Exaltados y la NSA

—¿Steve?

Una simple palabra bastó para que Steven Williams supiera que los meses de dejarse crecer el pelo y la barba habían sido una pérdida de tiempo. Hacía dos días que no paraba en St. Thomas y ya lo habían reconocido. Y encima mira quién: Brent Burkett, el mayor hijoputa que se hubiera echado Steven a la cara en toda su carrera en el ejército. Lo peor era que Brent parecía tener peor catadura de la que se había visto obligado a adoptar Steven, y el marinero que yacía muerto en la playa entre ambos no presagiaba nada bueno.

La pregunta más acuciante que resonaba en la mente de Steven era si sería él el siguiente.

—B. B., ¿qué tal, tío? —Steven pensó que sonaba más relajado de lo que era humanamente posible dado el tamaño de la pistola con que le apuntaba Brent a la cabeza.

—Déjate de hostias, Steve. ¿Qué demonios haces tú aquí?

—¿Cómo? ¿Antes o después de que te salvara el culo de ese tío? Si te apunto con una pistola es porque tú estás apuntándome a mí.

—Ya, y tendría que haber apretado el gatillo hace rato. El único culo que has salvado es el tuyo. Si no hubieras gritado para avisarme de que seguía con vida, la siguiente bala habría sido para ti. Por suerte para ti, reconocería ese acento tejano en cualquier parte, incluso debajo de todo ese pelo.

Algo en el tono burlesco de Brent estuvo a punto de conseguir que el cazador bajara su arma... pero acababa de ser testigo de un ajuste de cuentas o algo todavía más inquietante. Ni una explicación ni la otra le infundían optimismo acerca del desenlace de este encuentro.

Steven había visto al marinero con pinta rara pocas horas después de su llegada hacía dos días y había seguido al "hombre". Supuso que sería mejor hacerse una idea de cuáles eran las amenazas locales cuanto antes. Shaka había subestimado a los habitantes de Haití y podría haber pagado ese error con la vida. Encontrar a su amigo y camarada exaltado Corta Sueños era una de las razones por las que había venido Steven al Caribe. La otra era escapar de las F.E.I., donde habían puesto precio a su cabeza.

No era tan estúpido como para pensar que los federales no pudieran echarle el guante en las Islas Vírgenes. No era su intención instalarse allí. Pero Brent era más que capaz de convertir St. Thomas en el lugar de descanso final de Steven.

—Escucha, quiero enseñarte una cosa, ¿vale? —Steven abrió la mano izquierda y la levantó para demostrar que estaba vacía. El rostro de Brent no se inmutó, pero tampoco puso objeciones. Steven hizo una pausa antes de incorporarse hasta ponerse de rodillas. Dibujó el símbolo "aliado" de los cazadores en la arena y miró a Brent, expectante.

—¿Qué es eso? —preguntó el otro—. ¿Una brújula?

Vale, pensó Steven. Estoy jodido. Miró el atezado dedo de Brent que descansaba en el gatillo de la enorme pistola y se preguntó si sentiría cómo entraba la bala en su cuerpo.

—Respóndeme a una cosa —dijo Brent.

Steven asintió.

—Sabes, esto de Nueva Orleans por lo que te persiguen... Mierda. —Había esperado que Brent hubiera estado demasiado ocupado para leer los periódicos y ver la televisión durante los últimos meses—. ¿Qué pasa con eso? —Steven tenía la boca seca.

—¿Fuiste tú?

—¿Que si linché a un poli negro? ¿Aunque se lo mereciera tanto como aquel? Ya sabes que no.

—Me lo figuraba.

Transcurrido un momento, los dos hombres bajaron sus armas simultáneamente sin pronunciar palabra.

—Tengo que hacer una cosa —dijo Brent—. Luego nos vamos de aquí.

—Bueno, dime ahora cómo pudo moverse ese marinero después de que le dispararas. O sea, el boquete que le hice lo traspasaba de lado a lado.

Los dos hombres se encontraban acuclillados en el interior de una pequeña cueva a varios kilómetros de la playa desierta en que se habían encontrado. Brent le ofreció su cantimplora a Steven, que la aceptó y bebió antes de responder.

—Creo que estaba... poseído.

Brent se mordió el labio y levantó la mirada hacia la oscuridad.

—Me temía que fueras a decir algo así. ¿Cómo lo sabes?

—No lo sé seguro. Llámalo una corazonada. ¿Por qué le tendiste una emboscada?

—Por el mismo motivo por el que hacíamos todo lo que quería el Tío Sam. Órdenes.

—¿Por qué no me disparaste?

—¿Te acuerdas de Nelson Folkes, el tipo aquel de Luisiana que iba con nosotros?

—¿Cómo me iba a olvidar de ese gilipollas?

—Recuerdo cómo andaba siempre intentando provocarme, llamándome "Carbón Burkett". Chorradas así. Recuerdo que tú siempre le parabas los pies y le cerrabas la boca. Tú siempre tan legal. —Brent hizo una pausa—. No como el equipo para el que trabajo ahora.

—Oye, no quiero que me cuentes nada que vaya a...

—¡No, tengo que contárselo a alguien! ¡Hago trabajos sucios para ellos, Steve! ¡Contra nuestra propia gente!

—¿Por eso le quitaste la cartera? ¿Para que pareciera un atraco?

Brent asintió.

—Después de pasarme cosa de un año en las Fuerzas Especiales, me trasladaron a Puerto Rico para una misión especial. Allí me entrené para formar parte de un escuadrón de contraespionaje. Nos dijeron que íbamos a enfrentarnos a una nueva técnica de "lavado de cerebro a distancia" desarrollada por los rusos. Lo que es lo mismo: eliminar a aquellos objetivos que no pudieran ser llevados ante la justicia. Pero algunas de las cosas que he visto...

—¿No encajan?

Brent zangoloteó la cabeza y guardó silencio. Al cabo, dijo:

—A veces resulta duro cumplir con el deber. Si hubiera tenido una bola de cristal hace tiempo, a lo mejor me lo hubiera pensado dos veces antes de dar la espalda al mío. Pero tú... Déjame decirte, Brent, que no te envidio por tu elección.

—Mnih. Gracias. ¿Y ahora qué piensas hacer?

—Me parece que iré a Haití. El deber me llama. Tú me entiendes.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."