Para: hunter.list@hunter-net.org
De: Lotus19
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Pensarán que estoy loca por molestarme en decir todas estas cosas. Pensarán que soy una chiflada fuera de su elemento, que parlotea y está confundida. ¿Verdad? Me atrevo a decir que se equivocan. He leído sus historias de terror y me he preguntado muchas veces cómo han llegado a dónde están. Nadie quiere hablar de lo que había antes. Sólo el ahora, el presente. ¿Alguna vez se paran a pensar sobre su pasado? Cada músculo de tu cuerpo tiene una historia que contar si están dispuestos a escucharla. Parece algo bastante ingenuo, pseudoespiritual y absolutamente inútil. Pero es cierto.
No se equivoquen: mi presencia aquí responde a un solo propósito, compartir con ustedes mis conocimientos sobre las tierras y gentes de Europa, sus santuarios y sus agujeros infernales, las sombras en las que uno puede esconderse y las calles que deben esquivarse si se valora en algo la vida. Les contaré lo que sé sobre los indefensos y los demonios y espero que ese conocimiento les salve la piel. Peor no puedo comenzar por la mitad ni por el final. Tienen que conocer el comienzo si quieren comprender las cosas que digo.
Soy una mestiza de nacimiento, lo que los antropólogos de moda llaman un "híbrido" o una "mujer frontera". Como tantas mujeres jóvenes, crecí rodeada de signos contradictorios a causa de mi género. "Ve a la escuela y triunfa en tus estudios" decía mi padre, un ganador. "La educación es la piedra de toque fundamental y, si estás a la altura, podrás seguirme en los negocios familiares". Mi madre, por otro lado, representaba la voz de la tradición y la espiritualidad de Asia. "¡Encuentra un buen compañero y no olvides limpiar la cocina antes de preparar el pastel de arroz de tu abuela!". Seguí sus consejos al pie de la letra. Mi padre y mi madre no me engañarían. Sin duda, en sus corazones no había otra cosa que preocupación por mí. Así que me dediqué a la Psicología y las Matemáticas, primero en mi ciudad natal y luego en Alemania. Entonces, mientras me aproximaba al final de mis estudios preliminares y me disponía a seguir con mi educación, las voces de mis padres se hicieron una sola: "Vuelve a casa", dijeron, "y encuentra un marido y un trabajo. Establécete y danos nietos. Regresa a casa ahora. Tu educación ha terminado y tus años de libertad han quedado atrás". Naturalmente, no quería rechazar los ruegos de mis padres. Quería, algún día, tener una casa y una familia propia. Pero la necesidad de plantar mi espíritu no había madurado todavía: todavía poseía los deseos de una chica: ver y hacer cosas que fueran más allá de mi corazón y mi útero. Volví a Londres para explicarles mi posición. Fue entonces cuando todo cambió.
Eran las vacaciones de primavera y paseaba hasta el mercado, como había hecho un millar de veces, complaciéndome en los olores y los sonidos de la ciudad. A pesar de las tensiones que vivían en casa, Londres me hacía sentir completa una vez más. Tendría que haber esperado que me desgarraría.
Fue en el callejón cerca de Camden. Allí estaba yo, el pan en una bolsa, unas prendas en otras (y cargada con unos sujetalibros de mármol que había comprado por capricho), alegre y feliz mientras encaminaba a casa. Y entonces me sentí empujada. Ninguna mano me sujetó pero, a pesar de ellos, algo me arrastró hacia aquel callejón. ¿Escuché voces en mi mente? ¿Vi las señales en todos los destellos rojos de los escaparates, señalando un camino que sólo yo podía ver? No lo recuerdo. Igualmente me desvié y entré en el callejón. No fue la última vez que descubriría que mis pies me llevaban por direcciones que nunca había pensado tomar.
Fue entonces cuando vi la cosa, al demonio. No sé qué fue lo que más me aterró, el que el villano de los peores cuentos de mamá se encontrara aquí, en Londres, o el que yo supiera lo que era aquella cosa. Me sentí como si estuviera caminando por una historia que yo misma había escrito en mi mente.
Mi madre lo habría llamado un rakhasa. Creo que parecía un tigre enfermo que acababa de devorar pulmones podridos de vaca. El bastardo estaba erguido sobre las dos patas traseras y lanzaba golpes con una garra tan grande como mi cabeza. Su desventurada víctima era un hombre: y menudo porte. Pero le quedaba poca vida porque toda la atención del monstruo estaba concentrada en él. No había nada que yo pudiera hacer al respecto. Si fuera lista, habría aprovechado aquellos últimos momentos para escapar a toda prisa. Me quedé. Tenía que quedarme: no sé por qué. Algo me retenía allí, como si el suelo fuera de hormigón fresco. Menos mal, porque de no haber estado presente, jamás hubiera creído lo que ocurrió a continuación.
El hombre se agachó y esquivó el golpe. Entonces el rakhasa aulló y se aferró la garra. Como una espina clavada en un enorme cojín, sobresalía de ella la empuñadura de un cuchillo. Con dificultad, el hombre se puso fuera de su alcance y, cuando la bestia se volvió hacia él, ya tenía otro cuchillo en la mano. Mientras retrocedía otro paso, trastabilló y cayó, cerca de la bestia. Antes de que supiera lo que estaba haciendo, como si mis dedos hubiesen evaluado la situación antes que yo, cogí mi mochila y se la arrojé al monstruo. La golpeó en la peluda cabeza y volvió su atención hacia mi por un prolongado momento. Me da mucha pena el ratón que es objeto del interés de un gato, porque ahora se como se siente. Pero antes de que el rakhasa se arrojara sobre mi, un cuchillo cortó el aire y se clavó en el hirsuto pecho de la criatura. Parecía como si, tan pronto como el hombre arrojara uno de sus cuchillos, tuviera otro en la mano. El cuarto acertó a la cosa directamente en la garganta y esta se derrumbó sobre el suelo. Acto seguido, pareció hundirse sobre si misma y, en cuestión de segundo, su forma monstruosa se había trocado por la de una pequeña mujer, toda cubierta de sangre.
Por un instante, el hombre se irguió sobre el demonio, con un nuevo cuchillo en la mano. Entonces, y en aquel momento me dejó absolutamente conmocionada, se inclinó sobre ella, le agarró la cabeza y comenzó a serrarla por la garganta. Me encogí de terror. Cuando se incorporó, todavía sujetaba la goteante cabeza. Entonces, se dirigió a mi por vez primera:
"Una cosa fea" dijo, lo cual era un hecho. "Vamos. Será mejor que nos marchemos". ¡Sin una sola explicación! Y yo me moría de curiosidad. No mostraba sino la calma mas absoluta y, aparentemente, daba por hecho que yo sabía lo que acababa de ocurrir. Puede que en algún sentido lo supiera.
"Los cazadores americanos lo tienen fácil. No tienen problemas para conseguir una escopeta" musitó mientras nos alejábamos de aquella carnicería. "Aquí en Inglaterra es bastante más difícil. Es una suerte que esos tipos sean unos solitarios". Su acento me resultaba extraño, pero su piel mostraba el mismo tono marrón cálido que la mía, mezclada con una generosa pizca de gris. Sus ojos azules no parecían concordar con su rostro, como si éste hubiera sido construido a base de piezas sobrantes. Y era todo músculo.
"Puedes llamarme Seljuk. Y no quiero saber tu nombre. Aún no. Primero salgamos de aquí. Luego habrá tiempo para las preguntas". Mis malditos pies parecían tener vida propia de nuevo. O puede que fuera el viento y el polvo que soplaban detrás de mi, me aguijoneaban la nuca y la cabellera y me impulsaban hacia adelante a pesar de que el día había amanecido claro y brillante.
Aquella misma noche, fue como si de pronto saliera del trance en el que había estado sumida desde que viera al rakhasa. ¿Qué estaba yo haciendo allí, tendida sobre un colchón en una pensión roñosa mientras observaba a un tipo raro que jugaba con cuchillos? Bien, no soy capaz de explicarlo y el Cielo sabe que lo he intentado. Simplemente, de alguna manera, aquello me hacía sentir bien. Experimentaba la misma sensación de deja vu que me había asaltado en el callejón. Nunca llamé a mis padres, ni una sola vez. ¿Qué se supone que iba a decirles? ¿Qué había visto a un demonio salido de las leyenda arcaicas de la India en las calles de Londres? ¿Qué quería abandonar sus sueños y los míos para vagar por las calles en busca de más rakhasas o lo que quiera que fuese esa cosa, y arrancarles los corazones?
Seljuk me tomó bajo sus alas, por decirlo así, durante un par de semanas. Ahora no lo veo demasiado. Nos comunicamos por medio de ocasionales mensajes de correo electrónico o anuncios. No hay demasiadas cosas que pueda hacer una chica fugada, pero una vez que estuve en el continente, ciertas oportunidades se presentaron por si solas. He hecho toda clase de cosas, muchas de las cuales no me enorgullecen, pero todas eran necesarias. No es una vida fácil y, ciertamente, carece de todo encanto. Pero he conocido a mucha gente interesante. Entre otras cosas, más de un cliente ha resultado ser una buena fuente de información. Otros entraron en mi casa y nunca se marcharon.
¿O es que pensaban que vendía especias en el bazar de la esquina?





















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