Parte 18: Sueños Húmedos

Soñé otra vez con el pasado. A veces, el pasado rehace esas cosas. Se desliza en tu vida cuando estás de espaldas y te muerde el trasero para llamar la atención. Y los sueños no son como las visiones. No son algo que te pasa Desde Arriba. Son cartas de amor desde tu propia cabeza, que te cuentan cosas de tu relación con el mundo que quizá te has perdido (o que temiste ver). Este sueño no fue diferente, tan solo saltó de entre los desperdicios mentales y me dejó revolver entre los desechos, para ver las joyas que allí se escondían.

Cuando estaba en Century, me uní a un grupo de personas como yo. Trabajamos juntos durante unos seis meses. Habían pasado una época muy dura, cuando un montón de cosas malas bajaron a la ciudad. Me lo perdí todo porque aún no había abierto mis ojos. Durante un tiempo, en su mayor parte cuando estuve ayudando a Stewart, hubo un desfile de hombres bestia, de bebesangres y violencia. La mayoría de ellos consiguió salir de aquella. Había una mujer que quería acabar con las criaturas a cada segundo. Estaba aquel enorme boxeador, dulce, tontorrón y maravilloso, que lo único que quería era acabar con la violencia. Y otro al que nunca conocí. Siempre se quedaba entre bambalinas. Hablaba por teléfono y en los chats, y eso es todo lo que supe de él. Me hizo conectarme a aquel foro de Internet. Mi nombre era Consejero o algo así. Ni siquiera lo escogí yo, lo hicieron ellos. Trabajamos juntos por un tiempo.

Pero me encargué sola por mi cuenta de una chica. Dicen que era un fantasma, pero ahora ni siquiera sé si los fantasmas existen. Quizá sean algo diferente, ¿sabes? Fuera lo que fuera, estaba perdida y sola, y vagaba por las autopistas que circunvalan Century, vacías e inhóspitas. Quise ayudarle. Mucho. Y lo hice. Ella y yo pasamos muchas noches caminando. Hablamos y nos hicimos preguntas. Hablamos de las cosas que ella echaba de menos de estar viva. No se lo dije a los demás. No podía. Era yo quien tenía que salvarla, no ellos. Así y todo, no lo entendieron.

Mas una noche le hice una pregunta:

—¿Cómo son tus padres?

Ella se quedó paralizada, olisqueando como un jabalí. Sus labios apenas se movían, y dijo en voz muy baja:

—Ahora has hecho que él se cabree.

—¿Y quién? —contesté.

Y entonces apareció de la oscuridad un enjambre de moscas con aguijones. Ella gritó y me empujó con una fuerza que no sabía que tuviera. Debí de haber sido lanzada unos cinco metros, y me golpeé la cabeza. Estaba fuera de juego. La última cosa que recuerdo antes de desmayarme es que yo me preguntaba quién era "él", quién la estaba controlando. Alguien le confirió esa ira, y me dije que descubriría quién había sido, no importaba cómo.

Pero nunca tuve oportunidad.

Los demás descubrieron lo que había ocurrido. Quizá se lo dije yo cuando estuve medio inconsciente, o a lo mejor les llegó una visión como las que me llegan a mí. La encontraron y emplearon la semana que yo estuve en el hospital para encontrar todas las cosas que ella amaba y había dejado en este mundo. Y las cogieron y les prendieron fuego. Esa pobre chica se difuminó, derritiéndose o desvaneciéndose o lo que sea, y eso fue todo. Nunca la ayudé. Nunca la curé. Nunca volví a verla.

Todo el tiempo, me estuve comunicando por la web con alguien que se hacía llamar Ratondebiblioteca. Agradable, amistoso, una buena persona. Le conté lo que había pasado. Le descubrí mi corazón por e-mail y le hablé de mi error. Me hizo sentir mejor diciéndome que todo estaba bien, que tenía que perdonarme y que todas estas cosas que hacíamos eran un proceso, como cuando un bebé echa a andar, y que no podemos esperar milagros. Le di las gracias y nunca volví a escribirle, pero siempre tendré un lugar reservado para él en mi corazón. En cuanto a los demás, los dejé y jamás volví a verlos. He oído que ahora están muertos. Es una lástima.

Ratondebiblioteca, sin embargo, tenía razón y se equivocaba al mismo tiempo. Tenía razón en lo del perdón. Tenía que perdonarme a mí misma. De otro modo, me hubiera comido la cabeza hasta que no quedara nada, ¿sabes? Pero se equivocaba en algo. Podemos esperar milagros. Eso es lo que espero yo aquí. Con la espalda contra la roca, y el diablo escondido en su interior, espero un auténtico milagro de Dios. Y yo voy a ser el conducto, supongo que diréis. O al menos, espero serlo. No puedo fallar. No hay lugar para el error. Si le doy la espalda a la luz y dejo de mirar al sol, se acabó, finito, y perderé mi oportunidad de realizar mi acto final de bondad. ¿Y luego qué? Se me dejará con vida, una cáscara vacía, estúpida, idiota, compadeciéndome de mí misma hasta que se me ponga la cara azul. Siento las dudas. Terribles dudas. He ido demasiado lejos. Esto ha ido demasiado lejos.

0 comments:

Publicar un comentario

LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."