Parte 05: Glosolalia

Ahora estoy en algún otro lugar, agachada sobre el suelo. Las manos apretadas contra el pecho de un hombre moribundo. Michael. Estoy mojada. Está lloviendo. Estaba corrompido. Uno de ellos. Le han disparado. No importa. Sangre caliente entre mis manos, disolviéndose en la lluvia. Aprieto sobre la herida. ¿Está la bala dentro de él? Está tosiendo. No puedo detener la hemorragia. No importa. No me molesta. ¿Debería?

—Mírame —dice el que le disparó. Tiene una pistola apuntándome. Hay pintura de camuflaje en su cara. ¿Le conozco? —Te he visto hablar con esa marioneta —dice—. No estuviste tan habladora ni conmigo ni con los demás en Quincy. ¿Recuerdas?

Entonces le sitúo. Uno de los del grupo de C.F. El superviviente.

—Te ha cambiado la cara —le digo.

—No quiero matarte si no tengo por qué, Mary Ellen.

—Ese ya no es mi nombre —le digo—. Dispara si quieres. No me importa.

Me ignora. Habla como un profesor de instituto que ha cogido fumando a un chico. Ha estado pensando en su discurso mucho tiempo, supongo.

—He hablado con mucha gente desde aquella noche —dice—. Con otros cazadores que han resultado heridos, gracias a ti.

Michael ha dejado de respirar. Aparto la mano de la herida. Suspira como un amante. Me muevo con lentitud. Equilibro mi peso. Me preparo para saltar. Inclino la cabeza para que la lluvia no me entre en los ojos. Está nervioso. Sus manos están temblando. No le tengo miedo.

—Estamos en guerra, ¿sabes? —dice. Se muerde el labio inferior—. No es una metáfora. Estamos en guerra. Quizá sea nuestra última oportunidad. Creo que has olvidado de qué lado estás.

—No quiero... —empiezo a decir, pero las palabras cambian. Sale de mí un chorro de luz, de calor o de energía. Mis ojos. Mi boca. Mis poros. Tengo calor. Mi cansancio ha desaparecido. Me levanto. Extrañas sílabas resuenan en mis oídos:

—NABAH VEDDUN JONAH ESSET UL ILLI —Ahora, ninguna bala me tocará. Puedo alcanzarle en un parpadeo, si quiero. Quitarle el arma.

Pero entonces la luz se apaga y me deja vacía.

—Oh... oh... Dios —tartamudea, tambaleándose pero aún apuntándome—. ¿Lo has oído? ¿Han sido ellos?

—No sé de qué está hablando

—Supuse que habías ido demasiado lejos —dice—. Que ya no te hablaban. Pero yo lo he oído. —Se pone un poco más derecho—. Ha dicho: "ESTE DON SERÁ TUYO CUANDO TE LO GANES". ¿Entiendes lo que significa? Los ángeles. No te han abandonado.

¿Los ángeles? Los Mensajeros. Los Heraldos. Las voces. Me duele la cabeza. Mi corazón está latiendo como un pájaro atrapado. Durante una fracción de segundo, todo tiene sentido. Lucho por aprehender la verdad que se me ha susurrado. Lo sé. Por lo menos sé, al fin, quiénes son mis verdaderos enemigos. Niños en peligro. Complicidad del marido. No se puede confiar en nadie. Monstruos por todas partes. Pero ¿quién está detrás de los monstruos? ¿Quién lo sabe todo acerca de ellos? ¿Quién me los ha revelado?

Cuando yo era Mary Ellen, ¿quién me dejó mirar mientras se llevaban a mis hijos y no me dio el poder para salvarlos?

—Los Mensajeros —digo. Respira. Contrólate. Ya no va a disparar—. Nos dan piedras y palos para luchar contra un huracán. Ni se percatan de nuestro dolor ni les importa.

—Mantén su atención un poco más.

—Estás loca. —Exagera una postura de disparo, algo que ha visto en la televisión—. Me lo temía. Lo siento. De verdad que sí. Has sufrido mucho, estoy seguro, pero no me das elección. Será mejor que acabemos... Puedes rezar antes, si lo deseas.

—No tengo por qué rezar.

Detrás de él, una sombra gigante enmarcada por la lluvia. Una enorme mano hace pedazos la pistola y los dedos. Los huesos se rompen como el apio. Otra mano aferra su cuello. Un chasquido. Retrocedo y recojo la barra que había traído. Me sitúo. Demasiado cansada para correr. Demasiado cansada para trucos. No sé si puedo hacer esto.

El gigante deja desplomarse el cuerpo de él en el asfalto mojado. Me preparo. La criatura me ignora. Se inclina sobre el cuerpo de Michael. Unos dedos como salchichas tocan su pecho, se enredan en su pelo. Se levanta. Tres metros de carne retorcida. Trato de recordar, pero el centro ha desaparecido... Jirones de ropa, piel chamuscada, sangre corriendo negra en la lluvia. Olor a pelo quemado. Está herido. Quizá tenga una oportunidad. Me mira. Hay lluvia en mis ojos. Hay algo extraño en las sombras de su rostro.

—Deberías dejar este lugar —digo en voz alta, esperando que me entienda. Señalo el cadáver de Michael—. Tu maestro está muerto.

Me habla:

—Te equivocas. Yo soy el maestro.

Escucho las palabras, pero su significado parece flotar sin ser captado por mi cerebro, como el agua que atraviesa un tamiz, y entonces caigo en el largo y oscuro túnel de la nada.

0 comments:

Publicar un comentario

LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."