Parte 04: La Ceguera de los Shen

Habían otros habitantes del Reino Medio descontentos con los Shang. En las tierras en las que Yi había vivido los Chou reunieron a sus fuerzas para preparar el derrocamiento de sus enemigos. Sin embargo, el Shih detuvo su mano incluso a la hora de cazar a los shen, lo que enfureció a los Chou, que tenían que seguir leyes creadas por un hombre al que muy pocos habían conocido. La presión polítiva aumentó hasta llegar al punto en el que la guerra era inevitable. Las pasiones de los Chou aumentaron aún más cuando se extendió el rumor de que el propio emperador era sirviente de los demonios.

Yi nunca dejó de pensar en su familia y en el padre que había insultado y hecho caer en desgracia durante el ascenso de los Shih. Aunque ya habían pasado muchos años desde su marcha, decidió que había llegado el momento de regresar a casa en el corazón de los Shang. Se visitó con ropas sencillas y con un simple cayado y una bolsa con escasas provisiones abandonó el templo que había construido junto a sus seguidores, comenzando el largo viaje de vuelta hacia la provincia de la que había sido exiliado. Se llevó con él a cincuenta de los Shih, que le servían como séquito y protección. Siempre caminaba solo, pues de otro modo hubiera llamado la atención.  Sus discípulos le seguían a poca distancia, en pequeños grupos o individualmente. De vez en cuando hacían preguntas a Yi que éste siempre contestaba.

Encontró muchos demonios en aquella larga travesía. A veces los oía y veía, pero de todos solo destruyó a siete. Cuando le preguntaban por qué perdonaba a los otros, respondía: "Siguen su naturaleza y no han hecho demasiado daño. Mientras hagan lo que deban para sobrevivir no tengo motivos para castigarles, no más de los que tengo para castigar a las nubes que traen la lluvia. Pero cuando los shen están poseídos por la gula o tratan de disfrutar con la muerte, debo detenerlos". Los demonios a los que Yi perdonaba eran ignorados por sus seguidores, aunque muchos sentían la tentación de lanzarse a la batalla.

Sin embargo, a pesar de la indulgencia del maestro, las historias sobre sus luchas contra los shen alcanzaron proporciones legendarias. En lugares remotos del Reino Medio otros comenzaron a cazar demonios en su nombre, ya que los Shih se habían extendido para enseñar su filosofía. Algunos, como el propio Yi, eran magos. Éste nunca llegó a saber que dominaba la hechicería, y los que trabajaban a sus órdenes nunca sospecharon que era algo más que un hombre tocado por los Cielos.

Yi observaba el creciente descontento de los Chou mientras viajaba, y comprendió que la guerra no tardaría en llegar. Se detuvo en las casas de los nobles y habló con ellos sobre sus planes. Extendió la palabra de una familia a otra y trabajó para consolidar a los Chou, pues lo que muy pocos sabían era que pretendía liberar a su familia de los shen que imponían su gobierno a su padre y a los suyos. A pesar del silencio con el que se trataban estos asuntos, sus discusiones con los distintos gobernantes Choy y con su creciente hueste de seguidores dejó claro que Yi se preparaba para un conflicto de algún tipo.

Los Kuei-jin de Shang vieron los cambios entre los bárbaros Chou y decidieron que se acercaba el momento de actuar. Sin embargo, lo que no comprendieron era que solo los mortales orquestaban las acciones que tenían lugar en las regiones meridionales. Aunque sus espías eran incapaces de descubrir al responsable de las fuerzas que se amasaban contra ellos, estaban seguros de que se tenía que tratar de los shen del sur.

Varias facciones de los demonios (y hay muchísimas, como cualquier Shih puede atestiguar) se sentían preocupadas por la amenaza, así que prepararon un encuentro en las montañas cercanas a Kun Lun. Los Reyes Yama apartaron a un lado sus diferencias con los principales líderes de los Kuei-jin Shang y trabajaron juntos para poner fin a Yi y a sus seguidores. Los Catayanos habían planeado imponerse en la mente de los mortales como verdaderos dioses, y los Reyes Yama estaban más que dispuestos a ayudar a cambio de la paz con sus eternos enemigos.

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