Frente a ellos había media docena de personas que portaban armas improvisadas con aire desafiante: bates, tablones, tuberías. El pútrido adoptó una actitud petulante y se parapetó tras ellos.
Una mujer del grupo, achaparrada y de unos treinta y pico años, dio un paso al frente.
—Os conviene recapacitar un poco —dijo.
—De hecho —continuó un veinteañero—, deberíais recapacitar sobre vuestra actitud en general hacia nuestro maestro.
Seguidamente, el grupo comenzó a avanzar con las armas en alto.
Talbot retrocedió boquiabierto y se volvió hacia Serena.
—¿Son humanos, verdad? —dijo con la voz entrecortada.
Ella frunció el ceño.
—Genial, Sherlock. ¿Alguna idea antes de que nos den?
Son superiores a nosotros, tienen poderes sobrenaturales... siendo como somos las personas, es inevitable que alguien acabe adorándolos. Algunos espectros y pútridos no tienen reparos en aprovecharse de esa necesidad tan humana de buscar respuestas a los misterios de la vida y se convierten en objetos de culto de fanáticos que constituyen un enlace con la realidad.
Este afán proselitista de algunos muertos les reporta algunas ventajas. Por una parte, se hacen con un pequeño grupo que les hace los encargos, pero además consiguen una reserva de humanos en la que infundir las emociones de las que se alimentan.
Por lo general, los cultistas reciben en contrapartida la dirección que necesitaban en la vida (o eso creen). Solo unos pocos afortunados (o desgraciados) obtienen poderes, aunque no siempre el premio compensa los esfuerzos.





















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