Parte 01: Una Misión de Locos

De: Coctelera74
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: Un infierno terrenal

Fue un error venir aquí. Lo supe en cuanto bajé del avión y vi un rebaño de cabras pastando fuera del recinto del aeropuerto. Hay muchas cabras en Haití; desafortunadamente, es lo único que abunda en este lugar: cabras y sufrimiento.

Tanto los acontecimientos recientemente acaecidos en mi centro de misiones y en los alrededores como los siglos de tradiciones funerarias de la isla apuntaban a este lugar como posible origen de la plaga de muertos a la que nos enfrentamos. Dadas las actitudes de algunos de vosotros, me pareció lo más lógico que llevara la investigación alguien sensibilizado con las dificultades del pueblo negro. Sin embargo, cada vez me convenzo más de que aquí hace falta estarlo más de lo que esperaba, quizá más de lo humanamente posible.

Cuando me decidí a hacer el viaje, aprendí lo que pude de este sitio y me compré un diccionario francés-inglés. Sabía que Haití es la nación más pobre del hemisferio occidental, pero de ahí a imaginarme cómo sería había un trecho. Los negros estadounidenses solían hablar de la opresión que los obligaba a comportarse como "cangrejos en un balde", que intentan usarse unos a otros como apoyo para alcanzar la cima, y no les faltaba razón. En Haití todos pugnan por salir a la superficie de una montaña de estiércol. Los niños tienen pinta de no comer suficiente y los adultos tienen pinta de estar dispuestos a hacer lo que sea para alimentar a sus hijos.

Aquí los afortunados son los que tienen algo que vender. En el aeropuerto de Port-au-Prince, había tipos ofreciendo transporte en taxis improvisados —bueno, si es que se les puede llamar taxis—, y casi se peleaban por llevarme. Para llamar la atención lo menos posible, me metí en la parte trasera de un furgón destartalado junto a una docena de personas que también iban cargadas de equipaje. Me bajé cuando ya habíamos pasado el hotel y desanduve parte del camino con el petate a cuestas para llegar hasta él. En cuanto me bajé del vehículo, se me acercó gente a venderme cosas: ropa, verdura irreconocible, carne de cabra, una cana al aire. Me limité a seguir andando.

Elegí aposta la pocilga en la que me alojo para moverme entre la masa sin mezclarme con otros norteamericanos. Creo que fue buena idea. Este lugar está en los límites de lo habitable, pero se puede saltar al edificio de enfrente desde mi balcón en caso de no poder salir por el vestíbulo. También hay otra ventaja. Me percaté de ella al caer la noche: está oscuro de narices. La mayoría de las farolas están siempre apagadas, incluso cuando hay electricidad. Todas las noches se corta el suministro varias veces. Luego, estando ya dormido, me despertó una luz parpadeante que venía de fuera y pensé que había vuelto la corriente, pero no. Era la luz de los montones de basura en llamas que jalonaban la calle. Ignoro si se encendieron solos o les prendió fuego alguien.

Tumbado en el camastro, me quedé observando el baile de tonos anaranjados que recorría las tejas mugrientas. Entonces volví a dormirme con un último pensamiento en la cabeza: si es cierto que los monstruos se alimentan de nuestro sufrimiento, esto debe de ser un paraíso para ellos.

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