Encuentros Casuales

Asunto: ¿A alguien le suena algo de esto?
De: lotol9
Para: hunter.list@hunter-net.org

Ando dándole vueltas a un enigma y me preguntaba si mis experiencias podrían sonarle a alguno de vosotros.

Hace poco me encontré con un cliente que me dejó extrañada acerca de qué iban exactamente sus amigos y él. Estos hombres —llamaré Rembrandt y Rubens a los dos que conocí directamente— estuvieron en la ciudad hace aproximadamente una semana. Algunos detalles superficiales acerca de ellos sugerían que eran turistas. Uno de ellos tenía mi dirección apuntada en un trozo de papel de escribir con el logotipo de un hotel cercano. Hicimos las negociaciones de rigor, el dinero cambió de manos y se prestaron los servicios. Tanto el hombre como el sexo con él no tenían nada de reseñable.

Alrededor del cuello llevaba una correa que sujetaba una bolsita, del tamaño y la forma aproximada de un higo grande. No se quitó el collar en ningún momento, ni siquiera durante nuestra transacción. Cuando le pregunté si guardaba ahí su amuleto de la suerte, sonrió e hizo un gesto que sugería que era infalible para las erecciones. Lo cierto es que podía habérmelo creído, pero no. Observé el collar con la Visión y no me sorprendió ver que poseía una cualidad extraña.

Para llegar al meollo de este asunto, me decidí a visitar el hotel donde parecía que se alojaba el individuo. El sitio era pequeño y conocía al dueño. Tras charlar con él, descubrí que le debía a él que Rembrandt hubiera ido a buscarme. Le dije a mi amigo que echaba en falta un objeto preciado para mí tras la visita de Rembrandt, y estuvo de acuerdo en que implicar a la policía no beneficiaría a nadie. Así que me dejó unirme a la plantilla de servicio del hotel mientras Rembrandt siguiera hospedándose allí, donde iba a asistir a algún tipo de conferencia.

Al final tuve que esforzarme por encontrar el tiempo necesario para hacer mi trabajo y fisgonear. Es una suerte que en mi campo se aprenda enseguida a hacer la cama varias veces al día. Entré en el cuarto de Rembrandt mi segundo día. No vi nada del otro mundo. Luego pregunté al propietario cómo podría colarme en el auditorio cuando estuviera reunido el grupo de Rembrandt, pero ahí me cortó las alas. El grupo insistía en estar solo, e incluso habían prohibido el paso al personal del hotel mientras duraran sus asambleas. Mi amigo dijo que pertenecían a una especie de logia y que no querían que nadie descubriera su «saludo secreto» o algo así. Pensé que me estaba tomando el pelo, pero no sabía si era que no quería contarme algo o si esa era su forma de proteger a sus clientes de dudosa reputación. Sin embargo, accedió a dejarme patrullar el vestíbulo exterior del auditorio a tiempo para el descanso que se tomaría el grupo a mediodía.

Al día siguiente, me encontraba barriendo migas de la alfombra fuera de la estancia cuando se abrieron las puertas. El recibidor se llenó de unos diez hombres que tendrían todos cincuenta años o más. Rembrandt era de estos últimos. Lo oí antes de verlo. Estaba hablando en holandés con otro hombre al final de la procesión, y al mirar de soslayo vi que caminaban en mi dirección. Por temor a que Rembrandt pudiera reconocerme, me encorvé sobre la escoba y me tapé el rostro con una mano. Luego hice ese truco que me permite ver a través de cualquier obstáculo... incluso mi propia mano. Rubens, el hombre con el que conversaba Rembrandt, se interrumpió para señalarme. «Una damisela en apuros», dijo. Se detuvieron y Rembrandt me preguntó si necesitaba ayuda. Negué con la cabeza y susurré que me dolía la cabeza. Los estaba viendo en todo momento. Se quedaron allí otro momento, hasta que uno dijo «Muy bien» y el otro me deseó que se me pasara. Mientras se alejaban, Rubens le dijo en italiano a Rembrandt: «Qué caramelito más encantador». Rembrandt se mostró de acuerdo, también en italiano. A continuación, desaparecieron al doblar una esquina.

Para mi desconcierto, me fijé en que los dos llevaban algo parecido colgado del cuello. Además, ambos portaban unos bultos extraños. Rembrandt tenía lo que parecía un tubo para pósters colgado al hombro. Rubens llevaba algo parecido al estuche de un instrumento musical... a lo mejor una flauta o algún tipo de trompeta. Los dos presentaban cicatrices en las manos que sugerían que habían sufrido quemaduras en repetidas ocasiones, como de metal al rojo.

Mi amigo, el propietario del hotel, me dijo que ya había tenido tiempo de sobra para encontrar lo que había perdido, así que no podía renovarme el empleo de asistenta. Mis esperanzas de ver la habitación de Rubens se desvanecieron. Después de aquello, decidí vigilar desde una cafetería que había frente al hotel. Vi cómo salía el grupo al completo a lo largo de toda la tarde para irse en taxis. Esta vez me di cuenta de que había al menos cuatro adolescentes entre ellos, cada uno de ellos acompañando aparentemente a uno de los ancianos del auditorio.

Eso es todo lo que he conseguido. Un atisbo de algo fuera de lo común, un grupo de hombres que podrían ser brujos de algún tipo, pero que lo mismo podrían ser una panda de pedófilos. O padres solteros. O masones. Estoy desorientada, tengo que confesarlo.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."