Encuentros Casuales

Asunto: Excursión a la biblioteca
De: testigo1
Para: hunter-list@hunter-net.org

Mientras intento mantener mi palabra y mantenerme lejos de casa y del ordenador, salí a pasear hace unos cuantos días y terminé metido (sorpresa, sorpresa) en un enrevesado rompecabezas que tenía que ver con Internet.

Me disponía a cruzar la entrada de la biblioteca pública del centro cuando salieron dos mujeres a la carrera. Había estado «ejercitando los ojos» para ver qué pinta tenían las cosas en la calle —cada vez que salgo me da más miedo—, así que no me sorprendió ver que las dos estaban rodeadas por esa aura que vemos a veces en algunas personas. He aprendido que no es recomendable quedarse mirando a alguien que has reconocido como inusual, así que entré en la biblioteca. Una de las mujeres, la más deslumbrante de las dos, casi estaba sacando a rastras a la otra. Cuando nos cruzamos, la que iba a remolque dijo: «¿Tú crees que tiene algo que ver con lo de anoche?».

«Ahora no», respondió la otra.

Al principio todo esto sonaba bastante inocuo, pero decidí echar un vistazo en el interior. Era evidente que había bastante alboroto en el piso principal, donde están las terminales de ordenador. Vi a una media docena de personas enojadas intentando hablar todas a la vez a la bibliotecaria, que no estaba teniendo suerte en sus intentos por acallarlas. Oí las palabras «cosa», «pantalla» y «dibujo». Una mesa de ordenadores abandonados cerca de la barandilla tenía pinta de estar reiniciándose, así que era difícil saber si aquellas personas estaban tan alteradas por lo que habían visto en los monitores o por lo que no estaban viendo ahora. Cuando llegó el técnico de la biblioteca, vi un ordenador vacío y se me ocurrió una idea.

Minutos más tarde, estaba allí sentado en trance, viendo literalmente lo que me había perdido justo antes de entrar.

Vi cómo el par de mujeres con el que me había cruzado en la calle bajaba las escaleras a toda prisa. Aquello no era lo bastante atrás, supuse, y volví a intentarlo, concentrándome de veras. Esta vez me sorprendió oír lo que decían al tiempo que veía lo que estaban haciendo. Se acercaron al departamento de libros raros y a mí. La más alta dijo: «Siempre merece la pena echar un vistazo en estos sitios. ¿Sabías que la Biblioteca Morgan hasta tiene una copia del Artes Perditae?».

«Teníamos un Artes, pero se cayó por una grieta en el suelo. Lloré», dijo la más baja.

La otra sonrió y dijo: «Siempre has sido una romántica. A mí solo me preocupa lo que pueda aprender en estos libros. Sabes, una copia del Artes nos vendría de perlas para ocuparnos de esos invitados inesperados como el de anoche».

La pequeña puso cara de susto y dijo: «Junie, yo no lo invité. No lo haría sin preguntarte antes. Además, no tenía cabeza. ¿A los zombis no les hace falta tener...?».

La alta la interrumpió y miró alrededor, aparentemente asegurándose de que no había nadie cerca que pudiera escucharlas. «Es una forma de hablar», dijo. Ya habían llegado junto a los ordenadores. Justo cuando la más bajita pasaba por delante de la primera máquina, la pantalla cambió y la persona que estaba sentada delante dijo algo como: «¿Qué demonios?». Ninguna de las mujeres se dio cuenta y siguieron caminando. A su paso, cada ordenador cambiaba para mostrar la misma imagen.

Desde mi posición —fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba allí de pie, aunque de forma remota— se veía parte de una ilustración arcaica muy detallada de algo borroso y enorme que había sido diseccionado. Lo que quedaba de la cabeza parecía sacado de un lobo, pero el cuerpo era como el de un gorila. El estilo me recordaba a Durero.

La pequeña se detuvo. Señaló una de las pantallas y dijo: «Junie, ahí está otra vez. Eso es lo que vi la semana pasada en el centro comercial. Es uno de los dibujos de Scivias [¿se escribe así?]». Se giró y examinó la hilera de ordenadores. «¡Está en todas las pantallas!».

La más alta susurró el nombre de «Scivias» y dijo: «Me dijiste que no habías tocado ese libro. ¿Estás segura?».

La pequeña parecía preocupada. Dijo: «Sí. Una vez escaneé esa página para el inquisidor, pero usé...».

La alta puso cara de horrorizada y silenció a su compañera. Se quedó mirando las pantallas, que se pusieron todas azules de golpe, como las había encontrado yo cuando llegué. Cogió a la pequeña del brazo y salió corriendo hacia las escaleras. Cuando llegaron al punto en que las había visto antes, tropecé con algo y me caí al suelo.

El dolor me devolvió al presente. Ni siquiera me había dado cuenta de que estuviera moviéndome cuando me di con una carretilla cargada de libros. Una bibliotecaria con cara de susto me preguntó si estaba bien. Supongo que al menos debía de haber parecido que sabía dónde iba mientras duró el trance.

Me disculpé y me puse de pie. La bibliotecaria me observaba de soslayo. Parecía que había llegado la hora de marcharse. Salí e intenté encontrar el rastro de las dos mujeres en las escaleras, pero no conseguí volver a entrar en trance. Al día siguiente lo volví a intentar y solo conseguí imágenes de gente entrando y saliendo, pero no de las dos que me interesaban.

Llevo desde entonces intentando encontrarle algún sentido a lo que vi y escuché. Después de buscar y rebuscar, encontré una referencia a un supuesto libro de hechizos llamado Artes Perditae, que se traduce como «Artes perdidas». No creo que el otro nombre, que he buscado desde «Sciveleng» a «Skaifling» sin resultado, esté relacionado con ese libro, pero tiene sentido que esté conectado con la literatura o el estudio de lo arcano de alguna manera. No me suena ninguna rama de la ciencia que se centre en los hombres lobo diseccionados. Lo más desconcertante era que ninguno de los buscadores de Internet que habían mostrado la imagen tenía una URL visible en el campo, como si aquel dibujo hubiera salido de la nada. Los «fantasmas de la máquina» siempre me han fascinado, pero también me dan miedo, aunque solo sea por las implicaciones para nuestra seguridad aquí.

Si alguien se topa con una anomalía parecida, por favor, que informe de inmediato. Lo mismo va para los que se crucen con la versión femenina de Tom y Jerry: las dos caucásicas, las dos morenas, una alta, de más de metro ochenta y muy guapa; la otra por debajo del metro y medio, corriente y moliente y un poco andrajosa (cuando yo la vi). Está claro que les interesan los libros «prohibidos». Lo que más me preocupa es la posibilidad de que algún libro prohibido pueda estar interesado en ellas.

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