Parte 02: 7 de Octubre de 1999

Últimamente no he tenido tiempo para escribir (en realidad, apenas para pensar), pero ahora mi convalecencia me obliga a descansar y me proporciona la oportunidad de entregarme a la introspección.

El encuentro con Jared y los otros dos ha conseguido al mismo tiempo aumentar mi seguridad y preocuparme. Nunca antes había querido considerar la posibilidad de que estuviera volviéndome loco. Irónicamente, ahora comienzo a pensar que puedo estar sufriendo alguna clase de histeria colectiva.

Sin embargo, en último caso siento (al igual que me ha ocurrido siempre) que debo confiar en lo que me dicen mis sentidos. En los pocos días pasados desde el encuentro en la tienda, he descubierto a otros dos nuevos sujetos paranormales: en este caso se trata de seres con forma humana que no parecen resultar visibles o tangibles para las personas ordinarias. He comenzado, pues, los cuadernos de notas no°12 y n°13.

Jared se ha puesto en contacto conmigo. En un primer momento sospechó que su cordura podía haberlo abandonado (ciertamente una sospecha razonable) y me llamó para asegurarse de que lo que recordaba haber visto había sucedido de verdad. Le conté lo ocurrido en la tienda después de que nos hubiéramos separado (incluyendo el amago de interrogatorio del policía) para asegurarle que así había sido. Me contó que desde entonces se sentía inquieto y nervioso y me aseguró que, aunque normalmente sentía miedo, sus pensamientos acababan por conducirlo una vez tras otra al n°11 y su casa. Sugirió que fuéramos a echar un vistazo.

Al recordarlo, lo encuentro curioso. Para ser francos, Jared me parecía la última persona de quien hubiera podido esperarse que se embarcara en una cruzada por el conocimiento o "por el bien de la humanidad". Es el típico esclavo de su trabajo, poco motivado, apático y de mente cuadriculada, Es indudable que el ver al n°11 en todo su putrefacto esplendor hubiera conmocionado a cualquiera, pero una persona más inclinada a aceptar las cosas como se supone que deberían ser se hubiera refugiado si duda en una explicación más "razonable": un error, un fraude, una alucinación provocada por las drogas, delirium tremens... y, sin embargo, Jared no parecía dispuesto a refugiarse en las ilusiones. Había preferido la verdad más terrible a la más cómoda. Quizá haya aquí más de lo que aparenta, pero si no es así, ¿dónde consiguió esa curiosidad y esa energía?

Me encontré con él en su casa, un edificio de apartamentos mencionado frecuentemente en las páginas de sucesos de los periódicos. No estaba lejos de la guarida del n°11. Cuando llegamos allí, vimos el coche del n°11 aparcado a la entrada. Inmediatamente, Jared abrió su puerta y comenzó a salir. Sólo entonces reparé en el olor a whisky de su aliento.

— ¿Qué estás haciendo? —pregunté. Se volvió para mirarme. Sus ojos, muy abiertos, brillaban.

— Voy a joder a ese cabrón —dijo, con la voz espesa pero resuelta.

Le dije que no fuera idiota, que debíamos acercarnos a él cuidadosamente. Sonrió con afectación y cuando volvió a hablar, su voz era un murmullo indistinto, no sabría decir si a causa del alcohol o por su mala dicción habitual.

— Muy bien. Esto es lo que vamos a hacer: yo voy y llamo al timbre y entonces corro y me escondo en el lateral de la casa.  Tú te quedas aquí y vigilas la puerta con tus jodidos binoculares. Entonces volveré a vigilar contigo. Si la cosa esa sale, podemos acercarnos sigilosamente y saltar sobre ella. Si no, nos colamos en su casa y esperamos a que vuelva.

—Jared, lo he vigilado durante mucho tiempo. ¿Qué te hace creer que podemos sobrevivir a una lucha directa?

— Mierda. Si puedes sobrevivir, entonces yo también puedo, lo que quiere decir que ambos podemos hacerlo. Además, ya oíste al poli ese. Yo soy el negro de la espada llameante.

No esperó a escuchar mi réplica y tuve que resignarme a hacer lo que él había dicho. Cuando volvió al coche, nadie había contestado a la llamada. Jared debió haber dado la vuelta a la manzana, porque no lo vi acercarse. Estaba vigilando la casa del n°11.

— La cerradura es nueva, pero hay un tabique roto en la parte de atrás. Podemos entrar por ahí.

Señalé que si había salido a pie era muy probable que regresara pronto. Utilizando una lógica irrefutable, Jared contestó que razón de más para entrar cuanto antes. No podía dejar que este novato se enfrentara solo a la criatura así que me vi arrastrado contra mi voluntad a la guarida del n°11.

Jared penetró en la casa mostrando una habilidad y una confianza que, en otras circunstancias, me hubieran perturbado. Se apostó junto a la puerta principal, pistola en mano, mientras yo vigilaba la parte trasera. Siguiendo su sugerencia, me había armado con una tabla a modo de garrote improvisado.

Había pedazos de madera diseminados por todo el suelo del patio. La casa parecía prácticamente abandonada. Me hubiera gustado tener tiempo para registrar a fondo la guarida, pero no estaba dispuesto a hacerlo si eso ponía en peligro nuestra emboscada.

Creía estar bien escondido entre las sombras del pasillo, vigilando la puerta trasera pero, de alguna manera, el n°11 logró verme a través de la sucia ventana de aquella. Inmediatamente agachó la cabeza y se deslizó hacia el extremo lateral de la casa. Avisé a Jared con un grito. Corrió hacia mí. Le indiqué con un gesto que retrocediera, pero él no sabía lo rápido que podía moverse el n°11. Atravesó la ventana con gran estrépito y lo sujetó. Jared estaba ahora en el suelo y su negra cara se oscurecía mientras los dedos del n°11 se cerraban en torno a su garganta. Di un paso hacia él y apoyé mi pistola contra su cabeza, pero su brazo se movió con tal velocidad y violencia que el arma fue arrancada de mi mano. Me había roto los dedos. Grité pero, para golpearme, la criatura había tenido que soltar a Jared. El brillante hierro había vuelto a aparecer en su mano. Aunque esta vez me encontraba presente, no puedo asegurar cómo había aparecido allí. Lo clavó en el estómago del n°11.

La criatura retrocedió de un salto, con la camisa chamuscada por el calor que desprendía la extraña arma de Jared pero, en todo caso, aparentemente ajeno a la herida que acababa de sufrir. Jared arremetió contra ella con violencia. Esquivó su ataque con velocidad sobrenatural e inmediatamente le propinó un salvaje golpe en la mandíbula. Jared se desplomó sin sentido pero para entonces yo ya había sacado mi pistola y disparé lo mejor que pude con la mano izquierda. No sé si le acerté o no. Se aproximó a mí, con las manos apretadas y de un solo golpe me hizo caer al suelo. Recuerdo con toda claridad el chasquido despedido por mi mandíbula al separarse del hueso temporal.

— ¿Quiénes sois? ¿Por qué me estáis atormentando? —demandó el n°11 (retrospectivamente, su pregunta me resulta extremadamente irónica, dada la posición en que nos encontrábamos en aquel momento). Me limité a sonreír, porque creía que Jared, detrás de la criatura, comenzaba a ponerse en pie. Reí, intentando ocultar el ruido que mi compañero hacía al aproximarse. O más bien empecé a reír, pero acabé gritando, a medida que el dolor de mi mandíbula dislocada se hacía más intenso. Y, a pesar de todo, mi regocijo era real, porque el ver la furia y la consternación pintadas en el rostro del n°11 mientras Jared levantaba el arma detrás de él me resultaba intensamente divertido.

— ¡jódete, hijo de puta! —el grito de guerra de Jared se elevó por toda la habitación mientras cortaba a la criatura prácticamente por la mitad, como si se tratase de un tronco. El n°11 cayó al suelo y Jared comenzó a destrozarlo como un leñador enloquecido. Sus golpes encendieron pequeños fuegos por todo el suelo. Traté de detenerlo (el cuerpo de una criatura como aquella sería sin duda de gran valor como objeto de estudio), pero mi mandíbula dislocada me impedía moverme. Cuando hubo terminado con él, no quedaba otra cosa en el suelo que fragmentos de hueso, una especie de engrudo y quemaduras en las tablas del parqué. Retrocedió, respirando pesadamente. Un enorme hematoma comenzaba a formarse en su pómulo derecho. Después de varios jadeos, se volvió al fin a mirarme. Sus ojos se abrieron del todo.

— Mierda, hombre, ¿Cómo estás haciendo eso?

En aquel momento no supe a que se refería, pero desde entonces he observado el fenómeno repetidas veces. Los cortes de mis dedos, donde la guarda del gatillo me había arrancado la piel, se estaban cerrando a ojos vista y las magulladuras de mi cara desaparecían como si nunca hubieran estado allí.

De alguna manera, Jared consiguió llevarme hasta mi residencia. Tomé algunos analgésicos y, utilizando hielo para insensibilizarla, conseguí volver a colocar la mandíbula en su sitio. A pesar de todo, fue algo agónico. Pero mientras tanto, la novocaína y aquel proceso antinatural de curación comenzaban a hacerme efecto. No había duda. Cuando llegué a mi casa había mejorado visiblemente. De hecho, al cabo de sólo unos pocos días, se ha producido en mi estado una mejora que normalmente, incluso en un hospital, hubiera requerido semanas.

Aparentemente, mis nuevas facultades no se limitan a la segunda visión, como había pensado inicialmente. Las heridas de Jared, aunque mucho menos graves, se han curado a un ritmo normal. Sin embargo, según me contó, durante nuestro enfrentamiento con el n°11, sintió un extraño hormigueo en el brazo al descargar el golpe definitivo. No puedo imaginarme lo que eso presagia.

(Más tarde).

Acabo de releer mis impresiones iniciales. Lo que ahora me intriga son las preguntas que me hizo la criatura. Parece que ni siquiera los seres antinaturales a los que vigilo comprenden la transformación que estoy experimentando. ¿Es que me he convertido en un misterio para los misterios?

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."