Esta ciudad siempre ha estado llena de gente extraña. Lo estaba cuando yo era joven, y puedo oler en el aire que ahora es lo mismo. La gente era mala. No querían serlo, pero lo eran. Como mis violadores. Cuatro chicos que no sabían lo que estaban haciendo. Las consecuencias no se aplican. Son ignorantes y estúpidos, y no hacían más que pasar la corona de espinas que algún otro les puso en las cabezas.
Los violadores no fueron los únicos metepatas. También hubo otras personas. Gente con problemas. Tenía una tía en la ciudad. Dabney. Vaya nombre, Dabney. Ella tenía un marido que no era mi tío natural (nunca le conocí). Era alguien con quien se casó cuando yo tenía unos nueve o diez años. Fue Boina Verde o algo así en Vietnam. Un tipo de ojos furiosos, como obsesionados. Contaba historias de la guerra, no como si fuera La Chaqueta Metálica, sino como algo sacado de una película de Schwarzenegger. Sus historias eran recuerdos excitantes, no pesadillas mata-niños. Mi tía lo amaba, pensé, pero un día decidió atacarle con una lámpara mientras dormía. Después se divorció de él e intentó que le expulsaran del ejército diciéndoles que era homosexual. ¿Qué hace que una persona haga esa clase de cosas a alguien a quien ama?
Luego está el tipo de la tienda de informática. Venía todos los días y hablaba con mi padre como si fueran colegas. Hablaban de cebos para la pesca y de cartuchos, y un día entró en la cafetería del hogar del jubilado y comenzó a apuñalar a los ancianos con un cuchillo. Como suena. Su padre estaba allí. Un hombre viejo, de ochenta y tres años o así. Fue el único perdonado. No sé por qué.
Sin embargo, así es en Collbran. Una historia de violencia doméstica y gente que ya no puede más. La ciudad nunca alcanzó un punto de ebullición, pero siempre se movió justo por debajo, con una fiebre que la gente no podía curar. Muchos pasaron por el gran aro de mierda. Gente haciendo daño a gente porque alguien les había hecho daño a ellos, y tal y tal. Pero en algún sitio del camino, ahora lo sé, un diablo llegó y entró en la roca. Desconozco si ya estaba aquí o si la manera en que las personas se trataban entre sí le llamó. Es una enfermedad.
Pero, al igual que con ellos, no es culpa suya. No hay culpa. Es el producto de una mente cósmica perturbada. No de Dios. Algún otro. No sé quién. De todos modos, el veneno no fue tomado, fue inyectado. Como ya dije, esta cosa de los monstruos es un acto de penetración. Todo el mundo es inocente. Tan solo necesitan recordarlo, que alguien les muestre el camino. Yo soy la linterna, como la que dejó caer Scotty. Yo atravieso las sombras y muestro el camino.
Tenía mucha hambre. Quedaba algo de comida: una barrita de Snickers y una bolsa de Craisins (esas pasas de arándano). Me comí los Craisins y pude saborear una pizca de salvación.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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