Ni siquiera Arline Eburn, la científica que perfeccionó la tecnología del Campo Mather-Eburn para la NSA, comprende su coste oculto. Como hemos dicho antes, la radiación del CME tiene un efecto empíricamente incalculable sobre los humanos... pero lo tiene. Eburn nunca abandona los confines de los laboratorios I+D en Haití ni su escudo CME protector. Por tanto, podría ser un buen sujeto de un estudio sobre la exposición prolongada al campo.
Los humanos vivos expuestos a la radiación del CME sufren un embotamiento gradual de la respuesta emocional. Esta reducción de la afectividad es uno de los motivos por los que los analistas de I+D acometen sus experimentos con personas sin sentir remordimientos. Al abandonar los confines del laboratorio, el científico recupera la capacidad de sentir empatía, pasión y ultraje a gran velocidad. En otras palabras, la mayoría del personal interno de la NSA ejecuta su labor de forma algo "robótica", al igual que los miles de empleados militares de las instalaciones protegidas por CMEtech. Los empleados que salen de la base ocasionalmente se preguntan por qué se sienten mucho más vitales en casa que en cualquier otra parte. Todos ellos lo achacan a los rigores de la rutina laboral.
La propia Eburn decidió recluirse en el complejo de Haití tras una serie de accidentes casi fatales que le hicieron replantearse la naturaleza exacta de lo que ella siempre había considerado "residuos psíquicos postmortem" (lo que algunos de sus colegas se atreven a llamar "fantasmas"). No es ninguna pazguata, así que se preguntó por qué su racha de infortunios había comenzado poco después de que dejaran de funcionar los caoscopios de mayor tamaño de su organización. ¿Tendrían razón los científicos que aseguraban que lo que captaban los aparatos no era una dimensión alienígena (como insistían sus jefes militares), sino el más allá que los esperaba a todos? Y en tal caso, ¿podrían ser los extraños contratiempos que padecía la venganza de los miles de fantasmas que había destruido a lo largo de los años?
El deseo de garantizar su propia seguridad ha convertido a Eburn en una reclusa en su lugar de trabajo y ha pasado a ser casi tan prisionera como los sujetos de sus experimentos. Sin embargo, es lo suficientemente joven e inteligente para lamentar la semblanza de vida que lleva. Su existencia anterior a la NSA se dividía entre la investigación científica y la exploración erótica. Echa de menos esa dualidad, casi tanto como lamenta la política de "no preguntes nada, no cuentes nada". Si el cazador adecuado cruzara la puerta del laboratorio de Eburn, utilizara una facultad postcognitiva para atisbar su desdichado pasado con los muertos incorpóreos y le ofreciera ayuda, la fragilidad y el temor a sufrir algún tipo de crisis de la científica bien pudieran impulsarla a "desertar" para proteger a los exaltados.
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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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