Ahora parece como si todos los Santos me estuvieran hablando. Pronto todos me habrán dado sus dos centavos y yo tendré todas las cartas.
Tres cuervos me dijeron la verdad. Eran visiones, y ya no lo son. Para ser más precisos, los cuervos eran reales. Lo sentí con claridad. Eran pájaros grandes, negros y brillantes, que se cambiaban la pata de apoyo sobre un fragmento de la Roca del Diablo. Las voces eran las visiones.
Dejadme que aclare una cosa aquí. Cuando digo visiones, no quiero decir que no sean de verdad, o que tan solo sean tontas alucinaciones provocadas por el humo o algo así. Las visiones son más reales que lo que vemos la mayor parte del tiempo. Son mensajes secretos enviados desde algún lugar, ¿sabes lo que quiero decir? Transmisiones desde seres (como Dios) que no son sino pura verdad, perdón y comprensión. Me lo dijo un pajarito. O en este caso, tres cuervos.
Los cuervos me dijeron que tenía un mensaje del Cuervo, como si tuviera uve mayúscula o algo por el estilo. Dijeron que ese Cuervo era un antiguo dios apartado por manos blancas, pero que aún seguía rondando por las nubes y los árboles viejos. Supongo que el Cuervo había tenido una buena vida, pero que ahora el Día Final se acercaba y pasar un buen rato se estaba haciendo cada vez más complicado.
—Es importante salvar el mundo —me dijo uno de los cuervos, y el segundo acabó la frase—, porque si el mundo se va al infierno en una bolsa de basura, nadie podrá volver a reír.
El tercer cuervo habló:
—El mundo se está yendo al infierno, no lo dudes. Ahora mismo la válvula está girada por completo y las compuertas están totalmente abiertas. El infierno está saliendo a chorros a razón de cuatro mil litros por segundo, y está inundando el mundo con su dolor. Pero tus manos están en la válvula. Empieza a girarla. Derecha apretar, izquierda aflojar. Apriétala. Empieza a cerrar las esclusas.
—Nunca la cerrarás del todo —dijo el primer cuervo.
—No. Pero incluso cerrarla a medias —contestó el segundo— sería una hazaña por sí sola, ¿no crees?
—El dolor ocurre —anunció el tercero, práctico—. Es una fuerza existente. No te puedes librar de la mayor parte sin perecer, pero se puede reducir a la mínima expresión. Ese es nuestro plan. Eso es lo que tienes que hacer para ayudarnos.
—De acuerdo —concedí. Yo era la mano que gira la válvula. El Día Final se acercaba. Pregunté, no obstante, si no podríamos detenerlo. ¿No sería mejor? Los tres cuervos menearon la cabeza.
—Es como un accidente de coche —dieron a la vez—. No puedes evitarlo, pero puedes guiar el coche para que no mate a nadie. Habrá dolor. Habrá rechinar de metal. Pero mantén firme el volante y podremos salir de esta con todos los dedos de las manos y los pies.
Después los cuervos despegaron y me dejaron con el estómago retumbando. Los Craisins se habían acabado. Al igual que los Snickers, aunque ni siquiera recuerdo habérmelos comido. Tomé un buen trago de agua para ayudar a que mi estómago se calmara y dejé que la mañana viniera y se marchara.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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