Exaltados y el Arcanum

¿Y me he vuelto un enemigo ahora porque les digo la verdad?
—Gálatas 4:16

El traqueteo de las pulsaciones en el teclado Braille especialmente diseñado apagaba en gran medida el ruido de fondo. El suave ruido de la música de cuerda instrumental procedente del estéreo lo apagaba aún más. Y aun así, Stephen sabía que había oído algo. Terminó de escribir una frase y se echó hacia atrás en su silla de madera. Sin volver la cabeza, tanteó a su espalda para apagar el equipo de música. El súbito silencio se convirtió en un ensordecedor velo crispado durante un segundo antes de que el sensible oído de Stephen se acostumbrara y se ajustara a los sonidos de su silencioso y oscuro hogar.

Descartó el sonido de su respiración y los latidos de su corazón. Estaba el tenue crujido de la silla al cambiar de postura. Estaba el zumbido electrónico de la torre de la CPU debajo de su mesa. Estaba el ronroneo del aire acondicionado. Estaba el tictac del reloj de la entrada. Estaba la media docena de grillos que competían en el exterior. Estaba el sempiterno tronar del tráfico de la autopista, más alto ahora que se habían talado en aras del desarrollo todos los árboles que se habían interpuesto en su día entre la casa y la carretera. Estos sonidos, que siempre lo rodeaban, se fueron registrando uno a uno. Stephen tomó nota de ellos y aguzó el oído. Aguardaba el sonido que estaba fuera de lugar.

No volvió a escucharlo, pero le pareció que sabía lo que era. Aunque no había vuelto a oír nada parecido en todos los meses transcurridos desde que su esposa fuera atacada —desde que él permitiera que aquella cosa le hiciera daño— le resultaba familiar. Era el crujido de una de las tablas del vestíbulo. El crujido de la pisada de alguien que intentaba no hacer ruido. Alguien se paseaba a hurtadillas por su casa.

Estaba paralizado, aferrado a los brazos de su silla. Espasmos helados le recorrían la nuca; su estómago dio un vuelco. La parte chirriante del suelo del vestíbulo estaba a medio camino entre su dormitorio y la cocina, delante de la puerta del sótano. No había oído pisadas al final del pasillo, pero ahora que había apagado la música y dejado de escribir, podía escuchar el roce amortiguado de unos zapatos en la alfombra del vestíbulo. Las pisadas eran lentas y ligeras —precavidas, quizá, tras haber roto el silencio— pero avanzaban con seguridad. Los pasos se detuvieron al final del pasillo frente a la puerta del despacho de Stephen, entre esta y la puerta de su dormitorio. Ambas estaban cerradas, y quienquiera que estuviera ahí fuera parecía indeciso sobre lo que hacer a continuación.

Era demasiado tarde para recibir visitas. Stephen no esperaba a nadie hasta el fin de semana. Era entonces cuando vendría su tía para limpiar y llevarlo a sentarse junto a su esposa en el hospital. Pero aunque tenía una llave, su tía siempre pulsaba el timbre dos veces para que supiera que estaba allí. Los escasos contactos a los que invitaba también sabían que debían llamar a la puerta. ¿Sería un ladrón? ¿Algún indigente en busca de un lugar cálido en el que guarecerse? ¿Un psicópata fugitivo de la justicia? ¿Algo peor?

La última posibilidad —que el temor irracional daba como más probable— paralizaba a Stephen. Desde la agresión de su esposa se había dedicado a jugar un juego peligroso por Internet y por teléfono. Había estado investigando incidentes de violencia sobrenatural en la zona de los tres estados y remitiendo las pruebas a la lista de correo de Hunter-Net. Con la esperanza de compensar lo que había permitido que le ocurriera a su esposa, se dedicaba infatigablemente a ayudar a los demás con los monstruos que se cebaban con los desvalidos. Había tenido éxito hasta la fecha, inesperadamente, pero el miedo tenaz a que hubiera algo esperando a partirlo por la mitad no le dejaba descansar. Ahora, parecía que algo había venido para hacer exactamente eso.

A pesar de estar aferrado a la silla con todas sus fuerzas, Stephen no conseguía impedir que le temblaran las manos. Se suponía que aquí estaba a salvo. Todas las puertas estaban cerradas con llave y había echado la cadena. Hacía tiempo que había cubierto con pintura todos los cierres de las ventanas. Hacía más de dos horas que había conectado su caro sistema de alarma. ¿Cómo demonios había entrado alguien sin que él se diera cuenta? ¿Cómo era posible siquiera algo así? ¿Y por qué demonios seguía el intruso sin...?

Antes de que el sobrecogedor pensamiento tuviera tiempo de desarrollarse, Stephen escuchó cómo se abría la puerta de su dormitorio al otro lado del vestíbulo. Oyó cómo alguien encendía la luz y pisadas que registraban su cuarto. ¿Qué quería aquel bastardo? ¿Buscaba algo en concreto o solo quería echar un vistazo? ¿Esperaba que Stephen estuviera dormido allí dentro, vulnerable y ajeno a lo que ocurría? ¿Estaría mirando ahora la cama vacía, observando la puerta abierta del cuarto de baño vacío, imaginándose dónde estaría Stephen? ¿Se habría vuelto ya en esta dirección?

Tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta y contuvo una tos nerviosa. Si intentaba levantarse de la silla, el ruido lo delataría. Si se quedaba sentado, estaría de cara a la puerta cuando la abriera quienquiera —lo que fuera— que hubiese entrado. Ni siquiera tenía dónde esconderse; su escritorio no era más que una mesa plegable atestada de equipo informático, una radio de AM-FM, una radio de onda corta y un escáner de la frecuencia de la policía.

Las pisadas regresaron al vestíbulo y Stephen oyó que alguien giraba el pomo de la puerta de su despacho con enloquecedora parsimonia. Cuando el pestillo se hubo liberado de su muesca, el intruso empujó lentamente la puerta hacia dentro, provocando que chirriaran las bisagras. Entra de una vez, pensó Stephen, desesperado. Pasa ya, hijo de puta. Deja de torturarme.

Pero la puerta terminó de abrirse por completo igual de despacio. El intruso guardaba silencio, escrutando sin duda el cuarto oscurecido; encendió la luz. Cuando lo hizo, Stephen escuchó un jadeo. Después, nada. No hubo pisadas que se retiraran. El intruso se limitó a quedarse allí plantado, resoplando por la sorpresa. Stephen olió una tenue vaharada a humo de tabaco viejo que se desprendía del atuendo de la persona.

—¿Quién está ahí? —llamó Stephen, sin que le gustara lo atiplada y frágil que sonaba su voz. Se tomó el silencio del intruso como una muestra de temor, lo que alentó su ahora ausente coraje... un poco—. Responda, maldita sea.

—¿Señor Lambert? —dijo la persona—. ¿Stephen Lambert?

La voz sonaba vieja y gastada, pero no atemporal ni anacrónica. Poseía la cualidad rasposa de un hombre de mediana edad que lleva media vida fumando cigarrillos sin filtro. También poseía un dejo nasal que hacía que Lambert sonara Lahm-bert.

—¿Quién es usted? No se acerque más.

—No se asuste. No he venido a hacerle daño.

—¿Cómo ha entrado aquí?

—No tema. Usted no me conoce, pero yo sé quién es usted. Se hace llamar Moderador87.

—¿Cómo sabe eso? —preguntó Stephen, pensando: Di que lo has leído en la lista. Tú di "La lista" y te creeré.

—Me lo ha dicho uno de mis socios —respondió el intruso. Se apoyó en el marco de la puerta con un crujido—. También me dio su dirección. Lamento haber irrumpido así por las buenas, pero sabía que no accedería a verme si le llamaba por teléfono o le enviaba un mensaje.

—Pues no se equivoca —dijo Stephen, intentando conferir un enfado convincente a sus palabras, en lugar de solo pánico—. Debería llamar a la policía.

—Tranquilícese. Soy de la policía. Bueno, lo cierto es que soy un detective especial que colabora con la policía de Chicago investigando "crímenes inusuales".

—Menuda chorrada.

—De acuerdo —dijo el intruso; su voz transmitía la inflexión de una sonrisa de satisfacción—. No es que sea la policía exactamente, pero lo intenté. Aunque sí que soy un detective especial.

—¿Qué quiere? —preguntó Stephen. La presencia del desconocido en el umbral lo transfiguraba, lo mantenía clavado a la silla. El hombre conseguía que toda la habitación pareciera extraña y peligrosa.

—Necesito que escuche una cosa. Algo que me dijo alguien que usted conoce... o conocía. John O'Malley.

—John O'Malley está muerto.

—Lo sé. Yo estaba en viaje de negocios, fuera del país, y acabo de enterarme.

—¿De qué va todo esto? ¿Cómo conoce usted a John? ¿Quién es usted?

—John y yo trabajábamos juntos a veces en Chicago, investigando... crímenes extraños. Después de que John se ocupara de Donald Pendergrass...

Stephen se relajó un tanto cuando el intruso hubo dicho aquello. Lo sabía todo sobre John O'Malley y Donald Pendergrass. John, bajo el seudónimo de Poli90, había hablado a Stephen acerca de su condición de exaltado y de cómo había matado a Donald Pendergrass, un chupasangre.

—¿Qué tiene que ver esto conmigo? —dijo Stephen, procurando no bajar la guardia. Carecía de los dones especiales que habían descrito John y otros. Stephen creía que había perdido su oportunidad. Lo único que tenía para protegerse era su saludable escepticismo, su juicio de carácter y sus propios sentidos.

—John confiaba en usted —dijo el intruso—. Creía en usted. Me dijo que usted era uno de los suscriptores mejor informados y más motivados de "la lista". Sea lo que sea eso.

—¿Y?

—Y me dio su dirección, que dice que usted le dio a él, y me dijo que le trajera una cinta si alguna vez llegaba a ocurrirle algo. También confiaba en mí.

—¿Qué hay en esa cinta? —preguntó Stephen, intentando atenerse a su escepticismo, aunque sentía cómo se le escapaba entre los dedos—. ¿Qué se supone que tengo que hacer con ella?

—Ya me he ocupado de la parte que él quería que se hiciera. Quería que descubriera lo que le había ocurrido y que le transmitiera la información a usted. Según la cinta, quiere que usted facilite esa información a "las personas adecuadas". Aparentemente, personas que pueden ocuparse de la cosa que lo mató.

—Todavía quiere vengarse... ¿aun después de muerto?

—Esa es la idea. He traído la cinta para que no tuviera que fiarse solo de mi palabra. Planeaba dejarla donde pudiera encontrarla. No me imaginaba que estaría usted en casa.

—Déjela encima de la mesa —dijo Stephen, logrando al fin aflojar su presa mortal.

El intruso hizo lo que le decían y regresó a su puesto junto a la puerta. Stephen tanteó la superficie de su escritorio y encontró la grabadora cálida al tacto en una esquina. La cogió y pulsó el botón de play.

"Otra de estas puñeteras cintas", dijo John O'Malley con voz ronca y fuerte, rompiendo el tenso silencio. "Stephen, espero que nunca escuches esta... eso mismo digo con todas... pero sé que algún día escucharás alguna. Si tiene que ser esta... mierda... Hace dos días, un gusano de poca monta llamado Harry Winston me llamó para hablarme de su esposa. Es como nosotros, pero está muerta. Algo la mató".

Stephen pulsó el botón de stop de la grabadora y envolvió el pequeño portátil en un puño tenso y furioso.

—Es él —susurró.

—Entonces, ¿se da por satisfecho? He grabado mis notas al final. Hace bastante tiempo que no paso por casa y tengo que ocuparme de muchos asuntos. Me pondré en contacto con usted si tiene alguna pregunta.

—Espere...

—No puedo —dijo el intruso, de camino al vestíbulo.

—Dígame al menos cómo demonios se llama —exigió Stephen, incorporándose a medias de su asiento.

—Me pondré en contacto con usted empleando el nombre de Jebediah Brown. No es mi verdadero nombre, pero así es como me conocerá usted. Estaré en contacto. Debería encargar que arreglaran el daño que le he hecho a su alarma. No es seguro dejarla como está.

Dicho lo cual, el desconocido recorrió el vestíbulo y traspuso la puerta de la cocina. Stephen volvió a quedarse a solas en medio del silencio y la oscuridad. Cuando hubieron transcurrido varios minutos interminables, buscó de nuevo la grabadora.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."