Parte 02: Un Bicho Raro

De: Coctelera74
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: por cierto, estoy vivo

He visto que, cuando se ha pasado lista, aparecía entre los "desaparecidos". Perdón si os he preocupado, he estado viajando durante bastante tiempo antes de ir a Haití. Me explico. No he encontrado lo que me esperaba, pero creo que sí lo que me temía en el último mensaje. Sinceramente, aún no sé qué está sucediendo.

¿Todos habéis jugado a buscar bichos, verdad? Todos habéis rastreado la multitud en busca de algo... raro. Bueno, pues yo lo he intentado esta mañana en el mercado y, la verdad, casi no vi nada normal.

Vale, puede que exagere, pero de verdad me quedé de piedra. Toda la gente tenía alrededor un halo entre violeta y azul lavanda, excepto algunos que parecían llevar espíritus dentro. Muchos de los que parecían más normales eran extranjeros: una pareja de observadores de la ONU, algún que otro turista, pero ya está. Cada vez que alguien se chocaba conmigo, sentía un latido de menos en el corazón. Fuera de la nave del mercado todo era igual, pero me calmé poco a poco al ver que nadie me prestaba atención. Decidí ir a pensar a alguna parte, así que paré en la cafetería de un Holiday Inn. Aún me temblaba la mano cuando cogí la taza de café.

Nada más entrar, el camarero que me atendió le había echado al botones y a los de recepción una mirada que no hacía sino agobiarme aún más. También me extrañaba que los de ese lugar parecieran tan normales. Debían de ser nativos, a juzgar por la forma de hablar y el aspecto, pero también podrían haber sido de otras partes del Caribe. ¿A qué se debía? ¿Cuál era la causa, o la falta de ella? ¿Por qué estaban las calles llenas de gente tocada por fuerzas invisibles que, sin embargo, no afectaban a las personas del hotel? ¿Significaba eso que estaría a salvo de las posesiones mientras estuviera en espacios cerrados? ¿Así de sencillo? Entonces me fijé en un hombre blanco que entraba en el hotel y vi que el espíritu que lo acompañaba lo abandonó de golpe. El hombre se quedó parado un momento, miró alrededor y le preguntó al botones qué sitio era ése.

Entonces resolví pasar a la ofensiva. Dejé un montón de dinero sobre la mesa y salí en busca de lo que en otros tiempos fue una haitiana joven. El fantasma atravesó una pared, de modo que busqué una puerta que me llevara al otro lado, pero sólo vi una que llevaba a las oficinas, y éstas parecían ocupadas. Empecé a dar vueltas hasta que un empleado me preguntó si me había perdido. Yo le pregunté, chapurreando francés, dónde estaba el lavabo y me llevó de nuevo a la cafetería.

Cuando me senté empecé a agobiarme un poco. Me había blindado contra posesiones cuando fui tras el espectro y ahora me limitaba a esperar el momento de volver a verlo. De todos modos no estaba como para cacerías. El camarero, por su parte, pareció alegrarse al ver que volvía a sentarme y pedía algo de comida. Ahora estaba en una mesa desde la que tenía una vista más amplia de la sala. Después de algunas horas, demasiados cafés y una ensalada campera, vi otra vez al fantasma. Estaba esperando en el vestíbulo, del mismo modo que esperaría alguien un taxi. Entonces, se metió en el cuerpo de una empleada que salía del trabajo. Por suerte el uniforme la convertía en una persona fácil de seguir, por lo que no tuve que llamar mucho la atención para ir tras ella.

Supuse que la mujer muerta se quedaría dentro de aquel cuerpo hasta que la empleada llegara a su destino, pero eso no me preocupaba tanto. Me inquietaba que pudiera colárseme dentro un espíritu sin que me enterara, así que apreté los dientes y puse cara de pocos amigos. Quién sabe, quizá no fuera tan descaminado al pensar que los fantasmas sólo cambiaban de anfitrión dentro de los sitios.

Poco después, la mujer se paró en una esquina llena de gente. Al acercarme me di cuenta de que era una parada de autobús. Estupendo. Me aliviaba poder seguirle la pista sin esfuerzo. Mientras esperaba volví a usar la visión y, una vez más, me encontré en medio de una muchedumbre, con auras violáceas algunos y huéspedes de la misma raza otros. Esta vez permanecí tranquilo. El hecho de verme rodeado de ese modo seguía siendo desconcertante, pero los espíritus no estaban haciendo nada, así que decidí esperar a ver. No niego que también influyó en mi decisión el detalle de estar en aplastante inferioridad numérica.

Para cuando llegó el autobús (y empleo el término de forma generosa), ya había observado algunos patrones generales. Muchas de las personas que había allí llevaban pasajeros propios y, al contrario que los trabajadores del hotel, muchas llevaban ropas viejas y andrajosas. La mayoría de los fantasmas también iba así. Algunos incluso iban vestidos con arpilleras, como iría un esclavo.

La empleada del hotel se sentó justo detrás del conductor, pero la veía con claridad desde mi posición, de pie en medio del autobús abarrotado. A medida que se bajaba gente en algunas paradas, fui acercándome poco a poco a ella. El autobús pasó por zonas que estaban increíblemente congestionadas (muchos de los coches de la ciudad parecían abandonados), pero las calles se despejaron en cuanto nos alejamos del centro.

En un momento dado, paramos para recoger a un hombre que vino corriendo y haciendo señas; yo estaba ya prácticamente junto a la mujer, que se había sentado mirando hacia delante. El autobús era muy viejo, y se diferenciaba de los estadounidenses en que no tenía enfrentados los asientos de la parte delantera. Entonces vi cómo la mujer muerta se inclinaba hacia delante, con el cuerpo casi separado de la empleada del hotel, y le tocaba un hombro al conductor. Supongo que debería haberme alterado, pero mantuve la calma. Lo que experimenté fue una honda tristeza, no sé por qué. De pronto me vino a la mente una imagen en la que la mujer estaba viva y, después de subirse a otro autobús, hacía el mismo gesto hacia un niño que debía de ser el conductor.

En ese instante, el conductor frenó en seco y la gente se precipitó hacia delante. Nadie se cayó al suelo. Creí que era culpa de la mujer, pero entonces vi un camión que bloqueaba la carretera más adelante. De él salió un soldado con muy malos humos y un rifle en las manos que se dirigió con decisión hacia nosotros y comenzó a aporrear la puerta del autobús.

Cuando subió, todos lo estaban mirando; hasta los fantasmas. Yo no lo temía a él, sino que temía por él. Tenía sangre en la cara y en el cuello, aunque no suya. Parecían más bien grandes salpicaduras de sangre que no se escurría como lo haría la sangre de una herida abierta en la cabeza. De repente nos miró y dijo: "¡Hay un francotirador en este autobús! ¡Todo el mundo afuera, ahora! ¡Salgan y pónganse en fila! ¡Vamos!".

Los pasajeros, que no necesitaban saber inglés para entender los agresivos gestos del soldado, fueron bajando uno a uno. Otro soldado iba separando a hombres y mujeres. Dentro del camión militar (que tenía un agujero de bala en la luna delantera), había un tercer soldado que parecía atender a un herido. El del rifle recorrió de punta a punta la fila de hombres, miró detenidamente a cada uno y volvió al principio, junto a la puerta del autobús. El conductor seguía en el asiento. El del rifle lo apuntó con el arma y gritó "¿quién...", pero no llegó a terminar la frase.

En lugar de eso, dejó caer el arma dando un grito, se tiró al suelo y empezó a golpearse como si tuviera garrapatas por todo el cuerpo. ¡Entonces vi una miríada de escorpiones que devoraba a los soldados! Cuando usé la visión, me di cuenta de que la mujer muerta estaba obligando a los soldados a retorcerse y gritar como si se les llevara el alma el diablo. Sabía cómo acabaría esto si no hacía algo, así que corrí hacia el conductor, lo agarré por el brazo y le dije: "Haz que paren". El conductor pareció asustarse, tal y como esperaba, lo suficiente como para atraer sobre mí la atención de la muerta. El hombre se llenó de serpientes, pero no se inmutó, por lo que supuse que era una ilusión que había creado el fantasma con la intención de asustarme.

Los soldados, no obstante, sí que sufrían el ataque de escorpiones reales. Muchos de los pasajeros, tanto con fantasmas como sin ellos, habían huido ya. No así la que había transportado a la domadora de escorpiones, que permanecía allí, sonriendo.

El instinto me dijo que estaba a salvo por no ser exaltado, así que recogí el rifle y disparé al suelo, junto a los pies del conductor. Lo apunté y le dije: "¡Váyase! ¡Allez, allez!". No titubeó: cogió y se fue. Aunque los escorpiones también desaparecieron, los soldados tenían la piel horriblemente hinchada, de modo que corrí hacia el camión y tomé la radio. Una voz repetía desesperadamente: "Delta Bravo, ¿me recibe?".

"Los soldados están aquí", grité, "en la carretera de Laurendine. Necesitan urgentemente atención médica". Como era de esperar, la voz empezó a interrogarme, pero no hice caso y me limité a borrar con un pañuelo las huellas de la radio, la puerta del coche y el rifle. No me sorprendió ver al soldado que había en el camión con la ropa ensangrentada. Parecía haber recibido un balazo, pero ya no se podía hacer nada por él.

Quería hacerles algunas preguntas al conductor y a la mujer del autobús. Sin embargo, tampoco quería estar cerca cuando llegasen los militares, así que emprendí el camino de vuelta con la esperanza de no tener que andar más de un par de kilómetros. Ya tendría otra oportunidad de hablar con ellos.

De camino al hotel, he tenido bastante tiempo para pensar en lo que ha pasado, pero, a pesar de todas las dudas que tengo, creo que ya he escrito suficiente. Me voy a la cama.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."