Parte 05: Los Diez Soles

Mientras los señores del Yomi y los Kuei-jin negociaban, Yi llegó a su hogar y descubrió que todo iba terriblemente mal. El palacio de su padre había sido quemado hasta los cimientos, y tanto él como sus hermanos habían muerto. Las mujeres habían desaparecido. Yi no tardó en descubrir que su padre se había rebelado contra los Kuei-jin y que los shen habían respondido. Todos los varones de la familia habían sido exterminados, y la mujeres y los niños sacrificados.

Las leyendas son vagas sobre lo que Yi hizo tras descubrir la destrucción de los suyos, pero todas coinciden en que la locura se apoderó de su mente. Ningún shen tendría paz, desde los kamuii hasta los hengeyokai. Logró la atención de una criatura que nunca temería nada de algo tan simple como un mago mortal; logró la atención de un dragón.

Esta bestia, el mismísimo Kung Kung que había derribado las Columnas del Cielo y que había inundado el mundo, habló durante largas horas con Yi mientras sus seguidores se ocultaban aterrados. Al final, los dos partieron hacia los cielos con Yi sujeto en una de las garras del dragón.

Los Catayanos y los señores demonio hablaron al tiempo que los ejércitos mortales de los Chou se reunían para hacer la guerra al emperador del norte. Los Kuei-jin Shang ofrecieron un gran sacrificio a los Reyes Yama asesinando a miles de víctimas en su honor, y gracias a esta ofrenda les fue concedido el poder de realizar un gran conjuro: en los cielos sobre el Reino Medio la luz del sol estalló y se hizo más brillante que nunca. Donde antes había un sol, ahora había diez. Su fulgor estaba más allá de cualquier medida, y aunque en toda China se vieran los diez, solo en las tierras de los Chou se sufría su calor.

Éstos, enfurecidos por el ataque, se alzaron y se lanzaron contra sus vecinos. Los esclavos de los Shang, que veían los diez soles como un augurio, se unieron a los Chou en esta gran rebelión. Los shen y los mortales del sur sufrieron muchísimo, y las quemaduras y las ampollas acabaron con parte de su hueste. Sin embargo, ninguno estaba dispuesto a rendirse; los mortales atacaban a los mortales y los shen se lanzaban contra sus hermanos. Mientras tanto, los Reyes Yama y los Kuei-jin gozaban de su poder.

El final de la guerra llegó tres meses después de su comienzo, con un gran asalto final. Los Chou y los Shang se enfrentaron en cantidades inimaginables hasta entonces, con los shen a su lado. El lecho de los ríos Chou, que para entonces ya se había secado, se llenó de sangre mientras los aullidos de los Muertos sin Reposo retumbaban por todas partes. Los soles nunca se ponían en Chou y la tierra se había convertido en un infierno de roca calcinada.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."