La sociedad secreta conocida como el Arcanum se fundó en Inglaterra durante la primera década del siglo XIX. Se formó bajo la dirección de un misterioso y acaudalado erudito que mantenía desde hacía tiempo una morbosa curiosidad por lo sobrenatural. Los conocimientos extraños sobre ocultismo lo fascinaban y no dejaba escapar ni una sola oportunidad de ampliarlos. El alcance de lo que reconocía como sobrenatural, pero todavía no comprendía, empequeñecía lo poco que había conseguido entender. Sabía que, de alguna manera, había aspectos dispares de lo sobrenatural que encajaban, pero no conseguía dilucidar cómo. De ahí que se pusiera en contacto con otros investigadores cuyas motivaciones fueran similares y con investigadores a los que había conocido en cualquiera de las universidades más prestigiosas de Occidente. Prometió subvencionar la investigación de lo inexplicable por parte de estos colegas, siempre que compartieran sus hallazgos. Enfrentados al escarnio y privados del apoyo de otros académicos más respetables, un puñado de individuos accedió a entrevistarse con su futuro benefactor en su aislada mansión.
El grupo elaboró un sistema para entender los misterios sobrenaturales del mundo y dividirlos en cinco categorías distintas. Estas categorías incluían los milagros y la magia obrada por manos humanas, las historias de espíritus, los relatos tradicionales acerca de hombres que podían cambiar de forma, las leyendas feéricas y las narraciones sobre muertos vivientes. Cada investigador asumía la responsabilidad de recabar información relativa a una categoría en concreto, y acordaban reunirse con regularidad para discutir sus hallazgos y mantener informado a su mecenas. También resolvieron mantener sus descubrimientos en secreto y no compartirlos con otros científicos, eruditos ni con el público en general. Lo hacían principalmente a sabiendas de que nadie se tomaría sus estudios en serio, pero también porque su benefactor había acordado subvencionar únicamente la búsqueda pura de conocimiento. Implicar a desconocidos, insistía, teñiría ese esfuerzo de percepciones hastiadas y falsas expectativas.
Los eruditos llamaron el Arcanum a su organización secreta y se pusieron manos a la obra. Con el respaldo de su fundador y la sutil dirección de su curiosidad manifiesta, buscaron trazas y atisbos de conocimientos extraños por todo el mundo civilizado. Con el tiempo, reclutaron nuevos investigadores para cubrir más terreno y mantener fresca su perspectiva. Expandieron su base de operaciones más allá de los confines de la mansión de su benefactor y establecieron logias, salas capitulares y bibliotecas en aquellas regiones que resultaban más convenientes para sus respectivos campos de estudio. Conforme pasaban los años, algunos de los miembros fundadores más influyentes se trasladaron permanentemente a ciudades de la Costa Este de los Estados Unidos (en la zona de Nueva Inglaterra y alrededores), donde se construyó la segunda casa capitular de mayor tamaño y la mejor abastecida.
Sin embargo, el crecimiento y el éxito de la sociedad no satisfacían a su fundador. Al tiempo que la búsqueda de conocimientos arcanos se tornaba más organizada y fructífera, salieron a la luz ciertas posibilidades abyectas. Estos descubrimientos no podían pasarse por alto ni ser olvidados. La humanidad no estaba sola en el mundo ni lo gobernaba. Seres crueles de inimaginable poder acechaban en la oscuridad, manipulando y asesinando selectivamente a la humanidad, guiando su destino según sus propios y siniestros designios. Estas entidades malévolas no podían ser nuevas en el mundo, a juzgar por la seguridad y el poder del que alardeaban muchas de ellas. De alguna manera, estos amos desconocidos existían en el seno de los mismísimos hombres y mujeres a los que controlaban, aunque nadie parecía ser consciente de su presencia.
Lo que quizá fuera lo peor de todo era el hecho de que nadie parecía ser siquiera capaz de reconocer los ominosos sucesos que tenían lugar. El contacto con los diabólicos conspiradores terminaba, o bien con la muerte de una víctima, o bien con el desventurado testigo enloquecido por el miedo. Incluso aquellos escasos estudiosos del Arcanum que conseguían establecer contacto cara a cara con alguna criatura sobrenatural no podían por menos que conformarse con ver impotentes cómo se desmoronaba su cordura y su erudición. Algunos se deterioraban enseguida; otros se aferraban a los escasos pensamientos coherentes que conseguían rescatar y continuaban trabajando durante años, a pesar del horror que los desgarraba.
Poco después de los albores del siglo XX, el mismísimo fundador del Arcanum se encontró al borde de la demencia. Con las últimas hebras de fuerza que le quedaban y sus plenas facultades mermadas, reunió a sus investigadores más prolíficos, que también sufrían de extrema exposición a lo sobrenatural. Reveló la verdadera dimensión de los planes que reservaban las entidades ocultas para la humanidad, al menos hasta donde él alcanzaba a percibir, hasta la última nota y la última conversación escuchada por casualidad desde que estableciera el Arcanum. Tal y como lo entendía el fundador, este inmenso designio resultaba abrumador en su complejidad e inclusión, y todos los que lo escucharon enmudecieron de terror. Afirmaba que le privaba de su sano juicio y le arrebataba el sueño el mero hecho de decirlo en voz alta, y rogó a su público que juraran no volver a repetirlo en su totalidad mientras él viviera.
Esta revelación confirmaba muchos de los temores y suposiciones más aciagas de sus estudiosos, por lo que todos accedieron a satisfacer su súplica. Más tarde decidirían que no informarían a sus investigadores subordinados ni transmitirían al gran público lo que habían aprendido. Al fin y al cabo, si ni siquiera sus mentes sumamente disciplinadas conseguían procesar esta increíble información, las mentes embotadas de la masa inculta sin duda se desmoronarían. Si algún lego llegara a creer siquiera algún día algo así, seguramente se volvería loco, como ya lo estaban tantos eruditos desafortunados del Arcanum. Es más, la mera especulación de lo que podrían hacer los depredadores invisibles a quienes intentaran revelar su existencia embargaba de temor a los estudiosos de lo arcano.
Poco después de la devastadora revelación del fundador, la principal sala capitular del Arcanum en América (situada en Boston) ardió hasta los cimientos sin explicación. Algunos eruditos sospechaban que el fundador había ordenado la destrucción del lugar por el bien de sus investigadores dichosamente ignorantes. Algunos esperaban que el incendio obedeciera a un acto de vandalismo destructivo o a un desafortunado accidente. Empero, muchos investigadores (informados o no) estuvieron de acuerdo en que la pérdida era un aviso (o una reprimenda) por haberse aproximado demasiado a «lo que se supone que el hombre no debe saber».
El Arcanum persiste en la actualidad, negándose tenazmente a disolverse, a pesar del miedo y la locura de muchos de sus miembros. Los estudiosos de lo arcano continúan reuniendo y almacenando información en secreto, aunque la evidencia sugiere que las criaturas invisibles de las que les hablara su fundador conocen su existencia. Sin embargo, estos eruditos no pueden rendirse, puesto que los supervivientes de mayor edad y, a su pesar, mejor informados saben algo tremendamente importante. Aunque el fundador y sus contemporáneos hayan fallecido hace tiempo, aquel les habló de una época en que el mundo invisible se alzaría y desataría el caos en el mundo. La naturaleza del horror que vayan a liberar estos monstruos y sus motivos para hacerlo se han olvidado o perdido hace mucho, pero los eruditos que continúan en el Arcanum saben una cosa:
El momento de destrucción que predijo su fundador ha llegado.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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