Exaltados y los Benandanti

Reparé por primera vez en aquel hombre cuando me estaba registrando en un bed-and-breakfast de Savannah. Esperaba pasar allí un fin de semana lejos de monstruos, compulsiones extrañas y voces fantasmagóricas. Él acababa de firmar el libro de registro y, cuando se dio la vuelta, sonrió y dijo:

—Hola.

Tenía un acento encantador, pero difícil de identificar. ¿Mediterráneo? Era bastante atractivo... pelo rizado, piel del color del té con leche, y fuerte sin llegar a robusto. Se me ocurrieron una docena de sitios de los que podía haber salido.

Este vicio de emplazar a la gente me viene de que trabajo como taquígrafa en un juzgado. No se me da mal, y los archivos del juzgado me permiten comprobar cuánto me he acercado. Mientras le devolvía la sonrisa, pensé: De donde quiera que venga, da gusto verlo.

Me presenté al encargado, que me pidió que firmara el libro de visitas y compartiera los detalles personales de rigor. Justo encima del espacio que me señaló, vi el nombre "Ennio Giardini" y una dirección escrita con un trazo elegante. Mi garabateado "Celia Goldman" daba pena debajo de su letra. Me di cuenta de que no quería que viera mi letra tan fea, y luego me amonesté en silencio por comportarme igual que una colegiala.

—¿Señora? —El encargado me ofrecía la llave de la habitación. Comprendí que debía de llevar un rato esperando mientras yo fantaseaba. Me ruboricé, me disculpé y lo seguí hasta mi cuarto, que estaba una planta por encima del vestíbulo. Mientras subíamos las escaleras, me indicó a qué hora se desayunaba y cuándo se cerraba la puerta de recepción.

—Si vuelve después de las once —dijo, arrastrando las palabras—, llame al timbre y le abriré la puerta.

Por su forma de decirlo, parecía que entrar de aquella manera infringiría alguna ley tácita. Por suerte, era soledad lo que necesitaba como tónico contra los hermanos de armas no buscados y los vecinos metomentodos. Una aventura de una sola noche en mi habitación era algo que no entraba en mis plans.

Después de lavarme la cara, volví a salir para recoger mi maleta... y vi de nuevo al guapo señor Giardini. También él estaba recogiendo su equipaje, solo que este estaba vivo: dos perros, un pastor alemán y un perro callejero. Reparé con una punzada de envidia en que tenía una suite con entrada privada debajo de la puerta principal. Nada de "a las once en casa" para él.

—Qué perros más bonitos —dije.

—Gracias —respondió, sonando muy italiano—. No se preocupe, están bien educados. Soy adiestrador.

—Es genial que pueda trabajar con animales. A veces pienso que dan mejor compañía que muchas personas.

Se rió.

—¿Y usted qué hace?

—Trabajo en el tribunal del condado. Soy taquígrafa.

Volvió a reírse; comenzaba a gustarme ese sonido.

—Abogados, jueces y criminales. No me extraña que tenga tan mala opinión de las personas.

Nos presentamos e intercambiamos galanterías. Terminamos prometiendo que desayunaríamos juntos.

La soledad, la curiosidad o quién sabe si la mera excitación —las tres cosas a la vez, supongo— se me echaron encima horas después, con demasiada antelación a la mañana. Estaba acostada, preguntándome si el señor Giardini lo estaría también en alguna parte debajo de mí. Pensé: Demonios, ¿de qué sirve tener este... talento... si nunca le saco provecho? Yo no lo pedí, después de todo...

Decidí que me merecía echar un vistazo al señor Giardini.

Me desperecé, cerré los ojos e imaginé el interior de su habitación...

...y aparecí allí. Me decepcionó enseguida ver que parecía estar dormido y tapado hasta la barbilla con las mantas. Sin embargo, sus perros estaban pero que muy despiertos. Para mi sorpresa, parecieron darse cuenta de mi "presencia" al instante. El chucho soltó un gruñido ronco, mientras que el pastor alemán levantó la cabeza y gañó lastimeramente. No quería incordiar a su dueño, así que comencé a retirarme.

Pero cuando mi consciencia se acercaba al techo, sentí uno de esos dolores de cabeza. Asustada, me detuve y miré con atención. El cuerpo tumbado del señor Giardini parecía... un poco raro. La esperanza y el horror batallaban en mi cabeza. ¿Sería igual que yo? ¿Y si no lo era? Estaba literalmente en vilo, sin saber qué hacer mientras los perros seguían alborotando. De repente, los dos animales se tranquilizaron y volvieron la vista expectante al otro lado de la estancia. Entonces, otro señor Giardini —este era efímero, aunque no del todo fantasmal— se hizo visible al pie de la cama. Este Giardini espectral se introdujo en el físico como quien se mete en la bañera. Mi dolor de cabeza desapareció.

¡Y Giardini abrió los ojos, mirándome fijamente!

Sobresaltada, me obligué a regresar a mi cuerpo. Al tiempo que me sentaba en la cama, mi mente maquinaba desbocada.

Durante la hora del desayuno, demasiadas largas horas después, me demoré con el café y los bollos hasta que entró Giardini... de nuevo en carne y hueso.

Ya había ahuyentado a varios huéspedes del plato que le había preparado.

—¿Un bollo? —pregunté—. Se lo he estado guardando.

—Gracias —dijo, sentándose junto a mí. Estábamos solos. Me quedé petrificada mientras él apartaba la servilleta con la que había tapado su comida... y el símbolo exaltado que había formado con fresas y un bollo en el plato—. Qué detalle más encantador —dijo. No detecté tensión ni reconocimiento en su voz. Mis voces, mientras tanto, permanecían fastidiosamente silenciosas. Segundo paso, pensé, al tiempo que activaba mi visión interior.

Vi a un hombre fuerte y atractivo dando un bocado a un bollo de arándanos.

Tragó y dijo:

—¿Tiene algún plan para hoy?

Desconcertada, negué con la cabeza.

—A lo mejor le apetece acompañarme. Pensaba visitar la perrera. ¿Acierto al pensar que no le vendría mal tener una mascota?

Asentí.

—Estupendo. El placer de disfrutar de un compañero fiel es... —Bajó la voz, casi en tono conspirador—: Una experiencia paranormal.

Abrí los ojos de par en par. Estaba a punto de hablar cuando añadió:

—Chis. Más tarde. Tenemos todo el día por delante, ¿no es así?

El fin de semana resultó ser mucho más movido de lo que había anticipado.


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