cerca. Es mejor recurrir al fuego para acabar un trabajo o, en circunstancias desesperadas, para destruir a un enemigo herido o mantener a raya a uno especialmente violento. Pero una vez que hayas acabando, asegúrate de que la cosa ha quedado reducida a polvo. Algunos monstruos tienen la costumbre de reaparecer cuando menos te lo esperas.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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