No había ni una nube en el cielo. Era de un azul brillante, casi doloroso. Las flores abiertas en toda su gloria parecían irradiar su propia luz, y el sol golpeaba con alegre calidez.
Era un día precioso para un funeral, pero los pocos invitados al servicio no estaban en el exterior, al fresco aire, sino en el crematorio. La solitaria mujer llevaba un vestido negro que era un poco pequeño para ella. Se ajustaba de mala manera a sus espinillas y se ceñía sobre sus hombros. Había pertenecido a la muchacha que iba hacia las llamas.
El hombre vestía un traje negro con raya demasiado marcada de auténtico poliéster. Se erguía con atenta rigidez, ceñido el entrecejo, con un rosario enrollado entre los dedos.
Las únicas personas presentes aparte de estas eran el sacerdote, que no sabía nada de los dolientes, y el operario que manejaba el horno.
El sacerdote parecía darse prisa con la ceremonia. Por lo general, la gente no miraba al cofre entrar en las llamas, pero el hombre, Wendell, había insistido. La sala era pequeña, aséptica, funcional. No había siquiera un atril, por lo que el cura tenía que sujetar su Biblia.
Después, la mujer, cuyo nombre era Justine, le preguntó a Wendell si quería las cenizas.
—Pensé que podríamos esparcirlas, solo para estar seguros —dijo él.
Ella suspiró. Cuando volvieron a su furgoneta, él se quitó la chaqueta y se puso una cazadora grande y sin forma. Disimulaba la pistolera de su hombro mucho mejor que la chaqueta.
—¿Y ahora qué? —preguntó Justine.
—¿Tácticamente o estratégicamente?
—Oh, por el amor de Dios...
—Tácticamente, regresamos al hotel para que puedas recoger tus cosas. Estratégicamente, continuamos contra la impía escoria que acabó con nuestra camarada.
—Wendell, están todos muertos. ¿Recuerdas siquiera el jaleo? ¿Los gritos de "Dios te odia"? Los hiciste pedazos a todos con esa cosa, el G-3.
—Eso no era más que un nido. Hay más.
—¿Ni siquiera vas a tomarte un respiro y guardar luto por Karla?
—El mejor modo en que puedo guardar luto por ella es vengándola.
—Sí, estoy segura de que eso es lo que querría.
Wendell estuvo a punto de arrancar la furgoneta, pero se volvió hacia la mujer en lugar de girar la llave. —¿Qué significa eso? —preguntó.
—Que la caza de monstruos era su cruzada, no la suya.
—Está claro que también se convirtió en la suya.
—Oh, seguro. Cuando arrojas a alguien al barro, se ensucia de barro —dijo Justine.
—¿Piensas que ella quería que ellos sobrevivieran una vez que supo la verdad?
—Por supuesto que no. Pero me pregunto si ella quería sobrevivir.
Wendell golpeó el salpicadero y Justine dio un respingo. Ella ya había visto su temperamento antes, y casi retrocedió, pero no esta vez. La brillante luz del sol hacía que toda la situación pareciese irreal. El incómodo vestido la irritaba. Y echaba de menos a Karla, quien se había convertido en su amiga.
—Es mejor morir conociendo la salvación de Cristo...
—Esa es tu respuesta para todo. Era mejor para ella morir como una cristiana a los 19 que vivir hasta...
—¡Sí! ¡Es mejor morir como un cristiano... a cualquier edad! ¿Crees que no lo lamento? ¿Crees que no me atormento, preguntándome cómo podría haberla salvado?
—Te diré cómo podías haberla salvado. ¡Podías haberla dejado ir en lugar de reclutarla para tu "ejército"!
—¿Qué quieres decir con "dejarla ir"? Haces que suene como si estuviera cautiva.
—¿No era así? Sin dinero, a cientos de kilómetros de casa, sin trabajo. ¿Qué se suponía que iba a hacer? En especial contigo acojonándola todo el rato, diciéndole que si los chupasangres tal, los tullidos cual.
—¡Le decía la verdad!
—Qué gran favor. En caso de que no lo hayas notado, la verdad apesta. Muchísimas personas son perfectamente felices sin conocerla.
—¿Cómo te gustaría estar a ti? —dijo Wendell.
—¡Sí! Sé que no puedo volver atrás, pero eso no significa que quiera hacerlo. Ella pudo. ¡Habría podido dejarlo todo y vivir una vida de verdad!
—Habría estado enganchada otra vez en un mes.
Justine le abofeteó. Durante un momento, ella vio cómo se abrían sus fosas nasales y se dilataban sus pupilas, y se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Él se lanzó hacia el asiento de ella. Esta fue lo bastante rápida para poner sus brazos y piernas entre ellos, pero él era fuerte, fuerte de un modo histérico. En un instante, ella tuvo las piernas inmovilizadas contra el pecho y las muñecas atrapadas en una presa aplastante. Intentó patearle en la entrepierna, pero no podía moverse.
Él se movió para... hacer algo. ¿Cogerle las muñecas con la misma mano, para poder golpearla y estrangularla con la otra? Desesperada, Justine lo intentó con las palabras. —Karla me dijo que una vez también le pegaste a ella.
Funcionó.
Como al sacar el tapón de una bañera, toda la rabia se fue por el desagüe. Retrocedió hasta el volante. —Wendell —dijo ella con cuidado—, ahora me voy a ir. Él asintió. Ella abrió la boca, la cerró, y después dijo: —Mira... Sé que la salvaste. Ella me dijo eso. Y también me salvaste a mí... en un montón de sentidos. Pero una vez que salvas a alguien, tienes que dejar que se vaya.
—Pues vete —dijo con voz apagada.
Justine se mordió un labio. —Wendell...
—Vete ahora...
Cuando ella se marchaba, él acercó la furgoneta y le alcanzó el bolso. Ella sintió inmediatamente el peso y vio una pistola en su interior. No fue hasta más tarde que encontró los 500 dólares que él le había puesto también.
• • •
Consolador, ¿dónde, dónde está tu consuelo?
La mujer pequeña no resaltaba, no era del lugar, pero por Pollock pasaban un montón de forasteros camino del parque nacional. Llevaba unas buenas botas de montaña y una bonita mochila, pero no estaban ni lustrosas ni nuevas. Un ojo experto (como el de Neal Broderburg) la consideraría como alguien que podría pasar una semana en el bosque sin caravana y llamarlo diversión. Tenía buena pinta.
No pasaba nada, así que Neal decidió acercarse más.
Aunque no se lo había dicho a nadie, a Neal le gustaba el aspecto que tenían los pies de mujer dentro de unas pequeñas y ajustadas botas de montaña. No era un fetichista ni nada de eso. Tan solo le gustaban. Los pies de esta mujer en particular le parecían bonitos, y se preguntó cuánto tiempo iba a estar en la ciudad. Avanzó unos pasos de forma casual, intentando acercarse lo suficiente para vislumbrar un anillo de casada.
Había algo parecido a una bandera en su mochila (dos círculos y una flecha). Cuando estuvo a un metro, se cogió el ala del sombrero. —Buenos días —dijo.
—Bon... Buenos días, oficial —replicó ella.
Neal sonrió. Un acento. Todo hombre americano se vuelve gilipollas por un acento, ¿verdad? Sonaba francés quizá, o italiano o algo así. El parque tenía unos cuantos visitantes de Europa, aunque solían ser alemanes.
Tenía una ancha y abierta sonrisa, y ningún anillo. Pero había algo en sus ojos. Algo a dos grados de lo normal. Algo que le hacía pensar menos como un adulto creído al que le quedaba bien el uniforme y más como un hombre que había jurado servir y proteger.
—¿Haciendo un poco de camping?
—Sí. Estoy esperando a unos amigos. Vamos a subir el Río Snake. —Dijo "esperando" y "río" con un extraño acento... como si hubiera una "g" gutural por ahí escondida.
—Espero que no lleve mucho esperando.
Ella se encogió de hombros.
—¿Cómo es su aspecto? Quizá les haya visto.
—Oh, no necesito su ayuda, gracias. —Inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando—. Yo... aprecio su ayuda, sin embargo. Es muy amable. Cuando haya vuelto de mi excursión, ¿quizá pudiéramos vernos de nuevo?
Ella era bastante atractiva. Pómulos altos, cabello largo, un precioso acento, las botas... Pero algo en el tono hacía que Neal estuviera más nervioso que estimulado. Sus ojos eran un tanto... inexpresivos. —Eso sería fantástico, fantástico —respondió él. Miró su reloj—. ¡Guau! Tengo que comenzar mi patrulla. ¿Cuándo va a volver?
—Eh, no lo sé, lo siento. Le buscaré cuando vuelva.
—Claro. —Volvió a tocarse el ala del sombrero—. Me llamo Neal Broderburg.
Ella sonrió. Él esperó.
—¿Y usted es...? —apuntó él finalmente.
—¡Oh, qué tonta! Me llamo Beatrice. Eh, Beatrice Duchamps.
—Encantado de conocerla. —Neal se volvió (no demasiado rápido) y regresó a su coche patrulla. Después condujo (no demasiado deprisa), aparcó en una esquina, entró en un supermercado y la observó con discreción a través de la ventana frontal.
Por fin, llegó una camioneta. Tenía un cartel en la ventana trasera con cuatro anillos unidos. Beatrice mostró esa enorme sonrisa a la gente del interior y subió.
Neal casi la dio por perdida. Pero en lugar de eso, llamó a un compañero del servicio de aparcamiento y le pidió que le echara un ojo a la camioneta, para descubrir a dónde iban.
—¿Piensas que son sospechosos? —le preguntó su amigo.
—Eh... naaaah. La chica y yo estuvimos algo así como flirteando. Quiero asegurarme de que no es de esas que se las van pasando como si fuera un porro. Ya sabes.
Su compañero se rió. —Oh, me aseguraré de echarle un ojo si es de esa clase de gente.
• • •
Nuestra noche se acerca; nuestra noche nos acosa, nos acosa, y acabará con nosotros.
—¿Estás seguro de que este servidor es seguro? —preguntó Wendell.
—Yo también me alegro de verte —dijo el hombre apoyado en un bastón. Su nombre era Lou—. Sí, es seguro. Wendell se conectó.
—Vaya, hacía tiempo que no te veía —Lou respondió con un gruñido—. ¿Qué les pasó a las dos jovencitas que iban contigo la última vez?
—Una murió —Wendell ni siquiera alzó la mirada de la pantalla. Lou tragó saliva—. Según lo último que he oído, la otra iba a reunirse con Henry Eames.
—Ah. Conductor. Pobre bastardo.
—Al menos su hija sigue viva.
—La chica que murió... ¿No era...?
—No. Solo alguien a quien salvé. —Wendell suspiró—. ¿Dónde está todo el mundo?
—¿A quién buscas?
—A Salomón.
—Dejó la lista, ¿recuerdas?
—Recuerdo que echaron a Arreglador. ¿Y Motosierra?
—Oh, tío —dijo Lou—. No ha mandado mensajes, pero tengo noticias de él desde Europa. Se fue detrás de algún colmillo con un grupo de otros chicos. Armamento pesado, explosiones, toda esa clase de mie... er... cosas de policías.
—Típico de Motosierra. ¿Cincuenta por ciento de bajas?
—¿Dices en su bando? Sí. Cien por cien, empero, en el otro. Por lo que he oído.
—Y él ha sobrevivido.
—Ajá.
—Es verdad, el Señor cuida de los idiotas.
—Sí, bueno, después del 11-S, Motosierra perdió la chaveta. Dijo que iba a ir a Irak.
—El Señor cuida de los locos también. ¿Queda alguien en la lista que merezca la pena?
—Memphis, pero sé que no os lleváis bien. Soldado se conecta de vez en cuando.
—También es un idiota —dijo Wendell, desestimándolo—. ¿Qué hay de Viajero?
—Ni una palabra en meses.
—Y él es nuestro enlace con Pedro.
—Ya sabes, estoy yo —dijo Lou—. Quiero decir, ya no puedo ir por ahí de juerga, pero no soy un inútil.
—Esperaba conseguir un trío al menos, pero puede valer con nosotros dos. No me gusta, pero quizá podamos reclutar a un tercero mientras rastreamos nuestro objetivo.
—¿Un objetivo? Suena a palabras mayores. ¿Algún tipo de cambiante? ¿Un colmillo viejo de verdad? Wendell sacudió la cabeza.
—Beatrice Tremblay. Lou palideció.
—¿Quieres decir... Oráculo?
—Tenía que haberme encargado hace tiempo.
—¡Pero ella es uno de los nuestros!
—Ya no. La última vez que la vi, dudé... pero sentí algo raro. Fui débil. Seguí mis sentimientos humanos en lugar de la voluntad divina. —Mientras hablaba, la voz de Wendell se hacía más gélida—. No volveré a cometer ese error.
—Lo siento, tío. No cuentes conmigo.
Wendell dirigió a Lou una mirada tranquila y despreciativa. —No me sorprende. Tan solo no te pongas en mi camino.
—¿Qué?
—Lou, lo sabes bien.
El otro hombre inclinó la cabeza y jugueteó con el bastón.
—Ella ya no está en la lista —murmuró Lou.
—¿Alguna idea acerca de cómo dar con ella?
Lou meneó la cabeza.
Wendell asintió, se levantó para marcharse. Al llegar a la puerta, se giró. —Son elecciones muy perras, Lou. No te sientas mal por tu debilidad. Hay muchas cosas buenas que puedes hacer... muchas cosas obviamente buenas.
• • •
Me desperté y sentí la caída de la noche, no el día.
—Hay algo aquí —dijo el hombre regordete con voz cavernosa—. ¿Puedes sentirlo?
—Siempre hay una presencia con nosotros, mon ami —replicó Beatrice.
El hombre regordete no habría pasado la inspección de Neal. Su equipo de acampada era el mismo, todo flamante y barato. Soplaba y resoplaba, cargándolo hacia los bosques. Su nombre era Rick y era un ingeniero eléctrico despedido. En cierta ocasión, había convencido a un fantasma para que cesara en su venganza y se reconciliara con el más allá.
Las otras dos personas de la camioneta eran Nancy, quien realizaba el inventario de una compañía de suministros para pastelería, y Patrick, un inspector de hacienda. La mujer de Patrick había vuelto de su tumba y él y Nancy se habían enfrentado juntos a ella.
—Es algo... algo malo —dijo Rick.
—Quizá sea algo que no conocemos —dijo Patrick, pero no parecía muy seguro.
La noche había caído, y habían instalado el campamento en la ribera de Idaho del Río Snake. La hoguera era muy pequeña, pero para los ojos que observaban desde los árboles, era claramente visible.
El observador oculto era el amigo del guardabosques, Scott. Hombre felizmente casado, no pensaba demasiado bien de ninguna otra mujer. En privado, pensó que Neal estaba "necesitado".
Scott retrocedió hasta su camioneta y llamó a Neal por radio. —Lo único sospechoso de tus campistas es que no han hecho malvaviscos. Están en la plaza diecisiete, la que está junto al meandro del río.
—¿La diecisiete? Eso es donde aquellas dos chicas...
—Sí. Pero no pensarás que tenga nada que ver...
—Bah. Ninguna conexión, estoy seguro. Si es que no están, ya sabes, haciendo nada...
—Parece que van a salir en canoa por la mañana. —Scott estaba fuera de la camioneta, apoyándose contra un costado con el cable del micrófono estirado a través de la ventanilla—. Yo diría que todo está en orden.
—Fantástico. Cambio y corto —replicó Neal.
Scott se encogió de hombros de modo imperceptible, como si la conversación le hubiera molestado de alguna manera. El guarda alzó la vista hacia el cielo, intentando vaticinar el tiempo del día siguiente. Probablemente, despejado como el cristal. Miró a la izquierda, reflexivo, y se sobresaltó por algo que parecía estar a centímetros de su rostro. Después se percató de que era un murciélago, en absoluto cercano sino a unos metros, lo cual significaba que su envergadura era...
Ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
• • •
¿Aplaudir a quién, empero? ¿Al héroe cuya extrema habilidad me arrojó al suelo, como comida pisoteada, a mí?
De vuelta en su oficina, Neal se sintió incómodo por algo. Bah, no era nada de lo que preocuparse, se convenció, y empezó a recoger para irse a casa. Su coche estaba aparcado cerca de Almacenes Woodsmoke, y mientras pasaba al lado vio a un hombre dentro de la tienda.
Neal estuvo a punto de seguir su camino, pero había algo en el hombre que le hizo detenerse. Algo en su postura, en sus gestos, atrajo la atención de Neal. El hombre estaba hablando con Morris, el dueño, quien parecía inquieto. Neal había sido policía durante un tiempo. De manera instintiva, recorrió una lista de posibilidades: maltratador de esposas, borracho, ladrón armado, conductor desquiciado.
Neal no podía decir qué era con exactitud, pero le hubiera gustado poder apostar dinero a que, en las circunstancias adecuadas, aquel tipo sería violento. Entró y escuchó: —Mira, sé que la has visto. Tus ojos me dicen cuándo mientes. Mentir es un pecado. Deberías dejarlo ahora mismo.
—Buenas tardes —dijo Neal con amabilidad.
El hombre se giró, se enderezó con lentitud y dejó caer los hombros. Estaba claramente intentando parecer relajado. —Oficial... —dijo.
Mientras Neal se acercaba, creyó haber visto los ojos del hombre bajar hasta la pechera de su camisa, para luego volver a su rostro. Neal mismo bajó la mirada, preguntándose por qué el hombre había mirado su alfiler de corbata de los Caballeros de Colón, y preguntó: —¿Algún tipo de problema?
—Ningún problema —replicó el hombre.
—Está buscando a alguien —dijo Morris.
—Quizá yo pueda ayudar.
Antes de que el extraño pudiera detenerle, el tendero le dio a Neal un trozo de papel. Era de una impresora a color, y tenía una foto de Beatrice Duchamps. Solo que decía que su nombre era Beatrice Tremblay y que era una peligrosa criminal buscada en Canadá.
—¿Conoce a esta mujer? —preguntó Neal.
—La cuestión es, ¿la conoce usted?
—¿Por qué no viene conmigo? Ambos podremos encontrar algunas respuestas.
El hombre dudó. Miró a Morris, y después a Neal. De repente, la estancia se llenó de un espeso humo negro.
—¿Qué coj...? —Neal estiró la mano hacia su pistola y se sorprendió de encontrar allí una mano ya. Puso ambas manos sobre su pistolera, solo para sentir el cañón de otra pistola contra la sien.
—Estoy poco dispuesto a matar a un oficial de la ley, pero lo haré si no me dice dónde está.
—No... no puedo...
—¡Campamento diecisiete! —Por un instante, Neal no reconoció la voz de Morris. Era chirriante y temerosa—. Ella y sus amigos compraron un mapa. ¡Preguntaron la dirección!
—Me gustaría comprar el mismo mapa, con las mismas indicaciones.
—¡Morris, no!
—Oficial, por favor, tiéndase en el suelo. —La petición se vio reforzada por el chasquido del percutor de un revólver amartillándose.
• • •
Que pueda resucitar y levantarme, Señor, y utilizar Tu fuerza para romper, golpear, quemar y hacerme alguien nuevo.
Wendell se sintió realmente mal por tener que esposar al comisario y al dueño del almacén. Pensó que no les llevaría más de diez minutos liberarse. Después, el policía se dirigiría hacia el campamento diecisiete. Con algo de suerte, solo encontraría el cuerpo del traidor. Si no, hallaría los horrores del Infierno.
Cuando aparcaba cerca del campamento, Wendell oyó un grito. El policía no tendría suerte. —Al menos es cristiano —murmuró Wendell mientras se ajustaba las gafas de visión nocturna y revisaba el silenciador de su rifle francotirador.
Susurró un rápido acto de contrición y le enfermó (aunque no le sorprendió) ver la maldad en la tierra. Por el momento estaba en letargo, pero flotaba como humo en el aire, recorría cada árbol como si fuera savia, golpeaba en la sangre de cada animal que observaba a través de la maleza.
Wendell se adentró en los bosques a paso rápido, intentando encontrar el río. Quizá pudiera flanquear al grupo y cogerles por sorpresa. Trastabilló un par de veces. Quizá la tierra estaba despertando a su presencia, intentando detenerle. Sin embargo, no se cayó, y al final atravesó los arbustos hasta la orilla rocosa.
Detectó movimiento y alzó la vista a tiempo de ver elevarse enormes formas de murciélagos, mientras uno desplegaba las alas y otro se abalanzaba sobre él.
El rifle que llevaba era grande, potente y difícil de manejar. Además, aquella noche estaba equipado con una mirilla telescópica que no podría usar sin quitarse las gafas de visión nocturna. Wendell levantó el arma y disparó a ojo de buen cubero. El monstruoso animal cayó al agua en dos pedazos, pero tres de sus compañeros se dispusieron para el ataque.
Wendell dejó caer el rifle y saltó hasta la floresta, sacando una pistola de su sobaquera. Se dejó caer de espaldas, intentando presentar un objetivo oblicuo mientras hacía un disparo, dos. Ambos murciélagos cayeron, uno muerto y el otro lisiado. Ignoró el aterrizaje de las criaturas heridas al tiempo que el tercero se lanzaba contra su pecho, mordiendo su chaleco de malla. Gruñendo, Wendell apartó la cosa con la mano izquierda, pegó la pistola contra su peludo cuerpo y apretó el gatillo.
La sangre de la criatura le salpicó; la cercanía del disparo chamuscó un poco sus ropas, pero estaba ileso.
Antes de que Wendell pudiera tomarse un respiro, oyó un disparo distante y unos gritos. Alguna parte de su mente registró que el murciélago muerto encogió hasta un tamaño normal. Pero ya se había puesto en pie tambaleándose, recuperado su rifle y empezado a bajar corriendo hacia la playa. —Padre nuestro que estás en los cielos —musitó, renovando la visión sagrada mientras tomaba una curva. Espió el fulgor del fuego a través de sus gafas nocturnas. Arrastrándose sobre el estómago, reptó hacia la base de un árbol.
Con parte de su atención, desplegó el trípode del rifle, se quitó las gafas y se cubrió con el árbol lo mejor que pudo. Con otra parte, contempló la maldad que tenía ante sí. Una mujer ya estaba muerta, boca abajo sobre la arena. Otros dos portaban teas encendidas. Gritaban mientras esquivaban los murciélagos que caían en picado, y aplastaban las garras de las raíces y unos insectos enormes, de pesadilla. Wendell vio al comisario (quien debía conocer una ruta más rápida) de pie al borde de una senda, con el rostro retorcido por la incredulidad, disparando una escopeta. Pero la mayor parte de la atención de Wendell estaba enfocada en las otras dos figuras que quedaban.
Una era Beatrice Tremblay. Se erguía de espaldas a él, con una linterna en cada mano, apagadas y apuntando al suelo.
La otra era un oso, pero no un oso en realidad. Mirando con la visión del ángel, Wendell pudo ver que la maldad que rodeaba el lugar estaba concentrada en el interior de la bestia. Era algo profundo, desquiciante, y más viejo que las estrellas. Era odio sin límites y fuerza sin forma, flotando a través y alrededor de la criatura en el modo en que un viento que arrastrara una plaga soplaría sobre un alféizar.
La misma vileza se movía a través de Tremblay. —¡Tu elección está clara! —gritó Beatrice—. ¡Venir a la luz o ser quemado y destruido!
La réplica del oso fue espantosa. —¡NO ME ARRODILLO ANTE NINGÚN HOMBRE, DIOS... NI DEMONIO!
Beatrice levantó los brazos y enfocó ambas linternas hacia su pecho, pero la abominación eructó una nube de sangre y oscuridad que bloqueó y absorbió la luz.
El comisario gritaba mientras una enorme araña atravesó con un mordisco limpio su bota. —Hágase tu voluntad... —susurró Wendell al tiempo que tiraba del gatillo, disparando a diestro y siniestro sobre los murciélagos y las bestias. Algunos blancos. Algunos fallos. Pero en su interior, sabía que era inútil. Seguían llegando, girando en espiral desde la oscuridad de lo más alto y adentrándose en la maleza. Incluso mientras rezaba, sintió surgir la rabia de su interior. E incluso mientras rezaba, contaba balas.
¿Qué podía hacer? ¿Seguir disparando hasta quedarse sin munición? Eso no valía para nada, y tan solo retrasaría lo inevitable. ¿Apuntar al oso? Aunque una bala pudiera matarlo, perdería su oportunidad de matar a Tremblay, la judas, la traidora. O podría dispararle a ella, dejando libre al oso y permitiendo que destrozara a los demás.
Cuando le quedaba un solo tiro, la rabia era abrumadora. No podía salvarles. No podía salvar a nadie. Era ineficaz y débil. Inútil, miserable, pequeño, y no le quedaba más que el horrible sabor del rencor. —Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden... —murmuró mientras centraba la mirilla en la espalda de Beatrice Tremblay. No se había movido; fuera cual fuese la fuerza impía que portaba como una enfermedad, estaba paralizada, en tablas con el otro. Igualados en poder y maldad, ninguno podía sobreponerse.
Y entonces, sintió la presencia.
Había leído que algunos de los exaltados volvían a saber de los ángeles después de su bendición inicial. Había tenido envidia de aquel contacto, pero ahora que le hablaban de nuevo, recordó el terror desnudo que traían consigo.
«SOLO TÚ PUEDES SALVARLES», oyó.
—¿Cómo? —susurró—. Por favor. Por favor, decidme cómo.
La presencia en su interior parecía tan poderosa, tan vasta, que sentía como si su piel fuera a ajarse. Entonces se incrementó aún más, trayendo consigo una corriente de imágenes. Comprendió de manera intuitiva que las palabras no eran el camino, que su lenguaje verdadero era la realidad misma.
Vio un altar. Un fuego. Vio la Eucaristía desde arriba. Un gran crucifijo. Un carnero con los cuernos atrapados en un arbusto. —Un sacrificio —musitó—. Lo daré. Absolutamente todo.
Más imágenes. No podía apartar la mirada, porque no estaban solo en su mente: eran su mente. Eran sus recuerdos y estaba reviviéndolos.
La mirada horrorizada de la dama del parque: «¿Qué le has hecho, Wendell? ¡¿Qué has hecho?!»
La ardiente vergüenza mientras el juez decía: «¡Pareces un joven educado, pero debes controlar tu temperamento!»
El miedo en los ojos del ujier cuando Wendell se arrodilló sobre el pecho del hombre, haciendo llover golpes sobre su rostro.
La gélida calma cuando Wendell hacía minúsculos ajustes en su puntería mientras el objetivo caminaba por el aparcamiento, comiendo un dónut, listo para un día de masacres.
El gozo de su corazón cuando disparaba bala sobre bala sobre la espalda de un vampiro mientras este se arrastraba, mientras perdía la sangre robada, lloriqueando y suplicando.
El modo en que el chulo de Karla templaba mientras el hombre miraba su fe en la niebla del ángel, ignorante del arma que Wendell apuntaba a su cara.
El esclavo de sangre, llorando mientras Wendell golpeaba el bate de béisbol contra los brazos extendidos del hombre.
La vindicación que conoció cuando abofeteó a Karla y le gritó: «¡Puta! ¡Adúltera! ¡Por amor de Dios!»
Justine en el asiento delantero, los ojos brillantes de miedo cuando él se arrojó contra ella.
Los ojos de Wendell estaban húmedos de lágrimas cuando dijo: —Sí. Tomadlo. Tomadlo todo.
• • •
No, consuelo carnicero. Desesperación, no me entregaré a ti. —Gerard Manley Hopkins
El primer disparo a lo loco había sido realizado con pánico, pero el segundo alcanzó su blanco y eso le tranquilizó. El tiempo parecía ralentizarse mientras el puro terror de lo que estaba presenciando parecía saturar su capacidad de tener miedo. Sus disparos tercero y cuarto se hicieron en una suerte de estado de fuga, sin pensar, sin sentir, solo actuando. Mas sabía que su escopeta únicamente tenía cinco disparos y, después de eso, iba a morir.
Mientras hacía saltar el casquillo de su cuarto tiro, Neal vio a alguien levantado sobre la orilla que avanzaba con resolución. Tuvo un momento para pensar: «Es el tipo de la tienda. También va a morir», antes de que los murciélagos convergieran.
El hombre tenía una pistola en la mano, y cuando disparó con ella a un murciélago, hubo un resplandor cegador, como un breve momento de luz diurna empalmado en la noche. Los dos hombres junto al fuego estaban tan cansados y atormentados que cayeron de rodillas al suelo, agitando sus antorchas débilmente, mientras las sombras circundantes se aproximaban para la matanza. Pero cuando el recién llegado entró en el radio de su luz, gritó:
—¡Fuera!
Y los monstruos huyeron.
Una pequeña y extraña esperanza se instaló en el corazón de Neal y empezó a correr, tambaleándose hacia este misterio, este salvador.
El hombre continuó disparando al aire, mucho después de que su revólver debiera haberse quedado sin balas. Apuntó con la pistola al raro, monstruoso e infernal ser... y de pronto, no fue más que un simple oso marrón. Se alejó del fuego y desapareció en la oscuridad.
La mujer, Beatrice Duchamps, Beatrice Tremblay, se volvió hacia el extraño. Los rayos de sus linternas parecían difuminarse, débiles luces eléctricas que cayeron sobre el rostro del hombre.
—Vuelve —le dijo a ella. Su cara era una pura máscara de tranquilidad seráfica.
En silencio, ella huyó en la noche.





















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