—Deuteronomio 19:18-19
Malleus Dei: El Martillo de Dios
Joshua Talbot estaba sentado plácidamente en su reclinatorio, leyendo el último ejemplar de The Economist mientras el televisor murmuraba en voz baja de fondo. Era una noche inusitada, entregada a la soledad y el ocio, una comunión con su sentido de la humanidad, a menudo ignorado. Hacía tiempo que Joshua no se permitía este lujo. Se sintió embargado por una lánguida lasitud y sonrió sin motivo aparente. El teléfono lo arrancó de su ensueño.
—¿Talbot?
—Sí, Jason. ¿Va todo bien?
—Melissa ha muerto...
—Y Anthony se ha vuelto tarumba. No he podido detenerlo...
—Para el carro. ¿Qué ha pasado?
—No queda tiempo. Melissa está muerta. Esos cabrones la mataron. Anthony ha salido en su busca. Tenemos que detenerlo.
—Maldita sea, Jason, no me entero de nada. ¿Quién ha matado a Melissa? ¿Y dónde ha ido Anthony?
—A la iglesia. A matarlos a todos.
• • •
Los suburbios de Twickenham estaban tranquilos esa noche. Pocos coches circulaban por las calles residenciales, y un solitario soplo de aire enfriaba la piel de Joshua mientras caminaba deprisa por la acera. Sus pasos repicaban contra el pavimento empapado de agua y despertaban incómodos ecos en los callejones suburbanos. Por fin divisó el vapuleado Land Rover de Jason y se coló en el asiento del copiloto sin tomarse apenas un respiro.
—A ver, ¿entonces qué pasa? —preguntó Joshua, asustado y enfadado.
Jason tenía los ojos inyectados en sangre e hinchados. Joshua se preguntó si habría estado llorando. No recordaba haberle visto expresar sus emociones de ese modo antes. Su irritación se mitigó y se quedó allí sentado, preguntándose qué podría haber afectado tanto a Jason. Reparó entonces en los lamparones oscuros que relucían en la camisa de Jason a la apagada luz que se filtraba por el parabrisas, procedente de las farolas.
Jason se sonó la nariz con fuerza y recuperó la compostura.
—Hace unos minutos que vi el coche de Anthony en una calle lateral. Ya ha entrado. —Jason hizo un gesto con la cabeza en dirección a la Iglesia de San Pablo, al otro lado de la calle. El edificio parecía presagiar algo inmerso en la niebla estática, con su capitel perdiéndose en la noche—. Deberíamos ir ahí. —¿Qué ha sucedido? —preguntó Joshua, en voz baja—. ¿A qué nos enfrentamos? —No estoy seguro —admitió Jason, tras una pausa—. Anthony dijo que Melissa y él salían a pasar la noche buscando objetivos.
Joshua profirió una maldición entre dientes. Se suponía que ningún miembro de su equipo iba a salir solo o sin el apoyo de al menos otros dos compañeros, pero Anthony nunca escuchaba. Estaba demasiado ansioso por cargarse monstruos (lo que él llamaba "violencia preventiva"). Y Melissa... Melissa estaba demasiado colada por Anthony.
—Estaba... —Jason guardó silencio de nuevo, antes de proseguir, con amargura—. Estaba lívido. Dijo que habían escuchado disparos amortiguados y gritos procedentes de un callejón. Entraron a la carrera y se encontraron a unos tipos vestidos por entero de negro peleándose con un bebedor. Estaban llevándose una buena, así que Anthony y Melissa entraron en acción. Supongo que en cuanto Melissa echó una mano, alguno de los tipos esos se dio la vuelta y... le disparó varias veces... No había visto tanta sangre en mi vida.
—¿Qué ocurrió luego? —preguntó Joshua, con tacto.
—Supongo que Anthony perdió los estribos y... y arremetió contra todo lo que se puso a su alcance. Dijo que iban armados como si fueran MI-6, pero no podían tocarlo. Creo que el bebedor huyó aprovechando la confusión, pero Anthony se abrió paso a través del resto con esa cadena que lleva siempre encima. Dijo que los mató a todos. Cuando vino a verme, estaba cubierto de sangre. Se había traído a Melissa y me pedía que la salvara. No pude... lo intenté, pero ya estaba muerta. Fue entonces cuando Anthony dijo que esos cabrones pagarían por ello. Les había quitado las máscaras. Al parecer reconoció a dos de la zona... unos condenados sacerdotes que viven en la rectoría que hay detrás de la iglesia —dijo Jason, señalando de nuevo con la cabeza en dirección a San Pablo—. Quería que yo lo acompañara. Para que le ayudara a matarlos por lo que le habían hecho a Melissa. Intenté detenerlo... decirle que te esperara, pero sabía que tú lo disuadirías. Se largó. Fue entonces cuando te llamé.
Jason guardó silencio, abatido.
—Hiciste lo que debías. Necesito tu ayuda. Tenemos que entrar ahí y detenerlo.
Jason asintió con la cabeza.
—¿Has hablado con Serena o algún otro?
—No. Habían salido todos.
Joshua asintió y salió del coche. Jason se tomó un segundo para tranquilizarse antes de unirse a su amigo en la plácida noche. Los dos cruzaron la calle a la carrera y atravesaron el césped mojado en dirección a la iglesia, con desconfianza.
• • •
Joshua torció el gesto cuando sus tacones repicaron y resonaron en el suelo pulido y las antiguas paredes de piedra del interior de la iglesia. No había tenido tiempo de coger el equipo apropiado. Procuró hacer caso omiso de las mariposas que sentía en el estómago, las que le daban ganas de plantar un pino. Detestaba la persistente ansiedad que acompañaba a cada encuentro.
Jason lo seguía sin hacer ruido, aunque Joshua sospechaba que se sentía culpable por profanar la santidad de la iglesia, aunque no perteneciera a su confesión. Una casa de Dios era una casa de Dios. Ambos miraron de soslayo a los apóstoles que los observaban mudos desde las cristaleras, aunque Joshua no percibía ningún atisbo de malicia ni compasión en sus quebradizas miradas. Jason probablemente no pensaba lo mismo.
Habían encontrado abierta la puerta lateral de la iglesia, con arañazos alrededor de la cerradura, pero ni rastro de Anthony. Con toda probabilidad, se habría dirigido directamente a la rectoría adjunta siguiendo el pasadizo de la parte posterior de la iglesia, ruta que resultaba visible desde el exterior.
Joshua cubrió a buen paso los escalones alfombrados que conducían a la plataforma del altar mientras Jason lo seguía como si de la cola inerte de un perro se tratara, desprovisto de vitalidad. Tras apartar una chillona cortina roja, encontraron la puerta de la rectoría y una silla encajada bajo el pomo. Los dos hombres intercambiaron sendas miradas de preocupación y escrutaron la iglesia de nuevo. Joshua se concentró en su entorno, en busca de alguna pista que indicara cualquier otra presencia.
Nada.
—¿Habremos llegado tarde? —susurró Jason.
—No lo sé. A lo mejor Anthony ha vuelto a salir y quiso bloquear esta ruta.
—O...
—¿O qué? —preguntó Joshua, entre dientes.
—No lo sé, pero la posibilidad del "o" me preocupa.
Joshua frunció el ceño y retiró la silla con cuidado. Un pasillo en penumbra los aguardaba al otro lado de la puerta. Joshua se colocó en posición mientras Jason sacaba su linterna, cuya lente estaba cubierta por una película traslúcida de color rojo. Proporcionaba una iluminación atenuada y evitaba que un brillante haz blanco delatara su presencia. Había empezado a utilizar este truco después de verlo en una película sobre la Guerra de Vietnam.
Mientras caminaban con sigilo pero con paso firme, Joshua tuvo tiempo de estudiar su entorno. Observó que relucía algo en el suelo y se agachó. Encontró trozos de cristal. Señaló al techo y susurró:
—Han roto la bombilla. —También habían arrancado y cortado algunos cables.
—Huh —se limitó a decir Jason.
Joshua avanzó hacia la puerta del final del pasillo. No estaba cerrada con llave. Abrió una rendija y se asomó. Al otro lado estaba el vestíbulo de la rectoría. Las luces estaban apagadas, pero las ventanas de la entrada y algunas puertas abiertas proporcionaban una iluminación natural. Joshua reparó en que también ahí dentro parecían faltar algunas bombillas. Colgaban más cables del techo, aunque ni Joshua ni Jason alcanzaban a comprender el motivo. Los cazadores siguieron adelante en silencio, cerraron la puerta tras ellos y escrutaron sus alrededores.
El vestíbulo, decorado con imágenes de Cristo y la Virgen María, se extendía hasta llegar a una cocina. Las siete puertas distribuidas por la estancia presumiblemente conducían a distintos dormitorios, aunque las dos del frente exhibían sendas placas con nombres. Los dos vieron, al otro lado de un arco, un sofá en una habitación adyacente a la cocina. Probablemente sería un salón. Por lo demás, solo el silencio y las sombras poblaban la espartana rectoría. Jason se acercó a una de las puertas con placa y tocó ligeramente el pomo. Estaba cerrada con llave. Jason sacó su juego de ganzúas y trasteó con la puerta durante algunos segundos antes de que se escuchara un chasquido. Joshua sonrió. Jason estaba mejorando.
La habitación carecía de ventanas y estaba a oscuras. Joshua siguió a Jason hasta el interior y cerró la puerta con cuidado a su espalda. La oficina estaba decorada con parafernalia religiosa. Los platos fuertes consistían en una enorme mesa y una estantería bien surtida. El suelo estaba alfombrado, por lo que Joshua dio gracias: tenía miedo de llamar la atención.
Los dos cazadores examinaron rápidamente el inocuo contenido del escritorio antes de registrar el resto de la habitación. Jason echó un rápido vistazo a los objetos religiosos de la pared mientras Joshua comprobaba la estantería.
—Demonios —musitó Jason—, son todas escenas de tortura. El padre que viva aquí es un fanático de la Inquisición.
—Ajá —susurró Joshua. Estaba preocupado—. Me parece que hay un cuarto detrás de este chisme. —Intentó empujar una esquina de la estantería. No se movió. Se sintió extrañamente mareado por un momento, pero se recuperó sacudiendo la cabeza.
Jason se acercó hasta donde estaba.
—¿A qué te refieres? —También él estaba ahora un poco pálido.
Joshua señaló el suelo, pero la linterna de Jason no reveló nada obvio. Había una alfombra, aunque se apreciaba un centímetro de madera al pie del mueble. Joshua se arrodilló y tiró de la alfombra. Jason vio unas marcas de arañazos que se curvaban desde la base de la estantería. Los dos tiraron de la esquina del mueble, pero este se les resistía.
—Espera —dijo Jason, tanteando la parte superior de la estantería, donde esta tocaba la pared. Soltó un gruñido de satisfacción y manipuló algo que se soltó con un chasquido—. Estaba enganchada a la pared.
Esta vez, la estantería se apartó de la pared sin esfuerzo para revelar una estancia oscura. Jason avanzó un paso pero trastabilló, sintiéndose débil y desorientado.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Joshua, que corrió en su ayuda.
Jason asintió y le indicó con un gesto que podía soltarlo.
—Lo siento, es solo que... no estoy como una rosa.
Joshua le dio una palmada en el hombro.
—Démonos prisa. Has tenido una noche difícil —dijo Joshua, guardándose su creciente náusea para sí.
Entró en la habitación y se quedó boquiabierto a su pesar. Se sintió mareado de inmediato. Se esforzó por escrutar el cuarto con detenimiento. Jason se unió a él y se quedó mudo de asombro. Había una pared entera cubierta de armas automáticas y un banco de trabajo atestado de cajas de munición y distintas piezas de pistolas. Un mapa gigante de Londres cubierto de varias chinchetas de colores y recortes de periódico adornaban otra pared junto a una puerta, mientras que la tercera pared estaba oculta detrás de una estantería llena de libros viejos y polvorientos. Jason iluminó los libros con la linterna para revelar títulos entre los que se contaban El Apocalipsis según San Juan, El Grimorium Verum, el Malleus Maleficarum y docenas de volúmenes acerca de la Inquisición y distintas interpretaciones de la Biblia. De la misma pared colgaba una bandera raída que exhibía una cruz de madera con un arbusto a un lado y una espada al otro. También había una inscripción en latín, pero el mero hecho de mirarla empeoraba el dolor de cabeza de Joshua. Flaqueó. Todo le daba vueltas.
—¡Joder! —Jason jadeó y tosió—. No son fanáticos de la Inquisición. ¡Se creen que son la puta Inquisición! —Cayó de bruces, sin fuerza. El aire olía tenuemente a carne podrida, lo que acentuaba sus náuseas, pero contuvo las arcadas.
Gas, comprendió de repente, pero estaba demasiado desorientado para decir nada.
Joshua se apoyó en una pared.
—Algo va mal —musitó, tosiendo. En algún lugar del exterior, oyeron cómo se cerraban de golpe las puertas de un coche y gente conversando. Murmuró algo de nuevo, presa del pánico, y trastabilló en busca de la puerta más alejada. Al otro lado había una escalera que comunicaba con un pasillo subterráneo. Empleando hasta la última onza de fuerza que le quedaba, cogió a Jason, que seguía de rodillas, y tiró de él.
Oyó que alguien se reía cerca de la puerta de entrada. Condujo a Jason escaleras abajo y a lo largo del pasillo. Se atuvieron a las paredes... subieron otra escalera... otra puerta... Joshua estrelló el hombro contra ella... dolor... otra vez... una vez... dos... se abrió... Joshua y Jason cayeron al suelo, boqueando... El aire frío era como un jarro de agua en la cara. Estuvieron a punto de perder el conocimiento...
Pero la explosión de la rectoría los despertó.
Apenas consiguieron rodar lejos de la puerta rota antes de que una ráfaga de aire abrasador surgiera del pasadizo igual que un cañonazo.
—¡Por todos los demonios, Anthony! —fue lo único que consiguió musitar Jason.





















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