Mi cuerpo está aún en la habitación del motel, embrollado en los acordes del espacio y el tiempo, pero mi mente se ha liberado, girando como una rueda, y le estoy contando al hombre en sombras las primeras semanas después de que mis ojos fuesen abiertos. Mis palabras me llevan allí. Estoy con otros tres exaltados, y somos lo bastante estúpidos para pensar que le estamos cogiendo el truco. Exploramos un túnel donde dos comedores de carne patéticos se esconden. Persigo a uno que se nos ha escapado. Está atrapado contra una valla. Levanto un bate de béisbol de aluminio, y lo siento cargado. Pero entonces la criatura se va, y en su lugar hay una niña pequeña. Sé que es un truco, pero eludo lo suficiente para que el monstruo salte la valla de dos metros y medio y salga por patas. El bate se parte mientras yo me quedo mirando, boquiabierta e impotente.
El hombre en sombras parece afirmar con la cabeza.
—¿Quieres que siga? —le digo—. Está bien. Más tarde, aquella noche, estoy volviendo a casa y veo... Estoy atravesando nuestro patio trasero, bajándome las mangas para que la niñera no vea mis heridas. Estoy casi en la puerta de atrás cuando oigo voces. No puedo discernir las palabras, pero el vello del cuello y de los brazos se me eriza. Es la voz de Chloe. Está asustada. —Le cuento el resto.
La puerta de la bodega se abre.
La silueta de una figura se dibuja contra el cielo nocturno. Un gigante retorcido. Las manos como garras. La luna sale de entre las nubes y veo retazos inconexos del cuerpo de la criatura. Un colmillo amarillo. Una rosada oreja con cicatrices. Las fosas nasales brillantes como las alas de un murciélago. El monstruo sube los escalones de una zancada, seguido de tres figuras diminutas perdidas en su sombra. Mis niños. Se mueven como sonámbulos.
La bestia habla:
—Vamos, niños. No tengáis miedo. Estoy aquí. Mamá está aquí.
Salgo hacia delante y chillo algo. Es probable que no sean ni palabras. El monstruo parece encogerse, un gesto casual que me hace caer. Intento levantarme, pero tropiezo con mis propios pies y caigo por los escalones hacia la puerta abierta de la bodega. Vuelvo a oír la voz en algún lugar del exterior.
—Está bien, niños míos. Por aquí. Vamos a pasarlo genial.
El sótano está sin acabar. Uno de los proyectos de Michael. Siempre era "lo próximo de la lista". En realidad, nunca empezó. El suelo está frío. Sucio. Tengo que levantarme. Estoy muy cansada. Cuando siento que algo se envuelve en mi tobillo, tengo un sentimiento de inevitabilidad. Claro, pienso. Hay otro esperándome aquí abajo.
Recordar estas cosas despierta el fuego en mi interior, el calor abrasador que crece en el corazón de mi ser. Tres veces en mi vida se han dividido y dividido y dividido células microscópicas para conformar una diminuta persona.
El hombre en sombras parece más oscuro, y ahora hay sombras más profundas llenando los rincones de la habitación, como telarañas. He estado hablando durante horas. Tengo un regusto a sangre. Creo que me desmayé. Ahora vuelvo a estar despierta. La sombra está al pie de mi cama. Puedo mirarle de frente y no se desvanece, aunque diviso las resquebrajadas paredes del motel a través de su cuerpo de humo. Entonces, el mundo gira, y estoy tumbada en la hierba del exterior de nuestra casa, con los pulmones ardiendo, el aire nocturno golpeando mi cara. Los recuerdos luchan por mi atención. Un aroma animal en la oscuridad. La cosa salvaje clavándome las garras. Una oleada de fuerza imposible. El horno estallando. Veo muros de llamas alcanzar los costados de nuestro hogar. A través de una ventana, veo danzar al fuego sobre nuestro sofá nuevo. The world crashes into my living room...
Me arrastro. Mi pierna izquierda no funciona. Dolor en un costado. Dificultades de respiración. Me estoy muriendo.
El dolor retrocede y estoy de vuelta en el hotel. El hombre en sombras sostiene fuego en la mano izquierda. Miro más de cerca y veo que las llamas son en realidad feroces serpientes, retorciéndose las unas sobre las otras, siseando, cascabeleando y chisporroteando. La sanguinolenta luz roja que arrojan no ilumina la sombra que las envuelve. Es como si el sonido que hacen susurrara: «¿Cuánto odias?».
Dirige hacia mí el nudo crepitante de serpientes. Me levanto de la cama, temblorosa, y estiro la mano para aceptar el regalo. Entonces veo que las serpientes se están morderse las unas a las otras, mordiéndole a él. Reculo, pero antes de poder huir las víboras saltan de su mano a la mía, deslizándose bajo mi piel. Las náuseas sacuden mi cuerpo y me pongo a gatas junto a la cama, enferma. El mundo a mi alrededor gira hasta llevarme a una pequeña habitación mohosa, con muebles de ocume y una fea alfombra.
—Quincy —recuerdo—. Después Trinity, después June...
Alguien llama a la puerta. Sin pensar, me tambaleo hasta la entrada y abro. Me apoyo contra las jambas de la puerta, estupefacta. En el pasillo hay un chico (doce, quizá trece años). Me quedo mirando y me seco la sangre de la nariz. Él inclina la cabeza a un lado y dice:
—Tú debes ser Mary Ellen.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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