Parte 09: El Violador

Era casi de noche y mis ojos estaban cerrados, pero a través de mis pestañas vi rojo, luego azul, después rojo, y otra vez azul. Los abrí para ver un coche de policía a unos treinta metros. Un agente salió y se acercó a mí con una mirada de confusión en el rostro. Me llevó un solo segundo reconocerlo: uno de mis cuatro violadores. Scotty Kessler. El bromista. El running back. El joven adolescente que trabajaba en el negocio de John Deere de papá. El tío de dieciséis años que apretaba su flaco cuerpo contra el mío mientras los calcetines del gimnasio de alguien eran empujados más allá de mi lengua. No me reconoció.

Aún no estaba oscuro de verdad, pero encendió su lámpara hacia mí. Casi esperé tener una visión en ella, pero no fue así. Entonces la enfocó hacia las esposas alrededor de mis tobillos. La expresión de su cara no tuvo precio, como dicen en esos anuncios de tarjetas de crédito.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—No lo sé. Esperar. —Me miró como si fuese alguna tía loca. Seguía sin reconocerme. Bueno, he engordado algunos kilos desde entonces. Ahora tengo tetas de verdad. Pero su cara estaba tan cerca de la mía aquella noche, que supuse que me reconocería de inmediato.

—Me temo que voy a tener que pedirte que te marches —me dijo. Le pregunté el porqué—. Esto es terreno de la OGT.

—No sé lo que es eso —le dije. Él suspiró.

—Oficina de Gestión Territorial. Es de su propiedad. Es propiedad del gobierno. No puedes... —Pero no acabó su frase, y por un minuto, pensé que iba a descubrir quién era yo en realidad. No hubo suerte.

Así que le pregunté:

—¿No puedo qué?

—No sé —dijo. Parecía confuso—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Pensé en mentir, pero supuse que me quedaba poco tiempo aquí. Las mentiras no sientan bien en el Reino de Todas las Cosas Buenas, me imagino. ¿No dicen que la verdad nos hará libres? Soy toda libertad. La libertad es lo que hay al otro lado de la puerta cuando comprendes el perdón. Así que se lo dije. Le expliqué que estaba esperando hasta ser exaltada, hasta tener el poder de Grayskull o lo que sea, hasta poder salvarles, liberándoles. Se aflojó como un balón pinchado, e inclinó la cabeza, decepcionado. Probablemente, esperaba a un manifestante o a una chica cumpliendo una estúpida prueba de alguna asociación estudiantil femenina.

—Genial, una chiflada —dijo para sí, sacudiendo la cabeza—. Ahora voy a tener que llevarte conmigo.

No podía dejar que aquello pasara. Y no parecía que Scotty Kessler fuese a tener ninguna revelación por su parte (no a mi conveniencia, al menos), así que puse todas las cartas sobre la mesa.

—Me violaste cuando tenía trece años —le dije. Sus ojos rodaron como si yo estuviera delirando. Pero entonces, un segundo después, se dio cuenta de lo equivocado que estaba, y fue un momento fantástico, humillante. Pánico. Miedo. Casi podía oír cómo daba vueltas su estómago.

—Lorna. —Eso es lo que dijo. Mi nombre. Lo susurró, como lo harías si estuvieras revelando el nombre secreto de Dios. Aquí estoy, pensé, un fantasma del pasado repiqueteando sus sangrientas cadenas contra el suelo del desierto.

Le dije que había acertado, que era yo, Lorna. Que él y otros tres chicos me violaron en el patio. Que me tuvieron en el tobogán, en los columpios, en el cajón de la arena. Le conté que los médicos tuvieron que sacarme arena de las rozaduras de mi espalda. Retrocedió tambaleándose e hizo un ruido como de animal herido. Me sentí muy mal. No quería hacerle daño. Solo que recordara. Así que le dije (y esa fue la bomba que cayó sobre Hiroshima) que le perdonaba.

—No sé qué es lo que te obligó a hacerlo —le dije—. Quizá los otros tres te obligaron. Quizá aquel día jugasteis entre vosotros en el vestuario, y me hicisteis lo que me hicisteis para no sentiros homosexuales. O a lo mejor tu padre te vestía como a una hija dentro del John Deere y te hacía cosas que ni siquiera deseas recordar. Está bien. Todos nosotros somos parte de una gran cadena de violaciones. Pero ahora soy libre, así que está bien. Perdónate a ti mismo, y después... deja que salga el dolor. —Como una corriente eléctrica, pensé.

No se lo tomó bien, pero supongo que era de esperar. Es decir, esta idea del perdón no es como controlar el tráfico en hora punta. Es un asunto serio. Cosa de ángeles y profetas. Es la luz que nos dejará ciegos. Comenzó a recular y dejó caer la linterna. Antes de correr de vuelta al coche, le dije que tenía que dejarme aquí para terminar mi trabajo. Que le agradecería de verdad que me dejara sola, para que todo saliera mejor. Dio un portazo, las luces rojas y azules se apagaron, y los neumáticos escupieron polvo y gravilla mientras enfilaba de vuelta a la ciudad.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."