El tipo que se reúne conmigo en D.C. es otro viejo cabrón. Parece como si hubiera escapado al servicio militar en la guerra de 1812. El jefe me dio indicaciones hasta su puerta. Un lugar bastante bonito, en las afueras de Georgetown.
—Así que tú eres el... especialista... que nuestro "mutuo amigo" ha enviado.
Que se joda la cháchara de presentación.
—Soy John Coaler, si es lo que preguntas. ¿Puedo entrar?
—Claro, claro. Soy el doctor Miles Fiske. Estoy encantado de que hayas llegado a tiempo, mientras el... —Se detiene de repente y se sobresalta. Tiene una mirada asustada en la cara—. Eh, no importa.
—¿Está el jefe hablándote?
—No, qué va —Aparta la mirada—. ¿Puedo coger tu, eh...?
Cuando se da la vuelta, le doy un buen golpe detrás de la cabeza. Con la mano abierta, nada serio en realidad. Ni siquiera como para hacer daño, pero se tambalea hacia delante y rebota contra la pared.
—No me mientas, ¿entiendes?
Me echa esa mirada, asustada, dolida y asqueada a partes iguales, como si su propia mierda hubiera saltado de la taza del baño y le hubiese mordido. Me río.
Déjale en paz, John. Está de nuestra parte.
De la tuya, querrás decir.
Es un millonario, John. Te puede arreglar las cosas, si le dejas.
—Mira, Fiske, el Jefe dice que necesitas que mate a alguien, y yo soy el hombre para el trabajo, pero no creas que puedes tirar de mi collar, ¿de acuerdo?
—Yo no... no necesito... un asesino.
—¿Qué necesitas, entonces? Y no me jodas.
Me vuelve a echar esa mirada escalofriante, crispada. Se muerde el labio y se seca la cara. Debe estar escuchando al Jefe.
—Muy bien —dice—, por favor, ven conmigo.
Pasamos de una habitación llena de libros y antigüedades a otra habitación atestada de lo mismo. Tira de la esquina de una estantería y se mueve hacia delante, revelando una caja de caudales con toda clase de cachivaches electrónicos. Distingo un transistor de un condensador, pero no tengo ni idea de qué es este material hasta que mete un dedo en una pequeña arandela. Después, mira por un par de lentes incorporadas, como binoculares.
Algunos pringados de la Red hablaban de este tipo de mierdas. Escáneres de huellas y de retina. Porquerías para mantener a salvo tus bienes. Una vez que termina, introduce la combinación y saca el collar hijo de puta más fino que he visto en mi vida.
—¿Es auténtico?
—Interesante pregunta —dice, con una sonrisa un tanto afectada. Oh, fantástico. Es listo—. Los diamantes son reales, procurados a un alto coste por nuestro mutuo patrón. El diamante azul central tiene cerca de 45 quilates, y posee vetas de boro que se iluminan de rojo con la luz ultravioleta. En ese sentido, es "auténtico". Pero no fue excavado en Golconda, India, y no contiene la mayor parte del alma de Vassago, el Príncipe Demonio.
Le miro por un momento.
—¿Eh?
Mira al techo impaciente, y es seguro que me gustaría volver a pegarle.
—No importa. Esta es una réplica de otro collar, hecho con gemas reales. Tan solo necesito cambiar el otro por este.
—¿Porque el otro collar tiene dentro al jefe?
—A parte de él.
Me encojo de hombros.
—¿Para qué necesitas mi ayuda? No soy un jodido asaltador.
—No preveo problemas en el cambio —dice, pero parece nervioso. Supongo que ha estado planeando esto poco a poco durante años, y el jefe ha adelantado de repente el calendario después de lo de Krebbs—. Verás, soy el conservador del Annenberg Hooker Hall, que es donde el diamante real está expuesto. Tú estás aquí solo para...
¡VE AHORA!
Ambos reculamos al mismo tiempo. El jefe suena jodido. Y asustado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)
LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















0 comments:
Publicar un comentario