Cuando salí de mi apartamento, dos invisibles me esperaban. El n°17 y uno de los que habíamos visto con él la noche pasada. Me hizo falta un colosal esfuerzo de voluntad, pero conseguí fingir que no había reparado en su presencia. Me siguieron hasta la comisaría de Policía. Incluso se montaron en el coche conmigo.
La segunda vista no parece percibir las sombras, así que era difícil mantenerlos a la vista. Al igual que los mortales, tienden a permanecer detrás de la persona a la que están siguiendo. No obstante, cuando descubrieron hacia dónde me dirigía, parecieron muy agitados. Casi estoy tentado de decir "divertidos". Uno de ellos hizo un gesto en dirección a mí y al instante mis manos se llenaron de sangre. Era temprano, pero no tanto como para que no hubiera nadie en las calles. Una mujer me vio, dirigiéndome hacia la comisaría, con los brazos empapados de sangre hasta los codos, y comenzó a gritar. Inmediatamente me escondí en un callejón lateral y los dos invisibles me siguieron.
Las palabras pueden fallarme ahora. Estaba furioso. Casi había perdido la cabeza. Aquellas criaturas invisibles me atormentaban, trataban deliberadamente de incriminarme delante de los policías. Arrojé a un lado mis ensangrentados guantes, levanté un cubo de basura y lo blandí contra (o, más bien, a través de) uno de mis torturadores. Se retorció y cayó, pero enseguida volvió a levantarse con una sonrisa en el rostro y avanzó un paso a través del cubo de basura. Torpemente, volví a atacarlo con mi improvisada arma, sin causarle ningún daño. El otro invisible parecía asustado pero el primero (supongo que es el n°18) se burló de mí. Sus bocas se movían pero los dos se encontraban por completo en silencio, aunque al parecer podían oírse entre sí. Cuando se dio cuenta de que no podía oír sus palabras, recurrió a los gestos más vulgares e infantiles. Lívido, gritaba y amenazaba con los puños a aquellas dos criaturas cuando aparecieron en la boca del callejón dos agentes de Policía.
Reconocí su actitud. El típico "tómatelo con calma" que adoptan los agentes de la autoridad cuando se enfrentan a un loco. De hecho, yo mismo la había utilizado alguna vez cuando trabajaba en el hospital. Con un tremendo esfuerzo, conseguí calmarme. Les pregunté cuál era el problema.
— ¿Problema? Parece ser usted el que tiene un problema, amigo.
Respiré profundamente.
— ¿Estoy arrestado?
Intercambiaron una mirada.
—No lo sé. ¿Está más tranquilo?
A pesar de las muecas y de los silenciosos insultos de los espíritus, traté de mantener la compostura.
— Creo que sí.
— Bien. ¿Y cuál es el problema?
Volví a respirar profundamente mientras elaboraba una gran mentira.
—Acabo de enterarme de que mi amigo Jared Shoemaker ha sido arrestado por posesión de drogas. Pensé que seria buena idea venir a verlo y charlar un poco, pero cuanto más me acercaba a la comisaría, más me enfadaba con él, hasta
que... creo que me he cogido un buen cabreo —silencio para que se lo tragaran.
—Un cabreo, ¿eh? —podía notar su mirada sobre mis guantes y mangas. La sangre fantasmal había desaparecido—. Debería tener cuidado con ese temperamento.
Me limité a asentir, con la cabeza agachada.
—Mire, será mejor que se vaya a casa y descanse un poco, ¿de acuerdo?
—Bueno. La verdad es que tengo verdaderas ganas de ver a mi amigo... —el poli entornó los ojos e inmediatamente rectifiqué—. Pero es posible que tenga razón. Sí, tiene razón. Será mejor que vuelva cuando esté un poco menos tenso —me agaché para recoger mis guantes—. Les pido disculpas.
—No se preocupe, pero intente que no se repita.
Durante toda la conversación, el n°18 se encontraba frente a mi, burlándose de la situación. Cuando me monté en el coche, trató de seguirme, pero no pudo hacerlo porque el vehículo pasó a través de él. Dejé un mensaje urgente a Scott y entonces me dispuse a llamar a Jared. Me llevó dos horas conseguir hablar con él. La conversación fue breve pero reveladora.
—Doc, creo que había algo conmigo en el coche, aquella noche.
Contuve una réplica sarcástica y le pedí que se explicara.
—Mira, cuando los polis me detuvieron, sólo por un segundo... olí algo terrible, un hedor como a mierda, Doc, y entonces creo que vi un brazo, alargándose desde el asiento trasero y colocando allí esa jodida bolsa. Había estado ahí, justo detrás de mí, todo el tiempo. Los polis me trincaron enseguida. No tuve tiempo de esconder la bolsa. No pude ver nada en el asiento trasero, pero había algo oscuro allí, algo... demasiado oscuro. ¿Sabes a lo que me refiero?
— ¿De qué hablas, Jared?
— ¡Hablo de que me jodieron! Alguien, algo, me siguió y me tendió una trampa —respiró profunda y agitadamente antes de continuar—. Y eso no es todo. Me ocurrió algo cuando estaba en la celda. No estoy seguro de el qué, pero algo ocurrió.
— ¿De qué estás hablando?
— La pasada noche me sacaron de la celda. Lo sé porque me lo dijeron los compañeros del bloque. Pero yo no lo recuerdo. Estuve fuera un par de putas horas.
—¿No recuerdas nada?
Se mantuvo en silencio un instante y luego dijo:
— Recuerdo los ojos. Dos ojos taladrándome. Ojos grandes y... dorados.
Ninguno de los dos dijo una palabra durante un momento.
Al fin, él rompió el silencio:
— No creo que pueda seguir aquí, Doc.
— ¿Qué quieres decir, Jared?
— Quiero decir que tengo que salir.
Mi corazón comenzó a palpitar.
—Jared, seguro que tu abogado puede lograr que desestimen esta acusación amañada.
—¿Puedo contar contigo, Doc?
Le dije que podía.
(Más tarde)
Los gritos me despertaron. Era el n°17, que de alguna manera estaba produciendo sonidos penetrantes y agudos venidos de ninguna parte. Su boca no se movía. Cuando abrí los ojos, se encontraba enfrente de mí, en actitud amenazante. Creo que chillé involuntariamente. Traté de golpearlo, pero con una cabriola se puso fuera de mi alcance, mientras me sonreía y me hacía gestos burlones.
Entonces... esta parte es confusa, puede que no sea más que un sueño... pero volví a escuchar la voz, como aquella primera vez, meses atrás. En esta ocasión sus palabras fueron: "CAPTÚRALO CON TU MIRADA". Parecía que fuera yo el que estuviera pensando, pero no era mi pensamiento. En aquel momento, desorientado y todavía adormilado como estaba, me pareció perfectamente plausible que pudiera apresar a una criatura con una simple mirada. Y funcionó. Reconozco que experimenté un sentimiento de revancha y venganza cuando advertí su malestar al descubrir que no podía escapar de mi presencia. Telefoneé a Scott. Nuestra conversación, tal y como la recuerdo, fue algo semejante a esto:
— ¿Quién..? Joder, Doc, ¿sabes la hora que es?
—He capturado a un invisible. Por Favor, ven cuanto antes a ayudarme.
Sabía... de algún modo... que si apartaba los ojos de ella, la criatura podría huir. Por tanto, le dije a Scott que entrara por la ventana de mi dormitorio.
Mientras esperaba su llegada, realicé algunos experimentos improvisados con el n°17. Pasé una vela a través de él, sin causar ningún efecto aparente. Luego sostuve una vela encendida en su interior, sin conseguir otra cosa que aumentar su cólera y su miedo. Aunque estaba preso, trató de utilizar sus trucos: comenzó a manar sangre de las paredes; arañas y serpientes brotaron de las esquinas y recorrieron el piso de la habitación, dejando tras de sí diminutos rastros; las sombras se agitaron y adoptaron formas amenazantes... pero esta vez no dejé que me distrajeran. Ahora sabía que desaparecerían en cuanto la criatura se hubiese marchado.
Sonó el timbre de la puerta. Lo ignoré, confiando en que Scott recordara mis instrucciones. Volvió a sonar repetidamente y entonces escuché otro sonido: unos golpecitos en el alfeizar de la ventana. Sin apartar la mirada del n°17, conseguí abrirla a trancas y barrancas.
—Jesús —exclamó Scott.
—¿Ves ahora cuál es el problema?
—¿Qué coño es todo eso?
— Una ilusión, nada más. ¿Puedes ver al invisible?
—Sí. Échate atrás, Doc —Scott introdujo las manos a través de la ventana y gesticuló. Una vez más, pareció emanar de su cuerpo la turbia niebla que yo ya había visto antes y se deslizó hacia la criatura. Mis ojos no se apartaban de ella, así que pude comprobar el efecto con todo detalle. La "carne" translúcida de su cuerpo parecía evaporarse en contacto con el gas, dejando al descubierto los huesos y vísceras etéreos. La criatura cayó de rodillas, suplicante. Me disponía a arrancarle la promesa de no volver a molestarme cuando Scott, dejando escapar un improperio, volvió a golpearla con la niebla. Los efectos sobre la criatura fueron los mismos que antes, pero menos dramáticos. Scott se desplomó. Eso rompió mi concentración.
Volví la mirada hacia él y pude ver que había caído al suelo. El n°17 se precipitó hacia la ventana y la atravesó sin abrirla. Desde entonces no he vuelto a verlo. Pero en aquel momento me preocupaba más el estado de mi compañero "exaltado". Salí de la habitación. Scott estaba húmedo y pálido. Sus pupilas parecían dilatadas y su pulso era irregular. Con gran esfuerzo, conseguí levantarlo, bajé las escaleras y me dirigí hacia la puerta principal. Entonces recordé que no llevaba la llave encima. Lo estaba depositando cuidadosamente entre los arbustos cuando una figura oscura dobló la esquina del edificio y me vio.
—¿Qué coño...? —su tono era gutural y revelaba poca instrucción.
Por un momento me quedé mudo, al igual que el recién llegado. Cuando recuperamos el habla, lo hicimos al mismo tiempo. Yo le pregunté qué estaba haciendo en mi propiedad mientras él me preguntaba si yo era el Dr. Van Wyk. De nuevo se hizo el silencio y de nuevo volvimos a hablar al mismo tiempo. Le dije que no era de su incumbencia y él me dijo que Jared lo había enviado.
Eso resultó un alivio.
— Si eres amigo de Jared, quédate con este hombre. Tengo que abrir la puerta principal.
Volví a subir hasta la ventana y, tras ponerme la bata y guardarme la pistola en el bolsillo, me dirigí hacia la puerta. Después de todo, la única garantía de que aquel extraño era de verdad amigo de Jared era su palabra. Aunque debo decir que parecían pertenecer a una misma categoría de personas.
Cuando abrí la puerta, me lo encontré allí, de pie, cargando con Scott sobre su hombro como si fuese un saco de patatas. Le hice entrar a toda prisa y luego eché un vistazo al exterior para ver si algún vecino nos había visto. Le pedí que llevara a Scott escaleras abajo, hasta mi clínica. El lugar pareció ponerle un poco nervioso. Me preguntó a qué me dedicaba y le ofrecí la típica explicación de que era un médico especialista.
El examen superficial de Scott no reveló enfermedad alguna que yo pudiera identificar. Los latidos de su corazón eran lentos y débiles, la presión de la sangre era baja y estaba frío. Parecía haber sufrido alguna especie de conmoción, así que acomodé sus pies en los estribos de mi silla de exámenes, bajé su cabeza y lo cubrí con una manta. Mientras estaba preparando una inyección estimulante, el amigo de Jared comenzó a inquietarse.
— Eh... ¿doctor? Tengo un mensaje de Jared. Es un asunto importante.
— ¿Ah, sí? Oigámoslo.
—Bueno... eh... parece que se va a pirar de la cárcel a las cinco de la mañana.
Estuve a punto de soltar la jeringuilla.
—¿Qué? ¿Y cómo piensa hacerlo exactamente?
—Dice que va a usar sus... eh... poderes —el hombre movía los pies—. Dijo que usted y él tienen esa mierda de los poderes. Que son algo así como... santos.
—¿Santos?
—Que hacen milagros y detienen a los demonios y todas esas cosas.
Como ya he dicho antes, saltaba a la vista su falta de educación, pero incluso su tosca mente era lo suficientemente sofisticada como para sentirse avergonzada ante una explicación como aquélla.
— Jared me enseñó algunas de las cosas que podía hacer. Y salió en la tele.
—Bien. Es cierto que tanto Jared como yo (así como este hombre) poseemos algunas habilidades inusuales. Pero no por eso me considero un santo —mientras decía esto, puse la inyección a Scott.
— Va a ayudarle, ¿verdad, Doc?
— No lo sé. Su plan no tiene sentido. ¿Realmente cree que puede hacerlo?
— ¡No tiene opción, Doc! Dijo que conseguiría que lo metieran con los enfermos esta noche, para que la cosa jefe no pudiera pillarlo y que se largaría poco después del amanecer. Piensa que no podrán seguirlo durante el día... ¿Es cierto?
— Si cuentan con tanta influencia en la Policía como Jared cree, es muy probable que ni siquiera tengan que hacerlo directamente. ¡Ni siquiera está armado!
— ¡Tiene la espada de la fe y el poderoso brazo de la verdad! Me lo enseñó. Puede hacer esos milagros.
— Lo ayudaremos —intervino Scott. Sus ojos estaban enrojecidos y parecían cansados.
— ¡Scott! ¿Qué te pasó?
Esbozó una sonrisa tortuosa. —Cuando utilizo la niebla de muerte, yo mismo muero un poco.. Pensé que lo sabrías, Doc —volvió la mirada hacia el otro hombre—. ¿Quién es usted?
— Soy Jarvis... el hermano de Jared — sólo puedo suponer que utilizaba el término 'hermano" en un sentido estricto, no coloquial.
— Iremos en mi camión —dijo Scott—. La matrícula está sucia, así que nadie podrá reconocerla.
—Scott, no estás en condiciones de conducir.
— Yo conduciré —se ofreció Jarvis.
— Un momento —dije con tono severo—. Scott, ¿de verdad crees que Jared tiene alguna posibilidad de escapar? Podríamos estar colocándonos alrededor del cuello la misma soga que lo tiene apresado a él.
—No lo sé —dijo Scott—. Pero sí que sé esto: sabe dónde vivo, dónde vives tú y dónde viven mi mujer y mis hijos. Sé que si lo abandonamos seremos los próximos en ser despachados. He visto a los muertos vivientes amenazando a mi familia. Nada me importa más que detenerlos... nada.
Se incorporó trabajosamente..
— Vamos, Jarvis. No lo necesitamos.
— Idiota —murmuré—. Sólo dame un minuto para coger mis cosas.
Nos esperaba un viaje de media hora hasta la comisaría. Para mí resultó un poco surrealista, probablemente a causa de la auto medicación a que últimamente me he sometido (la privación de sueño sólo tiene una cura, pero todos los estudiantes de medicina conocen algunos medios para combatirla en parte). La decoración de Halloween que adornaba cada calle atemperaba en parte mi miedo. Me encontré de pronto recordando el prematuro nacimiento del niño de Rebeca, que se esperaba para navidades. O los primeros días que pasé en el internado, intercambiando con otros chicos recetas para combatir la resaca de después de las fiestas. O mi trabajo en el depósito de cadáveres de Nueva York. Verdaderamente ésta es una extraña época del año, en la que glorificamos la paz emborrachándonos y jugando a asesinarnos unos a otros. Hace dos años que no hablo con Rebeca. Dentro de pocos días mi nieta cumplirá seis. No tengo ni idea de la clase de regalo o tarjeta de felicitación que puede ser apropiado para una niña de seis años. Parece que me haya pasado toda la vida persiguiendo a los muertos vivientes, pero sólo hoy me doy cuenta de lo mucho que esta obsesión le ha arrebatado a mi vida.
No sé por qué de pronto me siento tan introspectivo. Puede que sea a causa de la sucesión de acontecimientos extraños: el n°17, el desmayo de Scott, , el intento de fuga de Jared... Es como si el impacto de todo ellos sobre mi cerebro hubiera provocado la formación de nuevas y extrañas conexiones sinópticas, enlazando mis percepciones del momento presente con deseos y recuerdos que yacían enterrados profundamente.
Estoy muy cansado. Debo acordarme de preparar otra receta de estimulantes mañana mismo. Tengo la impresión de estar a punto de desmayarme.
Sea como sea, debo dejar constancia de lo que ocurrió. Ponerlo por escrito mientras todavía esta fresco en mi mente. Mañana todo parecerá un sueño. De hecho, ya lo parece hoy.
Llegamos a la comisaría hacia las 4:50. Hubo algunas discusiones. Jared... Jarvis, quiero decir... quería conducir. Scott y yo nos situamos en la parte trasera del vehículo, preparados para ayudar a Jared en el momento en que nos viera. Scott tenía una cortadora de alambres para ocuparse de las esposas de Jared si era necesario. Yo había traído vendas y una manta.
Escuchamos los disparos antes de verlo. Jared dobló la esquina a la carrera. Se movía con dificultad, tambaleándose. La cuchilla estaba en su mano. De su pierna izquierda manaba sangre. Abrí la compuerta trasera del camión y le grité, un segundo antes de que dos cosas aparecieran tras él. Era difícil ver en la difusa luz del alba. Creo que eran dos pútridos, del tipo que están rodeados por la neblina negra. Disparé y acerté a uno de ellos, pero eso sólo sirvió para frenarlo ligeramente. El segundo se abalanzó sobre Jared y lo golpeó con las manos desnudas. Le desgarró la espalda. Jared trastabilló y estuvo a punto de caer de bruces. Entonces aparecieron en la esquina dos policías, arma en mano. Contemplados con la segunda vista, ambos revelaban manchas oscuras que parecían corresponder a sus respectivos sistemas circulatorios.
Scott soltó un improperio con voz ronca y volvió a derramar la niebla venenosa de su cuerpo. Se enroscó ondulante alrededor del pútrido más cercano. Su carne comenzó a disolverse a ojos vista. Jared dio un salto tremendo y cayó sobre la parte trasera del camión. Entonces, el segundo pútrido estuvo sobre nosotros. Con un aullido, saltó sobre el parachoques y se agarró a la puerta trasera.
Los polis abrieron fuego. Scott trataba de ayudar a Jared a entrar mientras gritaba a Jarvis que arrancara. El pútrido que había saltado sobre el camión comenzó a arrastrarse hacia el interior. Lo miré y grité "¡Quieto!". Vaciló un instante y entonces irrumpió en el interior de la cabina. Sus manos eran espeluznantes garras. Las hundió en mi rostro. Sentí que desgarraban mis mejillas; por un instante, probé su sabor a cementerio. Entonces Jared lo golpeó con su cuchilla y Scott lo imitó con un soplete.
Las llamas provocaron que se pudiera frenético. No me atrevía a utilizar la pistola en medio de un cuerpo a cuerpo tan caótico, así que agarré un taladro. La criatura continuaba lanzando golpes salvajes a Scott y Jared, pero poco a poco, ambos estaban consiguiendo arrinconarla. Mientras Jared la
sujetaba por la hebilla del cinturón y hundía la cuchilla en su estómago, Scott la aferraba por un hombro, acercaba la llama
del soplete a su cabeza y yo me arrojaba sobre sus piernas y atravesaba con el taladro su muslo.
Cuando la cosa hubo terminado, el interior del camión estaba cubierto por la sangre de todos nosotros pero, mientras lo observábamos, el cuerpo del pútrido se convirtió en polvo. Me volví a mirar a mis compañeros.
La garganta de Scott mostraba la herida de un gigantesco mordisco, de la que manaba sangre. Tanta sangre, que los profundos cortes de su pecho apenas estaban sangrando. Traté de detener la hemorragia aplicando presión directa, pero apenas conseguí nada. Al cabo de un minuto había muerto. Creo que intentaba decirnos algo, pero nunca sabré lo que era.
Jared había sufrido varios desgarros en la espalda y un disparo en la pierna y sus dos muñecas sangraban. Tenía un brazalete de esposas en cada una de ellas, pero la cadena que los unía estaba rota. Sin duda, se había herido las muñecas al romper la cadena. La herida de la pierna era mala; la bala había roto el fémur. De algún modo había conseguido correr a pesar de ello, pero a resultas como consecuencia del esfuerzo la fractura se había agravado. Comencé a preparar un torniquete cuando advertí la presencia de las luces destellantes detrás de nosotros y escuché el ruido de las sirenas.
—¿Va a vivir? —preguntó Jarvis sobre su hombro. La grisácea mañana comenzaba a levantarse a nuestro alrededor.
— No lo sé... necesita un hospital.
— No voy a ningún hospital —gimió Jared. Me sobresalté. Había supuesto que estaba en coma—. Doc, tenemos que... volver a la comisaría.
—¿Estás loco? Tu estado es crítico.
— Usted tiene la clínica, ¿no es así? Puede arreglarme, ¿verdad?
—Doc, si va a un hospital, acabaremos todos en la trena —aseguró Jarvis. Soltando un improperio, dio un brusco giro al volante, atravesó una cancela de madera y se internó en un parque. Creo que fue entonces cuando los polis nos perdieron.
— Doc, he conseguido su rastro... ¡el jefe!. Puedo encontrarlo. Usted sólo tiene que curarme —tenía los ojos muy abiertos, suplicantes—. ¡Tiene que salvarme!
—¡No soy un jodido hombre santo! ¡No hago milagros!
Su cara estaba pegajosa por la sangre y el sudor la hacía brillar. Sus torcidos y blancos dientes resplandecían en una sonrisa o una mueca.
— Sí que lo es, Doc. Todos lo somos.
Aquellas fueron las últimas palabras de Jared Shoemaker.
Tengo la costumbre de no maldecir. Lo considero una muestra de mal gusto. Pero en aquel momento, mientras apoyaba el cuerpo de Scott contra el asiento delantero, no paré de hacerlo.
Jarvis estaba histérico. Le dije que se detuviera en lo alto de una colina y bajara del camión. Tuve que gritarle que Jared estaba muerto, pero que nosotros todavía podíamos salvarnos. Mientras le hablaba, vacié el depósito de gasolina de la sierra mecánica de Scott sobre el compartimiento trasero del camión.
Jarvis hizo lo que le pedía. Abandonamos el vehículo y lo dejamos caer colina abajo. Se estrelló contra un poste. Después del choque, tuve que prender la gasolina mientras Jarvis escapaba corriendo. Supongo que se encontrará perfectamente. No fue herido.
Atraído por el estrépito causado, un hombre salió de su casa. Se encontró con el cañón de mi pistola. Estaba de suerte. La autopista se encontraba muy cerca. Hice que me llevara en dirección oeste hasta que hubimos dejado atrás unas cuantas salidas y entonces le ordené que se bajara del coche y me diera su abrigo. Estaba en pijama. Espero que el pobre desgraciado no coja una neumonía. Lo apunté con mi arma y salió corriendo. Entonces volví al coche y me dirigí hacia el este. Elegí una de las salidas al azar, limpié el volante y me alejé caminando. Después de recorrer algunas manzanas, encontré una parada de autobús. Vendé las heridas de mi cara lo mejor que me fue posible y después me anudé la bufanda alrededor de ella. Para cuando comenzaron a aparecer en la parada las primeras personas, yo no parecía otra cosa que un anciano envuelto en su abrigo para protegerse del frío matutino. No creo que nadie se fijara en mí.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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