En Anyang, el brutal emperador Shang se enfrentó a su sucesor, Wu Wang, que dirigía a los Chou en el combate. Aunque el primero luchó bien, Wang fue superior y dejó que su enemigo muriera en las llamas que consumieron su propio palacio: el fin de Shang fue doloroso, y algunos aseguran que se alzó de su tumba poco tiempo después y que aún hoy vaga por la Tierra.
Mientras la batalla rugía, Kung Kung regresó con Yi montado a lomos de su poderosa espalda. Juntos surcaron los cielos, y allí por donde pasaba el dragón le acompañaba la lluvia. Los guerreros en tierra detuvieron el combate, ya que sintieron terror al contemplar al gran Dragón Celestial; todos conocían las historias sobre su poder y sobre cómo había inundando el mundo derribado las Columnas del Cielo con su furia. Hasta los más valientes soldados sintieron miedo al ver a la bestia descender y hacer surgir el trueno y la lluvia de sus escamas.
Mientras cabalgaba el dragón, Yi sostenía un arco construido con madera de los Árboles de la Inmortalidad. Disparó nueva flechas, todas ellas elaboradas con jade blanco, maldiciendo con cada una a los Reyes Yama y a los Kuei-jin; todos los proyectiles llegaron hasta sus objetivos, acertando a cada uno de los soles del cielo. Cuando una flecha llegaba a su destino un sol estallaba y desaparecía, y a medida que los orbes se apagaban los Reyes Yama y los Kuei-jin sufrían una maldición.
Cada una de ellas tenía un efecto diferente, aunque el coste fue muy alto: parte del espíritu y el Chi del propio Yi. Kung Kung aterrizó cuando el noveno sol desapareció, dejando solo el original ardiendo en los cielos. Mientras las tormentas creadas por el dragón rugían por todo el continente, Yi desmontó y la bestia se alejó: nunca volvería a ser vista por ojos mortales.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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