Cazadores Cazados (Relato)

El hombre que esperaba y montaba guardia era fornido. Tenía unos bíceps poderosos, y los antebrazos surcados de venas. El resto del cuerpo era algo más fofo. Presentaba una pequeña barriga y se apreciaba una papada incipiente bajo su cara redonda.

Tenía los ojos castaños, grandes, tristes, y una mochila a los pies. Dentro había una pistola Beretta de 9 mm.

Sufría de ardor de estómago y lamentaba no haberse traído unos cuantos antiácidos. En parte era culpa de los nervios. Estaba a punto de ponerse violento, algo que no le hacía mucha gracia. En parte eran las dos tazas de café con las que había paliado la larga espera, sentado, aguardando al doctor Carleton Van Wyk.

Hacía un buen rato que esperaba y sentía la tentación de ir a comprar un periódico, pero había aprendido por las malas que uno no podía distraerse estando de vigilancia. Un poli de Chicago le había dicho una vez que montar guardia durante mucho tiempo podía conducir a una especie de trance... sin pensar en nada, pero perfectamente alerta.

El hombre que esperaba nunca había desarrollado esa habilidad. Tamborileó con los dedos, dio golpecitos impacientes con el pie, redujo a trozos una servilleta e hizo bolitas con los pedazos. Movió un poco los labios mientras ensayaba lo que pensaba decir. Se preguntó cómo respondería el médico.

En ese momento vio a Van Wyk doblando una esquina, con una bolsa de comestibles en las manos. También el doctor vio al hombre fornido, casi al mismo tiempo. El hombre que esperaba se puso de pie de un salto, cogió su mochila y se dirigió con decisión hacia el médico antes de que Van Wyk tuviera ocasión de entrar en su edificio de apartamentos.

Van Wyk no intentó escabullirse. Se detuvo en la puerta, con una expresión neutra y ligeramente curiosa en el rostro.

—¿Oaken? —preguntó Van Wyk.

—¿Se está usted tirando a mi esposa?

Van Wyk parpadeó, con la boca abierta, antes de que todo su cuerpo se estremeciera presa de carcajadas de sorpresa.

• • •

June Inoue no tenía ni idea de que la estuvieran siguiendo. Su perseguidor no llamaba la atención en medio de la multitud. June estaba alerta, pero no paranoica. La mujer que la seguía no se comportaba de modo extraño. Se limitaba a caminar por la misma calle al mismo tiempo.

Su edificio disponía de una robusta puerta de entrada con cerradura automática. La única forma de abrirla consistía en utilizar una llave o en recibir permiso de alguno de los residentes. June tenía una llave. La mujer que andaba tras sus pasos, no. Pero entró de todas formas.

Al igual que el edificio, el apartamento de June disponía de una resistente cerradura en la puerta. A decir verdad, había dos: una en el pomo y un cerrojo. June no se dio cuenta de que el cerrojo no encajó en su sitio.

Solía echar el cerrojo antes de acostarse, pero eran solo las seis de la tarde. Todavía había luz en la calle. Estaba cansada y tenía que ir al cuarto de baño, así que no se tomó la molestia.

La otra mujer entró con confianza. No miró alrededor, aunque era la primera vez que ponía un pie en el apartamento. Al oír a June en el aseo, se dirigió deprisa y sin hacer ruido a la cocina, abrió un cajón y sacó un cuchillo.

La sonrisa de su cara era grotesca, pero no había nadie allí para verla. Se agazapó junto a la alacena.

Cuando June entró en la sala de estar, pasó justo por delante de la cocina. Al principio ni siquiera reparó en la presencia de la mujer; estaba concentrada en el mando a distancia del televisor que estaba encima de la mesilla de café.

La intrusa dio un salto e interceptó a June, aprisionándola contra la pared del vestíbulo. June solo tuvo tiempo de soltar un chillido antes de que el cuchillo se clavara en la base de su mentón.

• • •

—Vive con ella. ¿De verdad espera que me crea que no hay nada entre los dos? —La voz de Oaken estaba cargada de suspicacia, pero su expresión delataba inseguridad.

El doctor exhaló un suspiro.

—Le aseguro que solo compartimos la habitación. Yo duermo en el futón. No hay nada sexual entre nosotros, y creo... que es bastante improbable que llegue a haberlo. —Se encogió de hombros.

—¿Es usted...? Ah, qué más da.

—¿Que si soy gay? No, pero... la idea de copular con Leaf no es sostenible. Sería como si me acostara con mi hermana.

—Su hermana, ¿eh?

Van Wyk se miró las manos.

—Oaken, no quiero que sus celos infundados le hagan daño, ni a mí ni a su esposa. Es una tontería.

—Conque "una tontería", ya. Primero me entero de que hay un tío que se ha mudado a vivir con mi esposa, que pasa toda la noche en su casa. Luego lo veo trayendo la compra. ¿Qué quiere que piense?

El doctor asintió, sin mirar a Oaken a los ojos. Abrió la boca, la cerró. Volvió a abrirla.

—Oaken, su esposa y yo estamos implicados en una misión de vital importancia para la humanidad. Lo que descubramos no solo podría protegernos personalmente, sino que ayudaría a explicar cuál es el lugar de la humanidad en el mundo. Eso sí que es imperdonable. —Se inclinó hacia delante—. Comparado con eso, nada de lo que yo pueda querer, o sentir, o incluso necesitar tiene ningún sentido. ¿Para qué iba a poner en peligro nuestra misión con... meros impulsos animales?

Oaken frunció el ceño. Van Wyk se daba cuenta de que seguía sin convencerse.

—No es solo eso. Leaf... lo comprende. Al contrario que las demás personas con las que he trabajado, ella lo comprende. Comprende mi misión. Me comprende a mí. Y en el fondo, ese es el motivo por el que evito complicar nuestra relación con... devaneos físicos.

—No sé muy bien si lo sigo.

—Vale, eh... suponga que de repente estuviese usted en África. A su alrededor no hay nadie que se le parezca. Nadie entiende su cultura. Entonces, un buen día, se encuentra con un compatriota americano. Puede conversar con usted, y explicarle cosas, y comprender lo que usted quiere decir. ¿Intentaría usted seducir a su esposa?

—Claro que no.

—Claro que no. Porque la amistad es más importante que cualquier escarceo sexual. Porque es su única amistad. No la pondría en peligro por nada del mundo. —Van Wyk se inclinó hacia delante—. ¿Entiende ahora por qué no ha habido nada entre nosotros?

—Vale... le creo. Creo que usted no... ¿pero y si ella...?

Van Wyk soltó una risita desprovista de humor.

—Ni hablar —dijo, terminantemente—. Leaf es... distante. Se ha volcado en la misión. Tal vez demasiado. —Frunció el ceño—. Sinceramente, desearía que usted volviera con ella. Su disociación de su antigua vida y su preocupación por la nueva, aunque sea razonable dada la importancia de nuestra labor, a veces parece... insalubre. No soy ningún experto, pero... —Se encogió de hombros, confuso; una expresión que Oaken nunca antes había visto en el semblante del médico.

—¿Qué intenta decirme? ¿Cree que se está volviendo loca?

—Creo que sufre una enorme tensión. Yo... en fin, yo aporto varios talentos a nuestra misión, pero la calidez emocional no es uno de ellos. Me parece que tiene necesidades que yo no puedo satisfacer. —Se tapó la boca con la mano para toser—. ¿Estaría dispuesto a volver con ella?

Le tocó el turno a Oaken de reírse amargamente.

—Doc, no fui yo el que rellenó los papeles del divorcio. Me echó a patadas. —Se mordió el labio—. ¿No cree que podría... ya sabe, hablar con ella? ¿Convencerla para que me diera otra oportunidad?

Antes de que Van Wyk pudiera responder, una mano se posó en su hombro; sin dureza, pero firmemente.

—¿Doctor Carleton Van Wyk?

Los dos hombres se giraron para encontrarse con una mujer de pelo rubio, bajita y fornida, de pie detrás del médico. Sostenía en alto un documento de identidad.

—Soy la agente Douglas, del FBI. Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas.

• • •

Miranda Douglas llevaba quince años dentro del FBI y hacía tres que trabajaba para la División de Asuntos Especiales. Había conocido su ración de tipos fríos, pero Carleton Van Wyk debía de ser el más gélido que se hubiera echado a la cara: siempre educado, sereno, tranquilo en todo momento. Casi pareció disculparse por tener que llamar a su abogado para luego, en un tono perfectamente civilizado, poner obstáculos a todas las preguntas relevantes que le fueron formuladas.

—Lo sabe —musitó Miranda para sí, viendo cómo se alejaba Van Wyk—. Sabe algo.

—¿Hablando sola?

Douglas se giró, sorprendida.

—¿Woody? ¿Qué te trae por aquí?

—Asesinato ritual en la Orilla Norte. —Woody Miller tenía sesenta años y llevaba tanto tiempo en la DAE como cualquier otro agente de campo que conociera Douglas—. Tiene mala pinta. El vecino de abajo llamó a la poli cuando la sangre traspasó el techo. No te habrán asignado aquí como compañera para mí, ¿verdad?

—No, he venido por un posible desangramiento en Ohio. La víctima se llamaba Duane Kinniard. Estaba casi segura de que el tipo que acaba de irse era el que buscaba.

—¿Y ya no estás tan segura?

—Bueno, ya sabes... con los desangramientos enseguida se piensa en la V de victoria —dijo Miranda, mirando reflexivamente por encima del hombro—. Pero lo pillé a plena luz del día, así que ahora no sé qué pensar. —Ladeó la cabeza—. Oye, tú siempre andas investigando este tipo de cosas. ¿Te importa echarle un vistazo a unas cuantas fotos de los efectos personales de Kinniard?

• • •

—¿Qué tal está Phillip? —preguntó Oaken.

Guadalupe Droin se limitó a menear la cabeza.

—Todavía respira. Ya es algo, por lo menos. Los médicos dicen que tardará una temporada en volver a caminar.

Había venido a visitar a Oaken en su nuevo hogar. Era un apartamento de un solo dormitorio cerca del balneario en el que trabajaba, pero allí al menos podían hablar sin preocuparse de su suspicaz padre y su hermana metomentodo.

—Debería ir a verlo. A lo mejor puedo hacer algo. ¿Qué hay de George?

Lupe sacudió la cabeza.

—Searle no nos puede ni ver. Antes estaba bien, pero últimamente, cada vez que hablo con él... —Volvió a menear la cabeza—. No creo que podamos seguir confiando en él. No está hecho para esto.

—Recibió el Llamado, como nosotros. No puede ser completamente inútil. No quiero volver a pasar por esto. No todos los que salen elegidos pueden aceptarlo. Mucha gente se derrumba. ¡Ya has leído la lista!

—Vale... Bueno, entonces, ¿qué hay de ti?

—Yo estoy bien. Un poco magullada. Me han puesto ocho grapas en el brazo, pero van a quitármelas enseguida. No salí tan mal parada como Phil.

Oaken la examinó con ojo clínico, estiró el brazo y le tocó la espalda con suavidad.

—¡Hey! —gruñó Guadalupe.

—Duele, ¿verdad? Espera, túmbate.

—Estoy bien.

—Me gano la vida con esto. Me pagan sesenta pavos la hora por frotar la espalda a ricachones que quieren fardar en la cancha de tenis. Para mí está claro que estás trabada. ¿Quieres sentirte mejor o no?

—No sé...

—Mira, me ocupo de docenas de cuerpos a la semana. Soy un profesional, igual que un médico, o... un peluquero. Esto no es ninguna proposición.

A regañadientes, Lupe se dio la vuelta.

—¿Sesenta dólares la hora?

—Más propinas.

Le aplicó las manos a los hombros y comenzó a amasarlos.

—¡Jesús!

—Me parece que has estado acumulando tensión aquí arriba.

—¡Ay, Dios, qué daño!

—Relájate. Te sentirás mucho mejor cuando haya terminado.

Como era de esperar, así fue.

—Sesenta pavos la hora. No me extraña.

—Toma, bébete esto.

—¿Qué es?

—Es agua —dijo Oaken, exasperado—. Acabo de verter un montón de ácido láctico de tus músculos a tu flujo sanguíneo. Un par de vasos de agua ayudarán a diluirlo.

Lupe aceptó el vaso y bebió.

—Bueno. ¿Qué era eso que has visto hoy?

—Un jinete. Iba conduciendo y vi que estaba dirigiendo a esa mujer. Era uno de los invisibles, me parece. Pero en feo. Feo de cojones. Parecía sacado de Alien.

—¿Te quedaste con el nombre de la mujer?

—No. Lo seguí en el autobús a Wrigleyville, pero ¿cuando nos quedamos solas ella y yo en una lateral? Empezó a dar vueltas a la manzana. Como si pensara que la estaba acosando. Así que me di el piro.

—¿No te acercaste lo suficiente para echarle humo?

—Si lo hubiera hecho, te lo habría contado.

—Vale, vale... entonces ¿te parece que es algo serio?

—¿Has escuchado en la radio el nombre de esa tipa? ¿June no sé qué? La apuñalaron esta mañana. Bueno, pues fue cerca del lugar donde divisé al jinete. Y sobre la misma hora.

Oaken digirió la información en silencio un momento.

—¿Crees que podremos ocuparnos de él los dos solos?

—No lo sé. Phil y yo pensábamos que podríamos ocuparnos del último. —Se giró—. ¿Por qué? ¿Sabes de alguien?

—A lo mejor.

Lupe abrió los ojos de par en par al caer en la cuenta.

—Oh, no. No estarás refiriéndote a Leaf y a ese doctor chiflado, ¿no? Ya te he dicho...

—Leaf podría arreglarte el brazo... también podría ayudar a Phil, si supiera lo que le ha pasado.

—Si él se hubiera tragado sus chorradas.

—Oye, que no fue ella la que vino imponiendo condiciones la última vez.

—Esas "condiciones" nos salvaron la vida.

—Bueno, ¿qué hay del médico? Sabe un montón. Tal vez pueda ayudarnos. —Oaken se mostró escrupuloso por un momento—. Lo cierto es que... hoy he hablado con él.

—¡Qué! Jesús, ya te empiezas a parecer a un fantasma persiguiendo a tu antigua esposa.

—¡Hey! Eso no es... justo.

—Quítatela de la cabeza. Sobre todo si quieres volver a trabajar con ella.

Discutieron un rato más, pero no llegaron a ninguna conclusión.

Más tarde, cuando Lupe se hubo quedado sola y el brazo comenzó a dolerle de veras, lo reconsideró. Eran casi las ocho cuando descolgó el teléfono.

• • •

—¿El FBI? ¿Qué les has contado? —Leaf Pankowski tenía los ojos desorbitados por el miedo y el desconcierto.

—Nada, claro. Aun así, creo que nuestra asociación podría resultar peligrosa. Probablemente sea mejor que te vayas.

—No seas ridículo. Me daría más miedo que viniera uno de los afligidos mientras tú estás fuera. —Se mordisqueó el labio y, por costumbre, se acarició el cuello donde solía llevar un colgante de cuarzo—. No supondrás que esto estaba... planeado, ¿verdad?

—¿Quieres decir que crees que los afligidos nos han "tendido una emboscada", como se dice? No me sorprendería en absoluto.

—Eso pudiera ser, supongo, pero yo me refería... al Poder Viviente. —Sus ojos parecieron enfocarse en algún lugar en la distancia y su voz adoptó un tono reverente—. A lo mejor el FBI ha sido guiado hasta aquí para que podamos mostrarles la verdad.

Van Wyk frunció el ceño.

—Es una hipótesis, supongo.

—Crees que estoy chiflada, ¿no? Pero todos dicen que condujeron a esos dos monstruos hasta la lista de correo para que nos proporcionaran información valiosa. ¿Por qué no iban a poder proporcionarnos también nuevos aliados?

—Por ningún motivo, aparte de que no lo han hecho nunca antes. Pero por la misma regla de tres... —Suspiró y se sentó—. No lo sé, la verdad.

Ambos permanecieron callados un momento.

—¿Qué querían? —preguntó Leaf, al cabo.

—Cincinnati.

Eran casi las ocho cuando sonó el teléfono.

• • •

Woody puso las fotografías encima de la mesa.

—Esto de los apuntes de Kinniard no encaja para nada con lo que encontré en mi escena del asesinato. ¿Qué significa este círculo y los bloques? Son modernos, por lo que yo sé. Lo de la escena del crimen de Inoue era sumerio y griego ático. Tengo a unos tipos de la Universidad de Chicago trabajando en ello.

Douglas exhaló un suspiro.

—Ya, vale, que los dos casos encajaran a la perfección... supongo que era demasiado pedir. Gracias de todos modos.

—¡Para el carro! El que los garabatos de Kinniard no estén relacionados con mi caso no quiere decir que no nos sirvan de nada. He visto algo parecido una vez. —Se acercó a su aparatoso ordenador portátil y lo encendió.

—¿Lo tienes? —Douglas sintió que un escalofrío le recorría la columna. No era desagradable. Era emocionante.

—Me parece que sí. Tengo un archivo. No es gran cosa, pero parece que han empezado con el panfleto este de Georgia. Algún pirado que afirmaba que las "fuerzas del mal" manipulaban los medios de comunicación para mantener a la gente sedada... las chorradas paranoicas de costumbre. Pero luego aparecieron símbolos parecidos en un folleto antigubernamental que denunciaba el empleo de control mental por parte de la CIA. ¿Ves este que tiene Kinniard en el brazo? Una víctima de asesinato de Birmingham tenía lo mismo dibujado en el capó de su coche. ¿Y estos rombos con rizos en los extremos? En Florida he visto a niños sin hogar apilando cajas de forma parecida, rezando para protegerse de "María la Sanguinaria".

—¡Dios santo! Pero ¿qué son estos símbolos? ¿Qué significan?

Woody se encogió de hombros. Tecleó unas cuantas teclas más.

—Hey, dices que el tipo ese es médico, ¿no? Bueno, pues estos papeles no tenían ningún símbolo encima, pero los encontraron en el disco duro de Meyer Philbin. Pensaba que los había borrado, pero se le olvidó desfragmentar. —Woody chasqueó la lengua—. Bobo, bobo, bobo.

—Philbin... ¿De qué me suena ese nombre?

—Se cargó a una mujer en Green Bay. Unió a la policía de tres estados en una caza del hombre. Cuando por fin lo atraparon, tenía un símbolo dibujado en el pecho con rotulador. Decía que la mujer que había matado era la esclava de un vampiro y que también había asesinado a su marido.

—Me enteré de aquello. Se suponía que el esposo era el vampiro, ¿no?

—Exacto. —Woody miró de soslayo—. Qué casualidad: Los casos de anemia registrados en Green Bay han bajado un cinco por ciento desde entonces.

—Sí que es... casualidad —dijo Douglas, distraída. Estaba leyendo un documento que comenzaba—: "Descripción: Los pútridos parecen normales a simple vista. Son visibles y tangibles..."

—¿Eso lo escribió Philbin?

—Seguramente no. El vocabulario escapa a sus conocimientos. No tengo ni idea de dónde sale. Pero se parece un montón a aquel fragmento de Impresión que encontramos en un apartamento calcinado en Terre Haute...

• • •

La tensión entre Oaken y Leaf era palpable.

—Bueno. ¿Dónde está el médico? —dijo Lupe, al cabo.

—Me temo que no le es posible acudir —respondió Leaf, sin perder de vista a su... ex-marido, suponía Lupe.

—Qué pena.

—No parecías tan decepcionado cuando se fue de Chicago —comentó Leaf, con segundas.

—Oye, que yo recuerde, fuiste tú la que lo tachaba de fanático malvado y sexista en la lista.

—Ya me he disculpado —dijo Leaf, sin dar muestras de azoramiento—. El Poder Viviente me mostró la verdad acerca de él. Entre otros.

—Mira —dijo Oaken, resignado—. Puedes decir lo que quieras de mí, pero Phil necesita tu ayuda, ¿vale?

—No soy más que un vehículo del Poder. Ya lo sabes. Todos los necesitados pueden saciarse de él.

Lupe había matado vampiros y zombis e incluso a un hombre al que había admirado en su día, pero había algo en el tono de Leaf que le produjo escalofríos. La otra mujer le recordaba a los Hare Krishna del aeropuerto, tan pacientes y persistentes como perros detrás de un hueso.

Phil era un albañil de la zona sur. Arqueó una ceja cuando Leaf dijo que tenía que aplicar cristales a los "centros de energía" de su cuerpo. Pero cuando sintió la presión de sus labios y sus huesos astillados se enderezaron, cuando su piel suturada se cerró, cuando disminuyó la hinchazón y desapareció el dolor, se quedó con los ojos abiertos como platos.

—Eso... eso ha sido...

Leaf le dedicó una sonrisa amable y asintió. Oaken la agarró a tiempo de milagro cuando se desmayó.

• • •

Douglas encontró más satisfactorio su segundo interrogatorio. La máscara de hielo de Van Wyk la había desconcertado al principio, pero ya sabía de qué pie cojeaba. Cuanto más incómodo se sentía, más ampulosas eran sus palabras y más sereno se mostraba. La gente solía ponerse nerviosa cuando un detective daba en el clavo. Van Wyk se distanciaba.

—¿Le dice algo el número ciento diecinueve?

—No que yo sepa.

—¿Quiere decirme qué es un "pútrido"?

—Un gran número de infecciones fúngicas o bacterianas pueden describirse con este término. Suele manifestarse en forma de erupción en la epidermis.

—¿Qué hay de los "pútridos manchados de negro"?

—Creo que nunca había oído ese término.

—Ajá. ¿Le suena de algo este símbolo?

—En absoluto.

—¿Y este otro?

—Me temo que no.

—Bueno. —Se contuvo para no sonreír antes de sacar la artillería pesada—. ¿Y este?

El diseño ocupaba el borde de un cuenco de arcilla. Ella sabía, al igual que él, que la artífice del tazón era Leaf Pankowski.

—Me parece que es la taza de una de mis compañeras de piso. Si esos dibujos tienen algún significado especial, aparte de su función decorativa, es algo que ignoro.

Douglas tenía que andarse con cuidado. El abogado de Van Wyk estaba presente, y ninguna charla disparatada beneficiaría al cuerpo del FBI, que siempre miraba con recelo a los "chamanes" de la DAE.

—Creo que estos símbolos pertenecen a un grupo en concreto. Tal vez algo parecido a una banda. Tal vez a una secta. —Se inclinó hacia delante—. Ya sabe lo que hacen las bandas y las sectas, ¿no? Intentan ensanchar los límites de su territorio. Intentan reclutar seguidores. Muchas veces atacan a todo el que consideren un "enemigo".

—Me temo que desconozco esos detalles. Soy episcopaliano.

—Anda. —Se enderezó y se apartó—. Bueno, pues este grupo parece que está fisgando por todas partes. Al parecer, han descubierto información acerca de... crímenes... que pensábamos que solo conocía el FBI. —Se giró para mirarlo—. Sobre todo un miembro llamado "Doctor 119".

—¿Cree que esta persona es un doctor en medicina de verdad? Tengo entendido que ahora hay muchos músicos a los que les ha dado por adoptar el título de "doctor" como parte de su caracterización.

—Oh, creo que este tipo es doctor en medicina, sí. Como también creo que sus archivos podrían resultarnos de gran utilidad, si consiguiéramos un juego completo. Puede que nos resultaran lo bastante útiles como para comprar nuestra confianza... siempre y cuando no esté demasiado implicado.

—Quiere decir, ¿siempre y cuando esté dispuesto a... cómo es esa encantadora frase del entorno criminal? Ah, sí, ¿a "chivarse" de sus colegas?

—Facilitar pruebas al estado es un buen método para sacar el cuello de la soga. Incluso alguien que se cargara a un tornero y lo tirara luego a una mezcladora con cemento podría terminar en el programa de Protección de Testigos, siempre y cuando mentara unos cuantos nombres.

El rostro de Van Wyk estaba desprovisto de toda emoción. Su voz era monótona, se diría que inhumanamente monótona.

—Yo pensaba que los gángsteres y los sectarios tenían fama de leales. Me pregunto si este "doctor" estaría dispuesto a hacer algo así. Pero como no lo conozco, supongo que es una cuestión puramente teórica. ¿Puedo irme ya?

• • •

—Esto es cojonudo —dijo Phil, acariciando un enorme martillo como si fuera un chiquillo que tuviera entre manos su juguete favorito—. Primero piensan que voy a tener las piernas rotas durante meses. Rayos X, médicos... toda esa mierda. Me dan la baja laboral y tengo la excusa perfecta: "Estaba postrado en la cama cuando mataron a esa mujer, agente..."

Phil ocupaba el asiento trasero de un sedán BMW. Lupe conducía y Oaken estaba sentado junto a ella.

La mujer que había asesinado a June Inoue no tenía ni idea de que la estaban siguiendo, pero aunque denunciara al BMW, este era un "préstamo" del aparcamiento que regentaba el primo de Phil. La mujer se llamaba Kate Eden, y estaba llegando a su casa.

Lupe, Oaken y Phil tenían un plan infalible. Pretendían asaltarla en su residencia y, con suerte, acabar con ella. Lo habían hecho antes. Eran tres contra una, pero seguían mostrándose cautos, sin correr riesgos.

Diez minutos más tarde, Oaken y Lupe regresaban tambaleándose al BMW, patinando en la sangre que les empapaba las suelas de los zapatos. Phil seguía dentro del edificio con Kate Eden, muerto.

• • •

Oaken llamó a Leaf. Ella le colgó y rompió a llorar. Van Wyk quiso saber cuál era el problema y Leaf comenzó a despotricar acerca de los estúpidos prejuicios de "su antiguo marido", a gritar acerca de "la tergiversación voluntaria del Poder Viviente" y "el abuso de sus bendiciones". Van Wyk tardó quince minutos en tranquilizar a Leaf lo suficiente para que esta le explicara que Oaken, Lupe y alguien llamado Phil habían encontrado al asesino de June Inoue. Habían intentado destruirlo, pero era Phil el que había muerto.

Van Wyk le sirvió algo de beber y llamó a Oaken. Conversaron durante un rato. A continuación, Van Wyk habló con Leaf, con suavidad pero también con insistencia, durante una media hora.

Cuando todos se hubieron puesto de acuerdo, Van Wyk llamó a la agente Douglas.

• • •

Después de que su sospechoso la hubiera invitado a conocer la verdad acerca de sus actividades, Douglas estaba eufórica. Cuando insistió en que permaneciera al teléfono con él hasta que llegara para recogerla, se sentía pagada de sí misma. Se limitó a hablar con él por el teléfono del hotel mientras utilizaba la opción de mensajes de su móvil para instruir a Woody que la siguiera.

Cuando vio que todas las personas que acompañaban a Van Wyk llevaban puestas máscaras de esquí, Douglas no se sorprendió. Cuando Van Wyk divisó a Woody, Douglas se inquietó. Cuando el conductor —una mujer con acento latino— despistó a Woody y sus agentes de paisano, Douglas comenzó a ponerse nerviosa.

Después de que cambiaran de vehículo en dos ocasiones —borrando su rastro para siempre— sintió miedo.

Al mismo tiempo, le fascinaba la discusión que estaba desarrollándose a su alrededor.

Estas cuatro personas parecían haber encontrado al asesino de June Inoue en menos de dos días, mientras que las fuerzas unidas del FBI y el Departamento de Policía de Chicago no habían conseguido nada. Afirmaban que la culpable era una mujer llamada Kate Eden.

Según pudo entender Douglas, la conductora y el hombre fuertote estaban a favor de llevar a cabo una especie de linchamiento a lo vigilante, mientras que Van Wyk y la otra mujer se decantaban por una especie de tratamiento... ¿o sería un exorcismo?

—Sigo sin entender para qué hemos traído a la poli —dijo la conductora.

—Sospecho que la agente Douglas, a su manera, sabe algo sobre los afligidos —contestó Van Wyk; se giró hacia ella—. Mientras investigaba usted en Cincinnati, ¿habló con un hombre llamado Christoph?

—¿En el club? Claro que sí.

—¿De día?

—Estaba ocupado.

—¿Qué recuerda de la entrevista?

—Me acuerdo de todo con claridad —respondió Douglas, pero al mismo tiempo que hablaba sentía un incómodo picor en el cerebro. ¿Por qué no le apetecía pensar mucho en Christoph?

—Está ahí dentro —dijo la conductora, bruscamente. Se habían dirigido al norte y habían aparcado en una calle cerca del proyecto de viviendas de Cabrini-Green.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Douglas.

La conductora se limitó a menear la cabeza. Incluso con la máscara puesta, Douglas detectaba su condescendencia.

Cuando los cinco hubieron salido de la desvencijada camioneta blanca, Douglas pensó en intentar escapar, aunque sabía que no lo conseguiría. Sabía que sería lo más inteligente, pero tenía que ver más.

Además, Van Wyk ni siquiera la había desarmado. Parecía pensar sinceramente que ella había encontrado una especie de causa común con estos vigilantes.

Douglas no solo tenía una pistola, sino un móvil, un crucifijo y un montón de experiencia con patrañas religiosas. Estaba convencida de que estaba preparada para lo que la esperara dentro.

Se equivocaba.

• • •

La habitación era un matadero. Kate Eden había encontrado una nueva víctima y estaba sentada en medio de sus restos, pintando palabras extrañas en el suelo y las paredes.

Douglas fue la primera en reaccionar, desenfundando su arma. La robusta mujer del coche intentó golpear a Douglas en el brazo, pero llegó tarde para impedir que la agente apretara el gatillo.

No ocurrió nada.

Kate se puso de pie, con un cuchillo en una mano y una brocha en la otra. Lanzó el cuchillo, pero este voló... mal. Se movía como un pájaro, como si tuviera vida propia; cortó al hombretón y al médico. A continuación, Kate seleccionó con delicadeza un segundo cuchillo de los que había alineado pulcramente en el suelo.

La asesina se disponía a cargar cuando la conductora extendió la mano y gritó: "Atrás, zorra". La mujer del rostro ensangrentado voló hacia atrás... no retrocedió un paso, sino que fue como si la hubieran empujado, sus talones raspaban el suelo y dejaban sendos surcos en la sangre. Se estrelló contra la pared más alejada.

A continuación, la mujer robusta gritó "¡No!" cuando el hombretón del coche desenfundó un arma. Puede que el grito de la mujer le impidiera disparar. Puede que se tratara del mismo efecto inexplicable que había encasquillado la pistola de Douglas.

El cuchillo seguía atacando igual que un ave de presa, sin caer al suelo. Hirió a la conductora en la nuca. Mientras se caía, Kate se apartó de la pared. Pero el hombretón hizo ademán de empujarla y la mujer con el rostro cubierto de sangre volvió a quedarse inmovilizada. Douglas veía cómo sus músculos se tensaban contra... nada... como si aquella carnicera asesina fuese el mejor mimo del mundo.

—Doc... —boqueó el hombretón, con el rostro contorsionado.

—Quédate donde estás —dijo el médico, fulminando con la mirada a Kate Eden.

Douglas recuperó al fin el habla y anunció:

—¡Agente federal! ¡Queda usted arrestada!

—¡Nuestras almas se pudrirán! —chilló Eden, con voz extrañamente ronca, poniendo un énfasis especial en la última palabra.

La conductora empuñó un martillo y se encaminó hacia la mujer cubierta de sangre.

—¡Tira el martillo! —ordenó Douglas. Cuando vio que la conductora la ignoraba, intentó disparar... de nuevo, sin éxito.

El cuchillo volador hirió a Douglas en la muñeca; soltó el arma en medio de una ráfaga de sangre y dolor.

Cuando la conductora levantó su martillo, la mujer robusta volvió a gritar: "¡No!". Corrió hacia la asesina y se abrazó a ella. La conductora vaciló y profirió un taco en español.

La mujerona besó a la asesina. Kate gritó y se convulsionó. Se cayó al suelo, completamente inerte. Fue entonces cuando surgió algo de su cuerpo.

Douglas lo vio solo por un momento. Era negro, neblinoso, inhumano. Los instintos de Douglas le gritaban que era peligroso... maligno. Relucía, resplandecía y se estremecía como algo que estuviera a punto de explotar de rabia y odio. Gritó una vez... su voz ya no estaba constreñida por cuerdas vocales humanas. El sonido era una mancha blasfema que parecía distribuir la sangre y las vísceras del cuarto en dibujos obscenos. Douglas se acobardó igual que un conejo acorralado por una serpiente.

Acto seguido, el ser desapareció.

Se produjo un momento de silencio. La conductora aulló "¡Mierda!" en voz alta y enfadada. El hombre fornido se quedó mirando a la mujer robusta, que acariciaba el pelo a Kate Eden y le susurraba palabras amables. A continuación, la mujerona se puso de pie y se encaminó hacia Douglas, que seguía encogida en el suelo, aferrada a su inservible pistola.

—¿Ves? —preguntó. Se acuclilló y besó a la agente; el olor a sudor que empapaba su máscara de esquí era perceptible incluso pese al hedor a muerte. La herida de la muñeca de Douglas se cerró, como si el cuchillo nunca la hubiera tocado.

• • •

Varios minutos más tarde, Douglas, que seguía temblando de forma incontrolada, encontró las fuerzas necesarias para salir del edificio. Vomitó en el escaso y descuidado césped.

—¡Puta loca de los cojones! —exclamó la conductora, pero no se dirigía a Douglas, sino a la otra mujer—. ¡La muy zorra está ahí revolcándose en sangre igual que un cerdo en la mierda y tú te sigues conteniendo!

—¡Es libre! —respondió la otra mujer—. Ahora es libre, ¿no? ¡Si te hubieras salido con la tuya, estaría muerta!

—¡Estaría muerta, y esa cosa también! ¿Te parece que va a tardar mucho en encontrar otro cuerpo?

—No hay nada que demuestre que matar al huésped acabe con el parásito —dijo el doctor.

—¡La prueba es que no regresan!

—Calmaos todos —dijo el hombretón—. Hemos salvado a esa mujer. ¿Es que eso no cuenta?

Kate Eden estaba arrodillada en la hierba, no muy lejos de Douglas. Lloraba descontrolada y no dejaba de repetir: "No quería hacerlo" una y otra vez.

—¿Se encuentra usted bien? —Van Wyk se acuclilló junto a Douglas. Ella le hizo señas para que se apartara; seguía intentando asimilar lo que había presenciado.

—¡Como vuelvas a gafarnos te mato! ¡Tendrías que protegernos a nosotros, no a eso! —La conductora se había plantado delante de la otra mujer y estaba desgañitándose. El fortachón intentaba separarlas y sosegarlas.

—¡Tú sabes defenderte! ¡Ella no! —La mujerona señaló a Kate, que intentaba en vano limpiarse la sangre de las manos.

—Creo que lo mejor sería que la señorita Eden fuera recluida en algún tipo de centro psiquiátrico —dijo Van Wyk a Douglas. Viendo a la asesina, no podía oponerse.

—¿Qué le ha sucedido?

—Estaba siendo controlada por... un ser.

—¿Podría regresar... ese ser?

—Sí, pero si un huésped en particular se encuentra encarcelado, no es probable que regrese a él.

Douglas asintió, consternada, intentando comprender todo lo que había escuchado... y visto.

Van Wyk miró en rededor. Algunas personas observaban confusas la escena que se estaba desarrollando.

—Se está reuniendo una multitud de curiosos. Creo que deberíamos irnos.

Douglas se puso de pie con dificultad.

—Puedo ocuparme de esta parte —dijo la agente.

Douglas sacó su placa y la sostuvo en alto.

—Agente federal. Circulen. Todo está controlado.

Cinco días después, Douglas se encontraba en el Aeropuerto O'Hare para escoltar a Van Wyk y superar los controles de seguridad. Estaba siendo objeto de una caza del hombre por toda la ciudad.

Douglas era la encargada de la operación. Nadie sospecharía que lo dejaría escapar. En esos momentos era la niña de los ojos del Buró. Había atrapado ella sola a Kate Eden, la Destripadora de Wrigleyville.

Lamentablemente para el doctor y ella misma, había hecho su trabajo demasiado bien. El caso contra Van Wyk por el asesinato de Duane Kinniard era demasiado evidente como para encubrirlo... sobre todo cuando se habían encontrado rastros de la sangre de Kinniard en el antiguo apartamento de Van Wyk en Cincinnati.

—¿Qué le ocurrirá a la señorita Eden?

—La internarán —respondió Douglas.

Van Wyk asintió.

—Lea... er, una de mis colegas esperaba que se salvara, dadas las circunstancias.

La agente zangoloteó la cabeza.

—Ni hablar. Eden lo vio todo. Lo experimentó todo. Pensaba que ella era... la que lo hacía. Puede que antes no estuviera loca. —Douglas frunció el ceño—. Pero ahora sí que lo está, sin duda.

—Tal vez sea mejor así. Una víctima más, aunque con más suerte que otras.

—Haré lo que pueda por tu gente —dijo Douglas—. Aunque no sea demasiado.

—Te lo agradezco. —Van Wyk compuso una sonrisa seca—. Algunos de mis colegas son impulsivos. Y otros, me temo, están sencillamente trastornados. Que no te quite el sueño si el FBI captura a unos cuantos tipos raros. A veces, somos tan malos como las criaturas que perseguimos. O peores.

—Pesada cruz con la que cargar.

—No voy a pedirte que protejas a todos aquellos de los nuestros que resulten arrestados, pero sí que ocultes las conexiones. Protégenos como grupo... aunque eso signifique perder a algunos individuos.

—Haré lo que pueda —repitió Douglas.

Van Wyk asintió.

—Ten —dijo el doctor, entregándole una carpeta de cuero—. Esto es para ti.

Después de ver cómo subía al avión que lo conduciría a Londres, Douglas abrió su regalo. Una serie de etiquetas pulcramente mecanografiadas dividía la masa de papeles en secciones. Escogió una al azar y encontró un capítulo titulado "Parpadeantes".

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."