Parte 05: Casa de Marta Samson

La Casa de Marta Samson no es en realidad una casa. Es un gran edificio hecho de ladrillo, de ángulos rectos y tejado plano, como una fábrica. Hay una enorme chimenea en la parte de atrás que no produce ningún humo, y un gran aparcamiento alrededor, limitado en dos de sus lados por maleza, arbustos y árboles. Otro lado da a la calle, y el último tiene una valla de tela metálica coronada con alambre de espino, compartida con otro aparcamiento que se le asemeja mucho. La calle está jalonada de casas deterioradas y de negocios de aspecto sórdido que ya eran marginales hace una década. Una tienda de juguetes. Algo llamado "Smithberg Ice". Una tienda de reparación de electrodomésticos. Diablos, ¿quién lleva a arreglar las cosas eléctricas hoy en día? Es más barato comprarlas nuevas.

No tengo ni idea de lo que se supone que hago aquí ni de cómo voy a encontrar a quienquiera que sea. Tengo la dirección sacada del listín telefónico de donde cené. Estaba a unos trece kilómetros de la estación de autobuses. Como no tenía nada mejor que hacer, vine andando. Los pies me están matando. Todavía llevo los zapatos rotos de Nueva York.

Fue hacia la puesta de sol cuando llegué al lugar. ¿Y ahora qué? El Jefe no me está sirviendo mucho como guía. Fantástico. Debe estar de humor juguetón.

Atravieso el aparcamiento, pasando junto a un montón de camiones y contenedores de basura, la mayoría de ellos llenos de la porquería que la gente mete en bolsas de desperdicios de plástico. Bastante triste. Sin embargo, supongo que yo soy más triste. Ni siquiera tengo una bolsa de basura o un contenedor donde ponerme.

Hay un par de chicos que visten chaquetas raídas y gorras entrando por una puerta metálica a un lado del edificio, así que los sigo. Parece el lugar correcto. Esos chicos tienen "pobre obrero" escrito por todas partes, es probable que como yo.

Dentro hay una pequeña cafetería (suelo de linóleo, paredes de ladrillo, techo desportillado). Es el tipo de sitio que te encuentras en un instituto, con una televisión que muestra un partido de fútbol atornillada al techo, y con comida no muy buena. Atestada de gente, también (las mesas están muy juntas y un montón de gente lleva un montón de ropa con un montón de suciedad y sudor). Hay una cola para la comida, la cual es servida por voluntarios de la iglesia mejor vestidos. Tienen el paso vivaracho, metiendo y sacando con torpeza bandejas de comida de la cocina, intentando parecer alegres. Cada uno de ellos se mueve al menos dos veces más rápido que el más rápido de los sin hogar, a menos que tengas en cuenta a los niños. No hay demasiados jóvenes (tres o cuatro sucios pendencieros con camisetas demasiado grandes, corriendo entre las mesas y obteniendo ceños fruncidos o sonrisas de los adultos). Por el momento, solo miro.

—Perdone —dice una voz jadeante detrás de mí. Me doy la vuelta. Debo estar bloqueando el paso. Un arrugado anciano negro, con el rostro como el interior de una nuez, se apretuja contra mí.

—Lo siento —le digo.

—¿Ya has firmao'?

—Uh, aún no.

—Mejor que lo hagas antes de que toas las camas se llenen.

—De acuerdo... ¿Dónde lo hago, exactamente?

Apunta con el dedo. Hay un chico en una mesa de metal cerca del principio de la cola del rancho. La gente se arrastra hasta allí, le enseñan una pequeña tarjeta plastificada, y después cogen la bandeja y son servidos.

Me pongo a la cola. Joder, me duele el pie.

—Buenas noches —dice el chico de la mesa cuando llego.

—Hola.

—¿No tienes techo?

—Uh, no.

Me echa un vistazo.

—No estás registrado aquí —dice, como si intentara acordarse de mí.

—No, no lo estoy.

—¿Eres de la zona?

—Na, soy de Washington.

Se lame los dientes como diciendo "peor para ti".

—Si no eres de aquí, puedo darte un lugar para pasar la noche como cortesía. —Comienza a escribir en una pequeña tarjeta coloreada, como una ficha de biblioteca—. No obstante, mañana tendrás que ir a algún otro sitio.

—Uh, ¿qué es eso? —Apunto hacia un símbolo que hay en una esquina del papel sobre la mesa. Levanta la vista con las cejas un milímetro más elevadas de lo normal, tanto como entrecerrados sus párpados.

—¿Sabes lo que significa?

—Sí, es como... sacrificio. Darse uno mismo, algo de eso. —Me inclino y yo mismo dibujo un símbolo: protección.

Su rostro se endurece.

—En ese caso, me temo que no puedo ofrecerte ni la noche de cortesía.

Mierda. Los héroes exaltados sin hogar han estado aquí mismo.

—Bueno. Es igual. ¿Puedes decirme dónde fue el tipo que lo dibujó?

—No es asunto mío.

—Mira. —Pongo las manos sobre la mesa y dejo que vea el machacado dedo anular de mi mano derecha. Me inclino y le dedico una mirada. Una buena, pero ya ha visto antes perdedores jodidos—. Tuvisteis problemas, ¿cierto? Apostaría a que ni siquiera deseas saber qué clase de problemas. Apuesto a que no quieres saberlo. Bien, si no quieres más problemas, quizá te convenga deshacerte rápido de mí. Dime dónde está y desapareceré de tu vista.

—¡Oye, estás parando la cola!

Le echo la misma mirada al tipo detrás de mí y la voz se calla con rapidez.

—Está bien. —El chico de la mesa ha tomado su decisión—. Busca a tu amigo en el Campamento de los Locos. —Luego, me hace un gesto para que salga de la cola.

Mientras me dirijo a la puerta de salida, cojo un par de naranjas y un pastelillo para la cena. Recibo miradas de desprecio, pero nadie dice nada.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."