Parte 28: Mickey

Mi hijo volvió a mí, y esta vez estaba bastante segura de que iba a ser la última vez que le viera. Moriría o me transformaría en otra cosa cuando obtuviera mi exaltación. Descendió desde la cima del peñasco, se sentó cerca de mí y acunó mi cabeza como si yo fuera un bebé. Le dije que estaba débil, que no sería capaz de hacerlo.

—Lo harás —dijo—. Vas a ver una cosa más antes de que todo acabe. Vas a comunicarte con ella. Vas a verla.

—¿Ella? —pregunté. Asintió y palmeó la roca con suavidad—. El diablo. Vas a conocerla, y menudo encuentro será.

—Tengo miedo —le dije. Y lo tenía. Muy profundo. El temor estaba haciendo que mi corazón latiera mil veces por minuto, y podía oír la sangre bombeando en mis oídos como un río furioso. Imaginé mi pecho explotando. Por un segundo, pensé que había ocurrido de verdad, y que había muerto. Pero Mickey me dijo que estaba bien, que solo estaba asustada, que todo iría de maravilla si no me salía del camino. Eso me ayudó. No evitó que mi sangre se transformara en agua helada, pero me ayudó. Sentía que quería morir, aunque no hubiera muerto en realidad. Mickey asintió y dijo que me comprendía, y puso un cuchillo de cocina en mi mano.

—Sabrás qué hacer si viene un bajón, si sientes demasiado miedo para quedarte —dijo—. Es muy fácil. Mi amor por ti te ayudará a superarlo. Nunca te libraste de mí, mamá. Siempre he estado aquí, en tu útero. ¿Me sientes ahí dentro, haciéndote cosquillas? —Me acarició el estómago y pude sentirle allí.

—¿De dónde sacaste el cuchillo? —le pregunté, pero no emitió más sonido que un shhh, y me dijo que lo había tenido conmigo en la mochila todo el tiempo. No recordaba haberlo traído, pero era probablemente cierto. Podría haber traído el mundo conmigo y no recordarlo.

Luego Mickey se fue, aunque aún podía sentirle descansando en mi interior. Si no hubiera estado allí, creo que habría muerto. Pero ni siquiera su presencia detuvo el miedo. Iba a conocerla. A tratar con ella. El diablo en la roca. Mi razón y propósito para estar aquí. Me sobrepasaba. Vomité. Al principio, retuve el vómito en la boca, pero no fue por mucho tiempo, y antes de darme cuenta estaba devolviendo todo lo que quedaba en mi tripa.

Me sentí como una mancha. Como si el libro dentro del cual estaba viviendo estuviera lleno de mentiras. Como si en algún momento del camino hubiera cogido el camino incorrecto hacia el bosque malvado. Hizo que dejara de ser una buena hija, una buena madre. Cogí el pedazo de esquisto que usara con anterioridad y empecé a cortarme la cara. En ese instante me odiaba a mí misma. Lo había echado todo a perder.

Y entonces lo entendí todo. Podía irme. Tan solo levantarme e irme. Podía ser lo que era antes y despertar de este sueño. Pero, ¿cómo? ¿Cómo hacer que eso ocurriera?

Miré el coche de policía. Scotty, muerto. De repente, todo adquirió sentido. Él tenía las llaves del coche. Podía arrastrarme hasta allí. Subir al coche. Arrancarlo. Y conducir lejos, muy lejos. Irme igual que Scotty no lo hizo. Nunca volver. Nunca regresar a esta vida.

Cerrar la puerta sobre todo esto era de repente una idea satisfactoria, como si pudiera darle a un interruptor y apagar las luces. No más visiones. No más nada. Me perdonaría a mí misma una última vez y después me iría a casa.

Empecé a arrastrarme hacia el coche. Las voces golpeteaban en mi cabeza, haciéndome rechinar los dientes. "No te rindas. No te rindas. Deja de arrastrarte. ¡Detente! Ya casi lo has conseguido. ¡No te rindas ahora! No lo eches todo a perder. Gánate el halo. Abandona el círculo. Dales todo el perdón que necesitan".

Pero no podía dejar de arrastrarme, y comencé a gritar mientras la sangre me bajaba por la cara. Se me metió en los ojos y quemaba. Una voz en mi estómago me dijo lo que tenía que hacer y lo hice. Cogí el cuchillo y lo pasé por cada uno de mis tendones. Un corte. Dos cortes. Había sangre por todos sitios. El dolor estaba más allá de lo que podía imaginarme, y todo se iba disolviendo cuando me encontré cara a cara con el diablo de la roca.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."