Mis piernas sangraban, y por una fracción de segundo supe que todo lo que había pasado antes de aquel momento no era real. Había ido demasiado lejos, me había caído del risco y estaba cayendo. Y entonces la roca empezó a oscurecerse. El cielo también se ennegreció. Cuando la cara del diablo emergió, me impactó como un puño, como nada que hubiera imaginado. Ni siquiera las visiones. Era cien por cien real. No era una lunática. Era alguien que había visto el círculo en el que estaba y que estaba pugnando por salir de él. No estaba loca, me dije, mientras el diablo venía a verme.
Ella era magnífica y terrible. Su cuerpo era bulboso y segmentado. Y me recordó a un gran gusano. Surgió de la roca y apareció como un fantasma. Su horrible cuerpo era como una temblorosa imagen rota, proyectada sobre una pantalla en el fondo de mis ojos. De hecho, parecía que estaba allí, y al mismo tiempo que no. ¿Estaba realmente, o solo en mi mente? ¿Importaba eso?
Su forma traslúcida se deslizó como una serpiente, y aunque no tenía ojos (solo una lisa cabeza de insecto), podía sentir cómo me miraba y me escrutaba como a una mariposa en un alfiler.
Habló. Entró en mi cabeza, como otra violación.
—Eres una niña. No sé qué esperas lograr aquí. Eres una fracasada. Puedo saborear tu debilidad.
Di un respingo y me encogí, sintiéndome de súbito muy pequeña. Me sentí como alimento.
—¿Es locura eso de tu interior? Sí, ¿verdad? ¿Soy yo siquiera real? ¿O hay un defecto en la zona de tu cerebro que distingue entre lo real y lo imaginario?
Escuché entonces su risa, que sonaba... no sé... como bebés que lloran. Me percaté de que era yo quien lloraba, y quizá tenía los sonidos confundidos en la cabeza. No podía concentrarme. Mi mente sumergiéndose y saliendo a flote. Había oscuridad en los bordes de mi visión que intentaba que durmiera, pero no lo permitiría.
Las palabras que salieron de mi boca no eran mías, pensé. Es decir, lo eran, y se trataba de mi voz, pero me di cuenta de que todo lo que fui como Lorna era ahora de alguien más. Y por mí estaba bien, decidí, y contesté al diablo. Le dije que todo iba a salir bien, que sabía cómo se sentía, retorcida y malvada, porque era una esclava. No tenía el control, no era ella misma, y por eso expoliaba a los demás. Porque ella estaba corrompida, su naturaleza se volvió corrupta. Le dije que la perdonaba por ser lo que era: un ángel del que se había abusado hasta parecer un diablo. Se rio de nuevo. Esta vez sonó como el cristal rompiéndose, y el dolor estalló en mi cabeza como una migraña. Sentí la luz aumentando tras mis ojos.
—El perdón es una mentira —dijo—. La única verdad es la destrucción. Lo destruimos todo. Somos legión.
—No puedes destruirlo todo —le dije, y me di cuenta de que estaba gritando. Bajé la voz—. Ya basta. Perduraremos. Puedes parar. Sálvate. Sálvanos a todos y vayámonos a casa.
—No voy a parar. No puedo parar. No te equivoques.
—Todos tenemos que irnos a casa. El hogar es donde está el corazón, ¿no? Bombeando, sangrando. Todos los ángeles y los diablos son mejores cuando están en casa. —No estaba segura si tenía sentido lo que decía. Tenía que confiar en lo que fuese a lo que ahora pertenecía.
Siseó. Sonó como el aire que sale de una rueda.
—Tengo una ciudad. Uno a uno, caen ante mí. Hay recipientes que han servido a mi propósito. Te convertiré en una de mis hijas también, y entonces estaré más cerca aún de atravesar tu mundo una vez más, y de despertar de mis pesadillas.
—No son tus pesadillas. —Pero mis palabras fueron en voz baja, y no estoy segura siquiera si las pronuncié. Quizá solo las pensara (¿y no es eso suficiente?). Todo se estaba complicando. Tenía mandíbulas que parecían bastones de metal negro, húmedas, y de su boca salía un largo tubo, una tubería con dientes que daba vueltas. Se movió hacia mi cabeza y lo sentí enterrarse en mi cerebro como una aguja. Supe entonces que podría estar perdida. Podría perderme dentro de ella. En su laberinto de intestinos y veneno. Podría rememorar todo lo que se me había hecho, revisitar la violación y llevarla como si fueran ropajes, y entonces sería suya.
Pero algo en mi útero me dijo que podía resistir, y así lo hice. Me convertí en luz en un momento, y le mostré que yo era amada. Fue un fogonazo. Yo era un ángel, y retrocedió, chillando y crispándose. Sonaba como un choque de trenes. Como mi madre siendo asesinada. Como bebés que sangran. Siseó y dijo:
—¿Incorruptible? ¿Quién te protege? ¿De dónde vienes? Tu mente puede que esté defendida, pero tu cuerpo no. No eres más que un saco de sangre húmedo. Débil. Moribundo. Se lo voy a enviar, y estás acabada.
—Todavía te voy a ayudar —le dije. Había poder en mis palabras, las cuales surgían de la nada. Sentía el cuerpo distante y frágil, pero la mente fuerte. Como un muro.
—No seas tan confiada. Eres una garrapata en el lomo de un león.
—Soy poderosa.
—Estás muerta.
Y se fue, de vuelta a su prisión.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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