Un reporte especial por Denise Renke
12 de octubre de 1999
Durante meses, una iglesia muy reservada y sigilosa ha estado conduciendo sus ceremonias dominicales en el cineplex AEM 6. Al contrario que las iglesias tradicionales, que practican un evangelismo activo, los servicios de la Iglesia de la Fe Justificada sólo están abiertos a los miembros y la condición de miembro sólo se obtiene por estricta invitación,
A pesar de todos los rumores referentes a la Iglesia y de las investigaciones llevadas a cabo por la Policía, los administradores del AEM 6 siguen permitiendo que los parroquianos se encuentren en sus instalaciones los domingos por la mañana. Ramona Cisneros, directora del local, defendió apasionadamente a sus inquilinos:
"Señálenme una sola cosa mala que haya hecho la Iglesia" dijo Cisneros. "Por lo que yo sé, son huéspedes modélicos. No he recibido una sola queja, dejan el local muy limpio cuando se marchan y pagan escrupulosamente el alquiler. Es posible que no entiendan las ceremonias religiosas como usted o como yo, pero siempre he creído que América fue fundaba sobre la libertad religiosa".
El sheriff Jonas Frankle se mostró menos entusiasta con respecto a la Iglesia. "He oído rumores sobre ellos" dijo. "Rumores que hablan sobre un montón de discursos enloquecidos. Puede que estén preparando alguna acción igualmente loca. Aseguran que son cristianos, pero he oído un montón de cháchara sobre "enemigos", "demonios", "los corrompidos", a los que se debe perseguir y de los que hay que "ocuparse". Es cierto. No ha habido quejas... todavía. Pero conocemos a todos los que acuden a ese teatro los domingos por la mañana y pueden estar seguros de que estaremos vigilándolos muy de cerca si se les ocurre acercarse a una clínica de planificación familiar o algo semejante".
Aunque todavía no se han realizado acusaciones formales contra la Iglesia, dos de sus miembros han sido arrestados recientemente por violar las leyes sobre acoso. Ambos declinaron hacer declaraciones.
Es muy probable que puedan encontrarse criminales en cualquier congregación, pero cuando dos de los miembros de una diminuta comunidad son arrestados por el mismo delito en el plazo de tres meses, es inevitable que comiencen las habladurías. La Iglesia se ha mostrado siempre muy celosa de su privacidad. En ocasiones, agresivamente celosa.
Esta mañana. me convertí en el primer testigo de un encuentro de la Iglesia de la Fe Justificada.
No me fue fácil entrar. Había vigilantes tanto en las puertas exteriores del cine como en el exterior de las puertas de salida. Incluso los había en la puerta principal del complejo. No obstante, me introduje en el cine antes de que llegaran los fieles. Un antiguo empleado me había hablado sobre un acceso de servicio sobre el techo del cine y desde allí esperé al comienzo de la ceremonia.
La pasarela era bastante estrecha pero se encontraba sólo a un metro de altura (al parecer se utilizaba para las reparaciones del sistema de sonido del teatro), Tuve que arrastrarme por ella y a cada centímetro que avanzaba podía oír los crujidos de los soportes. La única luz era la que venía de abajo, a través de las grietas que recorrían el techo. Es decir, mi suelo. Parecía haber un montón de grietas, lo que no resulta reconfortante cuando te encuentras suspendida a una altura dé dos pisos.
Mirando a través de una de las grietas más grandes podía ver parte de uno de los pasillos y a algunos de los fieles. Al contrario de lo que ocurre normalmente en las ceremonias religiosas, la gran mayoría de los presentes se encontraba en la parte delantera de la sala. No había música o himno algunos. Tan solo se procedió a una breve lectura: Job 29 y 30. No pude ver al oficiante de la ceremonia, pero su voz era grave, profunda y parecía llena de fe incondicional.
Después de la lectura, el oficiante preguntó si alguno de los miembros deseaba dar un paso al frente y presentarse. Hubo dos voluntarios: un hombre y, una mujer. Dubitativos, avanzaron hasta la parte delantera del escenario. En comparación con la de su líder, sus voces resultaban insignificantes; casi temerosas. Dijeron que se llamaban Bobo Mary Anne.
"Nuestro hijo" dijo la mujer. 'Está herido... está mal. Se encuentra en el hospital y no despertará. Los médicos lo han examinado y han intentado todo cuanto estaba en su mano, pero dicen que todo lo que podemos hacer es esperar".
Se produjo un silencio incómodo y entonces el hombre añadió: "Fue atropellado por un coche".
"Yo puedo curar su cuerpo" se levantó una nueva voz. Una voz de mujer, alta, clara y penetrante pero al mismo tiempo llena de calidez y compasión.
"Es cierto" dijo el oficiante de nuevo. "Las lesiones del cuerpo no son nada para nosotros, que hemos escuchado la voz de los ángeles y a quienes se nos ha encomendado la misión de curar al espíritu del mundo. Podemos hacerlo... si tenéis fe. Cristo, Su Hijo, dio su cuerpo para salvarnos. ¿Estáis vosotros dispuestos a dar vuestras almas para salvar a vuestro hijo?".
La pareja no respondió. Se encontraban en la parte delantera, fuera de mi
campo de visión, pero lo que sí alcanzaba a ver era a los otros miembros de la Iglesia inclinándose hacia delante en sus asientos. Parecía como si estuvieran viendo una película.
"No lo dudéis. El milagro que buscáis puede seros concedido. Ninguna lesión está más allá del poder de la fe invisible. Pero no arrojaremos nuestras perlas a los cerdos. Tendréis que pagar por la salud de vuestro hijo y el precio será elevado".
Algo en la arrogancia y la absoluta convicción de su voz me hizo estremecer.
"¡Pero no temáis! Nuestro Señor está lleno de amor y misericordia. Puede que el camino sea duro, pero no es cruel. ¡El precio no es algo a lo que temer, sino a lo que abrazar! Os pido, sí, que entreguéis vuestra alma. ¡Pero no a un Dios colérico y justiciero sino a un Dios de salvación y pureza!"
Los fieles comenzaban a balancearse en sus asientos.
"¡No es esta la hora de la duda! ¡Satán se ha alzado para aniquilar la Tierra! ¡Sus bestias caminan por las calles disfrazadas de hombres mientras los ángeles arman a los justos para destruir al adversario! ¡Caen las atractivas máscaras de los secuaces del Diablo y las tumbas se abren para dar testimonio de la llegada del Día del Juicio Final!".
Repentinamente, el tono de su voz descendió, pero no por ello resultó menos audible.
"Podemos salvar a vuestro hijo, pero no lo haremos sólo para ver cómo se condena su alma. La guerra de Dios contra el Mal se aproxima a toda prisa y os pedimos que lo salvéis y os salvéis a vosotros uniéndoos al bando de la justicia. Decid que lo haréis, decid que sois los soldados de Cristo y la salvación será vuestra. Rechazad su nombre y el sufrimiento de vuestro hijo no será más que una sombra de los tormentos que padeceréis en la otra vida".
"¡Alguien nos está espiando!".
La tercera voz era desapasionada, fría y nasal. No había hablado muy alto, pero en cuanto se hubo alzado el líder y toda su congregación se sumieron en el silencio. Desde mi escondite pude ver a un hombre vestido con un mono y con gafas de sol, caminando lentamente por el pasillo. Se detuvo directamente debajo de mí y alzó la mirada. Yo lo observaba: desde una grieta de apenas un centímetro de ancho y a pesar de ello tuve la impresión de que me miraba directamente a los ojos.
"¿Es uno de ellos? ¿Un engendro demoníaco?". Uno de los fieles se había puesto en pie y había sacado un arma de su abrigo. Aquella era una de las pocas cosas que me hubiese podido obligar a apartar los ojos del hombre que se encontraba debajo de mí. Estaba aterrorizada. Demasiado aterrorizada hasta para moverme.
"No. Es humano" cuando volvió a escucharse la fría voz de aquel hombre, respiré profundamente. No me había dado cuenta de que estaba conteniando la respiración. De algún modo, sentí que acababa de ser juzgada.
"¡Aparta esa arma, idiota!" se escuchó una voz, de mujer.
"Sea quien sea, lo queremos vivo" esta era de nuevo la voz del primer orador. Como respuesta a sus palabras, toda la congregación se puso en pie y se dirigió hacia los pasillos laterales. A toda prisa, volví por él mismo camino por el que había entrado. Mientras escapaba, me hice algunas magulladuras contra la pasarela de metal. Era a mí a quien querían con vida y yo también quería permanecer en aquella condición. Las siguientes palabras de su líder fueron las últimas que escuché en boca de cualquier miembro de la Iglesia de la Fe Justificada.
"Bob, Mary Anne. Se os ha concedido la oportunidad de probaros a vosotros mismos".
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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