—Génesis 49:6
Arrestaron a Lanny por conducir borracho. Se había pasado bebiendo la mayor parte de los dos últimos meses, sin contestar al teléfono, sin salir de faena... tan solo sentado en su apartamento dándole al Jim Beam, escuchando el click de la mina en su cabeza una y otra vez. Nadie más que él tenía la culpa de haber ido a un bar en vez de quedarse en casa. Ahora probablemente le retirarían el carné.
Pero en vez de eso, lo dejaron cociéndose en el furgón y esperaron a que vinieran los federales para hablar con él.
La placidez del bourbon había desaparecido hacía rato. Lanny se sentía sencillamente cansado y malhumorado. Pero no estaba tan cansado ni era tan idiota como para no pensar: «¿Qué coño? ¿Por qué lo sacaban del furgón para meterlo en una celda individual y por qué había dos agentes de pie a ambos lados de la litera, esperando?».
—Siéntese, señor Landers —dijo la mujer, indicándole una silla plegable.
Cuando Lanny se hubo sentado, le mostraron sus placas. El hombre era el agente Warwick, la mujer la agente Dhurvasula (aunque no parecía india ni nada). Las tarjetas parecían auténticas, claro, con sus sellos del FBI, sus firmas y sus fotitos... pero, mierda, para Lanny como si eran del Club de Mickey Mouse. Las tarjetas decían que los federales estaban asignados a algo llamado "SAD". Por lo que a Lanny concernía, allí el ratico que "daba" algo era él, y eso era pena.
—Bueno, eh... ¿a qué viene todo esto? ¿Es que he atropellado a su perro o algo?
No hubo risas ni sonrisas. Dhurvasula extrajo una carpeta y ojeó su contenido.
—No, tiene pinta de ser una mera conducción bajo los efectos del alcohol, corriente y moliente. Pero se nos ocurrió que podríamos hacerle unas cuantas preguntas ya que pasaba por aquí.
—¿Preguntas? ¿Acerca de qué? —Deseó que Curt estuviera ahí. Él habría sabido cómo manejar esta situación. Pero claro, Curt ya no estaba disponible.
—Empecemos por el principio, ¿sí? Earl Trevor Landers, también llamado "Lanny", ¿correcto?
—Eh... es que todos me llaman Lanny. No es que sea un nombre falso ni nada de eso.
—Claro. Ahora, veamos su dirección...
La agente tardó cinco minutos en sacar toda la vida de Lanny de la carpeta. Dónde vivía. A qué instituto había ido hacía diez años. Otras multas por conducir embriagado. Lo que había desayunado esa mañana. Hasta el puto último detalle. Kathy era la única laguna. Vale, sabían quién era. Sabían cuándo había muerto. Pero no sabían qué la había matado. «Imagínate», pensó Lanny. Lo saben todo menos lo importante.
Dhurvasula cerró la carpeta.
—¿Todo esto es correcto, señor Landers?
—Sí, claro. Pero pare el carro, ¿quiere? A ver qué cojones... Perdón. Disculpe... ¿De qué va todo esto? O sea, sí, me había saltado el límite. Lo admito. Pero ¿qué tiene eso que ver con el FBI? ¿Qué quieren de mí?
—No pasa nada, Lanny. No te importa si te llamo Lanny, ¿verdad? —Dhurvasula no esperó una respuesta—. El FBI no se implica en delitos como conducir estando borracho. Nos interesan las cosas jugosas: secuestros, crimen organizado, terrorismo doméstico. Lo que sale en los noticiarios de las seis.
—Actividades subversivas. —Warwick abrió la boca por primera vez. Lanny descubrió que el agente no le caía bien por algún motivo, y su humor (su infalible mal humor) se agitó.
—Vale, ya he leído toda esa basura. Los federales intentasteis echar un montón de mierda encima del reverendo King en su día. Infiltrando agentes en la Nación del Islam... toda esa mierda de trampas. ¿Ahora qué pasa? ¿Os hace falta un hermano al que echar la culpa de algo?
—No te pases, Lanny —dijo Dhurvasula—. Tú no eres Malcolm X. Eres un simple pintor de El Paso. No estamos aquí por eso.
—Pues entonces ¿por qué estáis aquí? ¿Qué cojones queréis que diga?
Dhurvasula se inclinó hacia él.
—Dinos algo sobre Ciudad Juárez —dijo, no con desconsideración—. Dinos algo sobre los vampiros.
Lo dijo así, sin más.
A Lanny se le aceleró el pulso; comprendió que estaba encerrado allí dentro con ellos. Tenían pistolas. No sabía si eran humanos. Cerró los ojos con fuerza, intentó tranquilizarse, equilibrar la ira y el miedo por un momento. Cuando abrió los ojos, los agentes tenían el mismo aspecto. Nada de carne podrida. Nada de colmillos. Nada de venas abultadas. Eran humanos, como él. Y tal vez, pensó, eso significara que eran iguales a él. Tal vez fuesen especiales.
—Esto... ¿qué es eso de "Ciudad Juárez"? ¿Un plato mexicano?
Dhurvasula exhaló un suspiro.
—Lanny, eres un mentiroso patético. Sabemos que estuviste allí. Encontramos tus huellas por todo lo que quedaba en pie del complejo. También sabemos que algunos vecinos de una ciudad llamada Brinsburg reconocieron tu foto, pero eso lo dejaremos para más tarde.
Lanny se esforzó por pensar.
—Bueno, vale, he estado allí. Pero si lo acabas de decir... O sea, ¡ya sabes lo que había allí! ¡Tienes... tenéis que saber lo que está pasando!
Dhurvasula negó con la cabeza.
—Encontramos muchas cosas allí. "Parafernalia sectaria", que se dice. Algunas pistolas, unas cuantas minas terrestres del ejército. —Si lo vio sobresaltarse al escuchar la palabra "minas", no dio muestras de ello—. Una cosa muy interesante era un cráneo con los caninos muy pronunciados... pero, lamentablemente, esa prueba se echó a perder después de que le diera el sol un momento. Así que nos interesaría mucho escuchar un relato fiable del asunto. Ahí es donde entras tú.
Algo iba mal. Si esos dos eran especiales, ¿por qué lo estaban sometiendo al tercer grado?
—Te has metido en un buen lío, Lanny. No te confundas. Queremos saber todo lo que estaba haciendo tu pequeña banda en Ciudad Juárez... y en Brinsburg. ¿Para qué facción trabajas? ¿Cuánto hace que está esto en marcha? ¿A cuántas personas has matado?
—¿Personas? —musitó Lanny.
—Desenterramos siete cuerpos en aquel complejo —gruñó Warwick—. ¿A cuántos os cargasteis tú y tus colegas bebedores de sangre?
Antes de que Lanny se diera cuenta, tenía dos armas apuntadas a su pecho y la boca llena del sabor a cobre de la adrenalina. La silla plegable que sostenía entre los puños apretados ardió sin llama con la fuerza de su rabia. La cama que separaba a los dos federales se partió por la mitad. Los agentes fueron empujados contra la pared y, a través del velo de su cólera, Lanny vio que estaban asustados. Era la primera vez que veían a alguien usar el Poder.
En absoluto eran como él. No estaban exaltados.
—¿Pensáis que soy uno de ellos? —gritó—. ¡Hijos de puta! ¿Pensáis que soy un puto monstruo? ¡Que os den por el culo!
—¡Suelta el arma! —aulló Dhurvasula—. ¡Suelta el arma o abriremos fuego!
Lanny tiró la silla reblandecida al suelo, sin concederle un ápice de importancia a las pistolas.
—Putos imbéciles. ¡No me puedo creer que penséis que soy uno de ellos! ¡Mataron a mis amigos! ¡Mataron a mi esposa!
—¡Tranquilízate, Landers, o dispararemos!
Lanny dio un salto, deprisa, plantándose delante de Dhurvasula, demasiado cerca para que disparara ninguno de los agentes.
—¡Señora, váyase al infierno! ¡Que la den a usted y al capullo de su compañero! ¡No sabe una mierda y no se merece saber una mierda!
Dhurvasula intentó retroceder pero no podía. Lanny olía el miedo que emanaba de ella. El mismo miedo que debía de haber sentido Kathy cuando la asesinaron los más que muertos. Pensar en ella disipó su furia; se sintió avergonzado, como si fuera él el que estuviera equivocado. Se tambaleó hasta la puerta de la celda.
—A la mierda con esto. Si piensan acusarme de algo, háganlo. Si quieren quitarme el permiso por conducir borracho, adelante. Pero no tengo una mierda que contarles. O me acusan de algo o me dejan en libertad.
Lo dejaron en libertad. La policía ni siquiera se molestó en multarlo por conducir bebido. Le devolvieron las llaves y la cartera. En el asiento delantero de su Dodge, Lanny encontró una tarjeta con el nombre de Dhurvasula y un número de teléfono. Hizo una pelota con ella y la tiró al cenicero.
De camino a casa, sacó la pelota del cenicero y se la guardó en un bolsillo.
El apartamento estaba frío y vacío, como siempre, pero ahora parecía menos refugio que nunca. ¿Lo habrían registrado? ¿Habrían colocado micros los federales? Había un coche aparcado al otro lado de la calle con alguien en su interior. ¿Lo estarían vigilando? ¿Habrían estado siempre vigilándolo?
A Lanny le apetecía beber algo, pero se obligó a arreglárselas con un café soluble e intentó pensar. Tenía un mensaje en el contestador de Curt, igual que los otros cuatro. Había salido del hospital en silla de ruedas y quería verlo; quería que Lanny lo llamara, quería que los Diez de Tejas volvieran a ponerse en marcha.
Curioso. Se suponía que Curt era el listo del grupo. Pero si era tan listo, ¿por qué no le entraba en la cabeza que los Diez de Tejas estaban muertos y enterrados? Incluso Lanny era lo bastante listo para saber eso.
El café sabía a rayos, pero se preparó otro. ¿Habrían colocado un micro en el teléfono? ¿Conocían a Curt? Seguramente. Pero debían de haberse decidido a echarse encima de Lanny primero porque no era tan listo. Porque se imaginaban que podían engañarlo e intimidarlo. Que se jodan. No era ninguna lumbrera, pero tampoco era imbécil y no era débil.
«Ya, pero si soy tan fuerte, ¿cómo es que no pude salvar a los demás en Ciudad Juárez?», pensó.
Anthony estaba muerto. Ramona estaba muerta. Gina estaba muerta... y joder, Gina solo era una cría. Curt se había quedado parapléjico. Lanny no había vuelto a ver a Toby ni a Irene desde el día después de lo ocurrido. El señor Cabina tampoco se había puesto en contacto. Javier parecía estar bien, aunque puede que ocultara la verdad. Y Reeve seguía chiflado.
Ciudad Juárez los había destruido. Sí, se habían cargado a la sanguijuela y a la secta. Joder, vaya cosa. Lanny siempre había supuesto que cargarse monstruos sería suficiente. Le daba igual morir por el camino. Pero lo siguieron hasta el complejo. Entraron quemando plomo. Y una mina redujo a tres de sus amigos a trocitos ensangrentados.
Todas las noches escuchaba el click de la mina y sabía que debería haber sido él el que muriera. No Anthony. No Ramona. Y sobre todo no Gina.
Se dio una ducha para quitarse el olor del furgón, se bebió un tercer café y pensó. Así que el gobierno sabe algo. No todo, pero algo. Saben que hay monstruos. Saben que hay chupópteros y sanguijuelas. Saben lo de Brinsburg. Pero no saben nada acerca de nosotros, los Exaltados, los bendecidos, los que tenemos el Poder. No sabían lo que podía hacer Lanny. Pero probablemente lo descubrieran si lo seguían vigilando.
¿Y luego qué? A lo mejor decidían que era igual que los monstruos. Esa idea fue suficiente para conseguir que Lanny volviera a verlo todo rojo; pero se sobrepuso. No había nada que pudiera golpear, nada que pudiera matar para sentirse mejor.
Si hablo con ellos, pensarán que soy un bicho raro... o un arma.
Si nos enfrentamos a ellos, nos matarán.
A la mierda. Vertió el resto del café en el fregadero y se sirvió un trago. Se quedó delante del lavabo, mirando sin ver, y se tomó su tiempo con el segundo vaso.
Seguía sin saber qué iba a hacer cuando marcó el número, y no sabía qué iba a decir cuando se escuchó un chasquido y contestó una voz:
—Agente Dhurvasula.
—Sí, soy Earl Landers. ¿Qué quieren saber?





















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