La noche cae. Voy en metro, sin mucho que hacer. Hay pocos fondos. Al Jefe no le gusta que tenga mucho dinero, creo. He obtenido limosnas de sus otros instrumentos cuando he estado sin blanca. Creo que le gusta que sea dependiente.
John.
Doy un respingo. No puedo evitarlo.
Baja en la próxima estación y ve por la salida sur.
¿Qué, has encontrado otra mujer anciana que quieres que muera?
Me hieres, John. Yo recuerdo nuestro trato, aunque tú no lo hagas. Te gustará esta vez, lo prometo.
La siguiente parada está en medio de algún distrito de esnobs de la alta sociedad. La gente me mira como si no pudiera decidirse entre asustarse o sentir asco.
—Oye, tú. Sí, tú, el del traje de Armani. ¡Te hablo a ti, tarado!
Él corre. Yo sonrío. El resto mantiene la mirada aparte. Malditos yuppies mariquitas.
Impresionante. Eres todo un hombre, ¿eh?
Entonces la veo, saliendo de una limusina como una estrella de cine. Se dirige a un club, pasando de hacer cola, por supuesto. Vestido corto rojo. Cabello rubio lacado reluciente como el sol sobre el mar. Tacones altos. Piernas perfectas. Culo perfecto. Todo perfecto. Siento movimiento en mi entrepierna y ya está hecho.
Es ella, ¿eh?
Te dije que te gustaría.
"Gustaría" no es la palabra correcta.
Que te gustaría matarla, entonces. Ve, utiliza tu "visión" sobre ella. No me importa. Sin embargo, no necesitas hacerlo, ¿verdad? Solo la belleza sobrenatural puede...
Uso la visión solo para que se calle. Para romper el hechizo. Para ver si estoy equivocado, si está jugando conmigo, si ella es real o quizá...
No lo es.
Muerta. Pantorrillas hinchadas donde confluyen los fluidos. El cabello, seco como la paja, cayendo en mechones. Marchitas manos de momia, labios ajados, gusanos.
Cruzo la calle hacia la misma puerta. Me pitan los cláxones, pero no me importa, voy a piñón fijo, y la veo desaparecer por el oscuro pasillo.
—Quieto, amigo.
Un portero. Chico grande. Camiseta ajustada. Un cachas de gimnasio. Me mira desde arriba y echa un vistazo sobre su hombro, muy rápido. Un par más de musculosos armarios, con la palabra "Seguridad" en sus camisas, le respaldan. La visión sigue activada. El primer tipo es una putilla de sangre, un esclavo.
—Voy con ella —le digo. Lo hago lo bastante alto para que ella me oiga, y le doy un toque extra. Un truco de ángel. ¿Quieres parecer exquisita ante mí, puta? Ahora yo también me sé ese truco. Soy tu hombre. Soy tu menú de siete platos.
Ella lo oye. Se gira. Me ve, y una ceja podrida se eleva sobre una cavidad goteante.
—Está bien —ronronea—. Déjale entrar.
¡Cristo! Tengo que desactivar la visión o vomitaré.
De repente, ella vuelve a ser todo lo que deseo. Todo lo que necesito. Es como un granizado en un día caluroso, con pollo frito y una siesta en una hamaca.
Amarra los caballos, Romeo, a menos que quieras que esos gusanos de tumba se cuelen en tu cabeza mientras te la follas.
—Gracias —murmuro. Cree que le hablo a ella.
—Un placer. —Se humedece los labios y me coge del brazo. Me estremezco. No puedo evitarlo. ¿Lujuria? ¿Disgusto? Ambos al tiempo.
El club es oscuro, ruidoso, y está lleno de gilipollas de ciudad ricos que bailan como idiotas, mientras enseñan sus culos moldeados por el aeróbic. Es como un zoo para maricones. Quizá dos de las camareras y uno de los tíos de la puerta sean reales (gente que de verdad trabaja por dinero). Los demás son postizos, actores sin trabajo, o artistas, o gestores de mercado, o mercaderes de gestión. Tarados, todos ellos. No quiero ni mirarlos. No mientras pueda mantener mis ojos sobre ella.
—¿Quieres beber algo? —Su voz es como la miel. Como dormir.
—Cerveza —murmuro.
—¿Qué marca?
—La que haya en el grifo.
—¿No eres escogido, pues?
—No para la cerveza.
Le hace un gesto a un camarero que me lanza una mirada celosa. Cuando se marcha, ella me mira de nuevo.
—¿Y cómo te llamas?
—Don.
—¿Tienes un apellido?
—¿Te importa mi apellido?
Se ríe. Es música, olas en una playa, una canción de cuna.
—Yo soy Amy.
—No pareces una Amy.
—¿Qué parezco?
Un vampiro. Una supermodelo. Un cadáver rezumante y agusanado. Annabelle.
—Creo que ya sabes lo que pareces —le digo al fin—. Si no, prueba con un espejo.
Otra risa. Sin el poder de ángel, nunca escaparía de esto.
—No sé lo que le parezco a ti, Don.
—Tienes buena pinta.
Se levanta, de manera que me pone durante un momento las tetas delante de la cara. Madre de Dios.
—¿Quieres bailar?
—No.
Hace pucheros con la cara. Casi me derrumbo. Bailaré. Haré el maldito baile del Aserejé si ella quiere. Pero a ella le gusta que juegue con ella, de manera que me obligo a resistir. Es como un pescador profesional. Le gusta cuando tiro del anzuelo.
—Si no quieres bailar, ¿por qué vienes a un club de baile?
—Soy un bailarín horrible.
—Sabes, muchas mujeres observan cómo baila un hombre para ver cómo hace el amor.
"Hace el amor". Jesús.
—Cuando yo bailo, parece como si intentara hacer daño a alguien.
—¿Eso es lo que pareces también en la cama?
Me encojo de hombros. Ella sabe cómo descubrirlo.
—El único motivo por el que un chico honrado baila es para conseguir follar. Yo soy un bailarín horrible, por lo que eso no me ayuda. Así que, ¿por qué hacerlo? La vida es demasiado corta.
—En efecto, lo es. —Sus ojos chispean—. Entonces, ¿vienes aquí para follar?
—¿Hay otra razón? —El camarero posa mi cerveza y consigue escuchar esta parte de la conversación.
—¿Por qué no lo comprobamos? —dice Amy. Todavía está de pie, para que pueda verle las piernas, el culo—. Venga, vamos.
Tomo un largo trago de cerveza. No me muevo. La miro de soslayo. Estoy tirándome el pegote. Ambos sabemos que voy a ir. Otro trago y me levanto.
—Vale, está bien.
Estoy siguiendo a este delicioso trasero hacia la limusina, pensando en qué tal estará desnuda, recordando cómo era Annabelle cuando estaba desnuda.
La visión, John.
Métete en tus propios asuntos de mierda.
Tú eres mis asuntos, de mierda o no. Hablo en serio. Activa la visión. De otro modo, estarás ciego cuando te clave los colmillos y me serás inútil. Amy te dejaría seco antes de dejar que se la metas. Ella ya no tiene sexo. Activa la visión, quédate a solas con ella, y entonces di mi nombre. Eso acabará con el hechizo.
¿Ahora me estás diciendo cómo matar un vampiro?
Te digo cómo acabar con este. Si enciendes un cigarrillo en el coche, la llama la sobresaltará. ¡Ahora, activa la visión!
En el fondo, sé que tiene razón. Su chófer corre para llegar a la puerta. Es un esclavo de sangre, que se inclina y se deshace en atenciones ante Miss Gusano de América. Podría ser un maligno (la facultad de devuelve no funciona sobre ellos de manera fiable). Es probable que también tenga un arma.
La limusina tiene techo solar en el asiento trasero. Quizá sea importante.
La zorra deja un rastro de baba, como un caracol, cuando se hace a un lado para hacerme sitio en el asiento. Da una palmadita en el cuero, remilgada. Se desprenden escamas de piel muerta cuando lo hace. Pero no es más que sangre y tripas. Sin problema. Me siento.
—¿Puede oírnos tu conductor?
Ella sube el panel retráctil que separa el asiento delantero del trasero. ¿Por qué no? Se imagina que soy un perdedor corriente. No una amenaza.
—Te preguntaría "En tu casa o en la mía", pero no es más que un cliché. —Su risa suena como las gárgaras con cristales rotos.
—De todos modos, no tengo ninguna casa —le digo.
—Entonces, ¿qué tal la mía?
—O podría hacértelo aquí en el coche.
Ella alza una ceja.
—¿Impaciente? —Me da un golpe juguetón en la rodilla. Y yo me trago mi vómito.
—Podría decirse así.
—Bueno, vas a tener que esperar hasta que lleguemos a mi casa. —Siento como un pequeño tirón en el cerebro. Se ha cansado de mi juego. Está lista para pescarme, destriparme y preparar el siguiente anzuelo.
No quiero que me atrape en su guarida. Claro, será muy tranquila, pero salir sería un dolor. Lo que ese retrasado de Soldado llamaría "extracción". Sin embargo, no quiero que para entonces haya levantado sus defensas. Hago como que estoy de acuerdo.
—Bien —digo haciéndome el resentido. Me repantigo y miro por la ventana—. ¿Está lejos?
—No. Al otro lado del túnel.
Me pongo la mano sobre la boca para esconder mi sonrisa. Un vampiro de New Jersey. ¿Qué pasa, ni siquiera los vampiros inmortales pueden permitirse vivir en Manhattan? A lo mejor tiene miedo de que en la puerta de al lado viva algún cabrón terrorista psicópata. Lo haré en el túnel. Ya no falta mucho.
—Don... —su mano vuelve a estar en mi rodilla. Espero que piense que estoy nervioso porque estoy cachondo—. No seas así. Sigo siendo demasiado mayor para follar en asientos traseros.
Puedo ver su reflejo en la ventana, lamiéndose sus raídos labios podridos. Es menos asqueroso que mirarle cara a cara. Veo cómo se acerca la boca del túnel, cercana.
Me giro y saco un paquete de Camel.
—¿Quieres uno? —Le miro a los ojos y saco dos con la boca. Creo que Bogart encendió un cigarrillo para sí mismo y para Lauren Bacall de esta manera, en alguna vieja película.
¡Zas! Una pútrida mano andrajosa sale disparada, como la de un gato, y me quita los cigarrillos de la boca.
—Un vicio asqueroso —me dice, haciendo un gesto de desprecio.
Estamos en el túnel.
Joder. Es la hora.
—Igual que chupar sangre. —Enciendo mi mechero justo en su rostro (una llama pequeña, pero los pútridos odian esa mierda). Retrocede y saca los colmillos al tiempo que digo La Palabra.
—¡Vassago!
La visión se apaga en mi mente como una cerilla en un huracán. La sólida y ardiente luz angelical es tragada por la oscuridad de Vassago. Me inunda desde todos los sitios, me atraviesa, me cambia. Crecen espinas en mi rostro, rodeando mis rasgos como una barba y una corona. Salen de las palmas de mis manos, de mis codos, y de la punta de mis alas.
Ella logra darme un puñetazo rompehuesos en la cara antes de transformarme del todo.
—¡Atrás! —Las facultades de ángel aún funcionan, hasta con Vassago operando en mi interior. De locos. Devuelve le empuja contra la puerta y vuelve a ser bella. Todo es precioso, como todas las chicas para quienes soy demasiado pobre, estúpido y grande para hablar con ellas. Está asustada y eso me encanta.
Abre la puerta con torpeza y un brazo sale e impacta contra la carretera en movimiento. El imbécil de su chófer no se imagina que ocurre nada malo, pero no dejaré que ella se escape. Las ganchudas manos con cuernos se aferran a esos dulces y delgados tobillos, haciendo trizas piel y nylon por igual. La devuelvo al interior del coche. El brazo que chocó con el pavimento está roto, pero se está curando, según veo. No importa. Sitúo los pinchos de mi barbilla por debajo de sus rodillas y rastrillo hacia arriba. Golpea mi cabeza, pero no tan fuerte esta vez. Tiene que golpear con cuidado. No quiere empalar su hermosa mano en mis pinchos y espinas.
Levanto la cabeza para otro ataque con la baja barbilla, justo en ese plano y tenso estómago. Es entonces cuando el coche se sacude hasta detenerse. Ambos caemos rodando del asiento y sus piernas se desgarran, libres de mi apretón. Sale por la puerta antes de poder atraparla de nuevo, pero me impulso con las piernas y las alas. Consigo propinarle un tajo en la espalda con los garfios de mis dos manos, un buen empujón que le arranca grandes pedazos.
Se tambalea hacia delante, uno de los tacones se rompe, y se bambolea y cae justo enfrente de una desvencijada y vieja camioneta. No va demasiado rápido, pero eso no importa cuando pasa por encima de su cabeza.
Se transforma en polvo. Genial.
¡Cuidado, John!
Algo duro y afilado me golpea por el costado izquierdo. ¡Cristo! Es como si me hubieran dado con una almádena. ¡Me doy la vuelta y es el maldito chófer! La ventana interior está bajada y se está preparando para su segundo disparo. ¡Joder!
Me separo de la puerta mientras siento desvanecerse el cuerpo del monstruo, las espinas volviéndose humo y las alas convirtiéndose en sombras. Estoy cojeando túnel abajo hacia el tráfico que se aproxima. Creo que siento al Jefe expulsando la bala, poniendo mis músculos en su lugar, creando de la nada sangre para mis venas.
Me pregunto si esto es lo que ellos sienten cuando curan sus heridas.
Estate a lo que estás, John. Zigzaguea, idiota. ¡Te está apuntando otra vez!
Puedo oír cómo suenan un millón de bocinas. Debo parecer un loco. Mi camisa y mi chaqueta están abiertas por la espalda. Los zapatos tienen agujeros por las garras de los pies, pero aún cumplen su función. Otro disparo. Reculo, pero ya ha fallado. Para cuando lo oyes, es demasiado tarde.
¡A la derecha! ¡Por esa puerta!
La puerta tiene rotas las bisagras y estoy en algún túnel de acceso, lleno de suciedad, excrementos de rata y viejos periódicos.
Oigo las sirenas, y por una vez es algo bueno. Ese conductor gilipollas va a acabar con el culo en la cárcel esta noche, o pasará la siguiente media hora corriendo asustado. En cualquier caso, ya no me disparará más.
Hago recuento. El Jefe no me curó del todo; solo lo suficiente para que pudiera correr sin echar el bazo o algo parecido.
¿Crees que mantener unido tu sarnoso cuerpo es cosa fácil?
No es gran cosa. Tengo un truco de ángel para encargarme del resto. Ya puedo sentir mi mandíbula volviendo a juntarse. Duele la hostia, pero solo es dolor. El agujero de bala llevará más tiempo. Será mejor tomárselo con calma durante un par de días.
Buen plan. De hecho, puedes dormir en el autobús.
¿Autobús?
Hay un billete de autobús esperándote en la Grand Central con el nombre de "Ron Charlier". ¿Ves esas escaleras delante de ti? Súbelas y sigue el pasillo hasta la escotilla de acceso a las alcantarillas.
¿Alcantarillas? ¿Otra vez?
No son más que para desalojar agua en las tormentas, no seas mariquita. Cuando salgas, ponte a caminar hacia el suroeste. Uno de los míos aparecerá enseguida. Te dará suficiente dinero para conseguir ropa nueva y quizá un lugar donde quedarte esta noche.
Eres todo corazón, Jefe.
No quiero que estés jodido y tosiendo como la última vez. Necesitarás estar a tope, John. No se trata de ningún colmillo novato confiado en exceso. ¡Mierda, casi te matan porque te quedaste ahí parado regodeándote, cuando debiste haber estado corriendo!
Tu preocupación es conmovedora.
A diferencia de ti, yo no subestimo las amenazas, en especial las que suponen nuestros enemigos mutuos.
"Nuestros enemigos mutuos". Joder, te lo vuelvo a decir, los "exaltados" no son tan malos.
No van contra ti, John. Por eso es por lo que te utilizo contra ellos.
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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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