Narrador: Gladius Dei y los Condotierri

A diferencia de las sectas de la Sociedad de Leopoldo, que operan basándose en una filosofía común, esta también dispone de divisiones oficiales que sirven a la Inquisición en conjunto. A la hora de reclutar nuevos miembros, estas divisiones suelen exigir que los reclutas anulen todo vínculo anterior con cualquier secta, puesto que sus deberes pasan a trascender el credo personal. Dos de estas divisiones son Gladius Dei y los Condottieri (en lugar de hacerse llamar cenáculos, los grupos de caballeros de Gladius Dei se refieren a sí mismos como "lanzas").

Gladius Dei y los Condottieri son órdenes paramilitares de la Sociedad. Ambas recurren exhaustivamente a antiguos miembros de la policía o del ejército, y entrenan a sus reclutas en una amplia gama de puntos del programa de formación de las fuerzas especiales. Este programa incluye técnicas de combate (con y sin armas), medidas de seguridad, operaciones tácticas y de equipo, y regímenes de resistencia tanto física como mental. Asimismo, enseñan discurso teológico y conocimientos de lo oculto y lo sobrenatural, para garantizar que los equipos estén tan preparados como sea posible para afrontar cualquier amenaza.

La única diferencia entre las dos divisiones estriba en que los Condottieri constituyen una fuerza de seguridad interna que protege a la Inquisición y a los cenáculos establecidos de amenazas externas e intrusiones. Sus miembros serían comparables a la Guardia Suiza del Vaticano o al Servicio Secreto de la Casa Blanca. Protegen un lugar, una persona o un grupo de gente, y rara vez se involucran en alguna investigación o trabajo de campo.

Gladius Dei, o la "Espada de Dios", es a los Condottieri lo que los Navy SEALs al Servicio Secreto. Ambos grupos están versados en distintas técnicas de combate y habilidades de campo, pero los modernos caballeros de Gladius Dei ponen su formación a prueba constantemente como fuerza de choque orientada a cumplir misiones, operando en pequeñas lanzas de tres miembros como mínimo. Cada uno de sus integrantes no solo es un soldado de élite avalado por un brillante expediente militar, sino que además posee una motivación, un fanatismo y una fe que harían que Domingo de Guzmán (fundador de los dominicos y de la Inquisición original) se sintiera orgulloso. La dedicación de estos agentes es absoluta, pero también pecan de arrogancia y alardean de sus logros. Tal vez sean eficaces, pero no queridos.

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